La última novela del catedrático de filosofía Moral y Política, Aquilino Cayuela, es, en esencia, un fresco de la ciudad de Valencia en el año 1937. Pero no sólo. En lo que tiene de histórica, se sitúa en el contexto del avance de las tropas franquistas sobre la capital que obligó al Gobierno de Largo Caballero a trasladarse a Valencia en noviembre de 1936. Valencia se convirtió entonces en el pulmón por el que respiraba Madrid y en el epicentro de la conspiración política. La ciudad acogió también a intelectuales, periodistas y escritores extranjeros afines a la República, creándose un clima que ya Agustín de Foxá bosquejó en Madrid de Corte a Checa. El inolvidable José Félix de Foxá pasa por Valencia en el transcurso del viaje que le lleva a cruzar a Francia para entrar de nuevo en España por zona nacional. La ciudad de la Luz es retaguardia republicana, lejos del frente, y el futuro falangista la describe con «más alegría que en Madrid». Encuentra huertanos armados con chopos, horchata en las terrazas y paellas en la Malvarrosa. Esa calma convive con la violencia revolucionaria. La «brigada del amanecer valenciana» fusilaba de noche entre los naranjos o arrojaba los cadáveres al mar, mientras en los teatros seguían las funciones y en los locales nocturnos se bebía, se intrigaba y se daba rienda suelta a los placeres de la carne. Aquilino Cayuela se detiene en ese año y en esa atmósfera para contar una historia de vampiros e investigación policial.
Hemingway 1937 (Homo Legens, 2026) rescata a dos viejos conocidos de los lectores de Der Sandmann 1936, la anterior novela del autor, ganadora del XXVI Premio Internacional de Narrativa Vicente Blasco Ibañez. Los mismos protagonistas que ya desentrañaron el asesinato de un extranjero y una mujer de vida disoluta acribillados a balazos mientras satisfacían su concupiscencia en una pensión de mala muerte, se enfrentan ahora a una trama de oscuros ritos sangrientos y asesinatos en serie de niños. Ha pasado un año, el inspector de policía Telesforo Gantín ha sido reubicado a las dependencias de la DGS y nombrado Inspector jefe de la Sección de Investigación Criminal y su discípulo, el zascandil Luis Mellado del Corso, regenta junto con otros buscavidas el Komsomol, un dancing clandestino de los que proliferaban en sótanos y plantas bajas. Gantín, a las órdenes del Gobierno de la República pero sin adscripción política alguna, encarna al detective clásico, introspectivo e íntegro, en un entorno moralmente derruido. Mellado del Corso representa a ese pícaro del siglo de Oro que también vemos actualizado, por ejemplo, en el universo de Eduardo Mendoza.
Tenemos, entonces, una trama policíaca y una Valencia guerracivilista que es a la vez Fiume, «Sodoma y Gomorra juntas», una corte de los milagros a medio camino entre Victor Hugo y Valle-Inclán, y el telón de fondo de la crisis del Gobierno. Precipitada por las luchas internas del bando republicano y las presiones comunistas, culminó con la llegada de Negrín al poder. Quizá, para el lector no iniciado, la narración de la influencia soviética, las luchas internas entre —en particular, el enfrentamiento entre el PCE y el POUM— y la persecución e ilegalización de este último resulten algo más arduos de seguir. En este sentido, Cayuela hace una encomiable y solvente labor de investigación histórica para aquellos que disfruten de los aspectos menos contados de nuestra Guerra Civil.
Enfrascado pues el autor en una minuciosa tarea documentalista, cartografía además el callejero valenciano, el catálogo de locales que servían al tiempo de diversión y conspiración, los usos y costumbres del singular período e incluso se adentra en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebró en julio del 37, entre Valencia, Madrid, Barcelona y París. La literatura es un personaje más en Hemingway 1937.
Cuenta Aquilino Cayuela que descubrió a Ernst Hemingway siendo un adolescente, en una fotografía de caza que firmaba Robert Cappa. Atraído por su figura vitalista y su estilo directo —un aventurero que decía que para escribir había que mezclarse estrechamente con la vida—, ha leído toda su obra y seguido sus andanzas. De esta manera, lo natural para Cayuela ha sido imaginar una relación con el pícaro Mellado del Corso y aprovechar la presencia, real y conocida, del novelista y corresponsal estadounidense en España durante la contienda. En una ocasión, Fernando Vizcaíno Casas preguntó a Pedro Chicote a quién, entre todas las personalidades que habían pasado por la vinacoteca del Museo Universal de Bebidas, había visto beber más. – Whisky, a Hemingway. Lo engullía a gran velocidad y en grandes dosis, con una increíble capacidad de aguante- le respondió. (En el apartado de cócteles ganaba Ava Gardner).
Inauguró José María Gironella con Los cipreses creen en Dios el género novelístico que trata el drama de la Guerra Civil fabulado, pero con referencias directas a personajes reales mezclados con los de ficción. Cayuela da una vuelta de tuerca y junto con Hemingway, Dos Passos, Iliá Ehrenburg o Alberti —el autor ha leído a todos los escritores republicanos que estuvieron en Valencia en el 37— aparece Corto Maltés marinero de ficción creado por el dibujante italiano Hugo Pratt. Su presencia en Hemingway 1937 crea un cruce con el mundo de la ficción literaria y gráfica.
Aquilino Cayuela juega además con otro universo narrativo inesperado: la tradición fantástica decimonónica y el folletín. El vampirismo introduce en la novela una veta gótica que remite a la tradición literaria centroeuropea del siglo XIX y a su posterior recreación cinematográfica con M, el vampiro de Düsseldorf, de Fritz Lang.
El elemento sobrenatural y macabro se inserta en una trama policiaca y en una Valencia histórica, reconocible, atravesada por la violencia política y las intrigas de la retaguardia republicana.
El horror del género negro se mezcla así con el horror muy real de la época, con la aventura, la picaresca, la cultura… ¡incluso con el romance! A todos estos elementos que hacen de la obra una lectura recomendable y estimulante, quizá puedan sumarle, un componente nostálgico. Sobre todo si conocen la ciudad de Valencia o si su abuelo, como el mío, conducía una Norton como la que Corto Maltés pilota para devolver a Telesforo Gantín de Madrid a Valencia.