En los últimos tiempos, hemos visto no sin asombro cómo diversas figuras públicas, incluidas estrellas de Hollywood, han tomado posturas y asumido identidades que sorprenden o confunden a buena parte de la opinión pública. El caso que nos ocupa es el de un actor en particular que ha declarado abiertamente sentirse gallego, diferenciando no tan sutilmente esta identidad de la española, y expresando además sus opiniones sobre la situación en Palestina e Israel, situándose de parte de una para borrar a la otra.
La identidad personal y colectiva es un concepto complejo, especialmente en el contexto de regiones con fuertes sentimientos autonómicos, como Galicia. Que una persona, famosa o no, decida identificarse como gallega y no como española, es reflejo de la diversidad de sensibilidades oportunistas que existen dentro y fuera de España, sobre todo por los energúmenos que de España sólo conocen lo que le susurran a nivel de la almohada.
Este tipo de afirmaciones pueden generar debate, pero también invitan a la reflexión sobre el respeto a las identidades múltiples y a la libertad individual de autodefinición. O sea, cada loco con su tema. Por ejemplo, cuando Alberto Núñez Feijoo viajó a Cuba en más de una ocasión, lo hacía como presidente de Galicia, manifestó ni más ni menos que ponía a Galicia como puerta de Europa para que el tirano Castro II hiciera y deshiciera, y que Galicia acompañaría a Cuba en el modelo castrista que este tirano le impuso a mí país. No sé si llegará a ser presidente entonces, ¿qué prometería a tiranos de corte estalinista? Aunque con el de España, sin ir más lejos, ha pactado en más de una ocasión.
Pero volvamos al actor en cuestión, quien ha manifestado su deseo de que Benjamín Netanyahu sea juzgado y, de manera oblicua, justo en este instante, que el Estado de Israel dejase de existir. Estas opiniones, de gran carga política, reflejan el compromiso o la postura de una parte de la opinión pública internacional frente al conflicto palestino-israelí. Sin embargo, es importante subrayar que la responsabilidad de los crímenes o acciones de un Estado recae sobre sus líderes y estructuras cuando no existen conflictos bélicos por el medio, no sobre la existencia de un pueblo o un país. En época de guerra, como es el caso, desatada el 7 de octubre del 2023, y provocada por un progromo hamas-gazauí, es muy discutible y desatinado que se proponga desde la pasión, y no desde la razón, cualquier solución que no provenga de los protagonistas reales sobre el terreno.
Los artistas y personajes públicos tienen una plataforma desde la cual pueden influir en debates sociales y políticos. No obstante, cuando sus declaraciones se perciben como radicales o excluyentes, pueden generar polémica y polarización, en vez de diálogo basado en la verdad. La función social del arte y la fama debería orientarse a promover el entendimiento y la convivencia entre los públicos. Los pueblos son otra cosa.
Más allá de las declaraciones y posturas personales, es esencial recordar la importancia del respeto, tanto por la identidad de cada individuo como por la pluralidad de opiniones. La libertad de expresión es un derecho fundamental, pero también lo es la responsabilidad de usar esa libertad para construir puentes y no muros de eliminación entre las personas y las comunidades.
Los actores de Hollywood, cada vez más irresponsables y más engreídos, se toman por una suerte de biblia de pedestal de lo políticamemente correcto; por el contrario, lo que hacen es hundir sus carreras profesionales al descolocar a sus espectadores mediante sus banalidades y estupideces.
No poseo ningún interés en conocer la opinión política de Richard Gere, ni la de Cher, ni la de Angeline Jolie, etcétera y demás. Estos seres me interesaban anteriormente como intérpretes de roles cinematográficos, como medios para vehicular mi necesidad de entretenimiento, punto. Una vez que se suben a la tribuna del discernimiento político, con una apabullante incultura política, con una ignorancia y una insensibilidad que dan pavor, para mí dejaron de existir en su dimensión y proporción original de artistas para convertirse en marionetas de una ideología, casi siempre la de la izquierda corrupta y criminal.
Francamente, por mí se pueden ir a freír espárragos con sus millones, pero de ninguna manera continuarán siendo referentes de nada, ni artísticos y mucho menos políticos. En cuanto a sus parejas, que una vez que los entrampan, los encaman, o lo que sea, ya se piensan que tienen a Dios agarrado por los cabellos, no solamente me resultan patéticos, siento un enorme desprecio por semejantes flores de un día.