Desde hace unos días, Aratz Bilbao Gómez y Malen Grunig Ibáñez se encuentran en prisión sin fianza después de que la Audiencia Nacional decretara su ingreso carcelario por terrorismo. Ambos forman parte de Jardun Koordinadora, plataforma que se sitúa en la estela de Herri Batasuna y de sus diversas máscaras. El objetivo: la autodeterminación de Euskal Herria. Es decir, la tradicional aspiración de la banda terrorista ETA, hoy desactivada en sus secciones de tiro en la nuca y bomba lapa.
La pareja, detenida el 26 de septiembre durante un control rutinario de alcohol y drogas, atesoraba planos de zulos etarras, listas de guardias civiles, fotos de entrenamientos y de banderas de ETA. Blanco y en botella, en botella propicia para el cóctel molotov. Bilbao y Grunig tenían también el contenido del teléfono de un policía nacional y una serie de matrículas que pudieran corresponder a las de agentes. Todo un arsenal de datos similar al que solía manejar la banda del hacha y la serpiente para perpetrar sus atentados. Los jarduntarras, nadie debe extrañarse, se miran en el espejo etarra y en los retratos de esos terroristas a los que se homenajea al volver a casa después de que el gobierno de Sánchez, el mismo que dio el pésame a EHBildu por el suicidio de un etarra en prisión, entregara la política penitenciaria a los mayores: al PNV.
Jardun Koordinadora toma así la iniciativa del sector más violento del secesionismo vasco. Atrás quedan los GKS y otros grupúsculos que trataron de revitalizar lo que llaman «lucha armada». Esa que no es más que terrorismo, pues las cesiones del bipartidismo a los facciosos vascongados permiten caracterizar como tales a unas acciones que debieron haber sido neutralizadas desde el principio. No fue así. De hecho, se armaron mesas de negociación, dando carta de naturaleza política a los terroristas. Socializado el terror, muchos vascos dejaron su tierra sin ley de nietos que les ampare. Sin siquiera un «memoria» oficial, pues esta fue delimitada por los bildutarras.
La detención de los jarduntarras es el punto álgido de la batasunización de ese sector de la sociedad española que se autodefine como «antifascista». El movimiento, que lucha contra un fantasma confeccionado a la medida del secesionismo, nunca a la de la nación española, al parecer fascista desde su misma raíz, ya se hizo visible durante la pasada Vuelta Ciclista a España cuyo sabotaje apunta a la tierra de Arana. Blanqueada y olvidada por el Gobierno y sus propagandistas, no en vano EHBildu ha sido su socio más fiable, la banda terrorista ha sido romantizada e irradia un halo de épica e, incluso, de antifranquismo. Si esta es la situación en el plano ideológico, a un nivel más prosaico, al que tiene que ver con el privilegio fiscal vasco, las acciones de ETA han servido para dar mantenimiento a la estafa, al pufo. Y del pufo, del suprematismo, difícilmente se regresa.
Ante la posibilidad de que los votos del mundo proetarra pudieran ser insuficientes para configurar un Gobierno de progreso, es decir, de desigualdades entre españoles, la reaparición del terrorismo es una posibilidad muy cierta, pues el pufo debe mucho a los encapuchados. La serpiente, tal y como demuestran esas detenciones, estaba aletargada. A tiempo estamos de cortar su cabeza.