«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Impetuoso, homérico

23 de julio de 2025

Como mis hijos se van a estudiar el año que viene a Irlanda, hemos visto El hombre tranquilo (John Ford, 1952) para que se vayan haciendo el cuerpo al acento, a las lluvias, a los vientos y a los pubs. Qué película.

Católica hasta la médula del celuloide. Se podría dar todo un año de Religión en las escuelas nada más que extrayendo sus sugerencias teológicas y políticas. Qué bien habría quedado un cinefórum de esta película en el espléndido curso de verano de El Escorial de ISSEP: «Occidente, Cristiandad, Europa».

El tema más discutido en nuestro cinefórum doméstico fue el asunto de la dote. En principio, mis hijos consideraban que Mary Kate Danaher se estaba poniendo extremadamente pesadita con el asunto crematístico. Leonor, mi mujer, callaba. Y yo defendía con ardor a la heroína pelirroja. La explicación clave está al final. Una vez que consiguen el montante al que tienen derecho, queman felizmente e ipso facto las dichosas libras. Se lucha por el fuero, no por el huevo, como dice nuestro aristocrático refranero popular. Los muebles familiares son otra cosa, eso lo reconocían mis hijos desde el primer instante; pero el derecho de uno a algo hay que defenderlo casi igual, aunque ese algo sea fungible, y uno lo funda en un horno. Les convencí. Y menos mal, porque yo soy muy marykatedanaheriano y no querría que mis hijos me mirasen raro por mis empeños de hacer de los honorarios una cuestión de honor.

Esa defensa de lo propio se ejercita también de maravilla en la cuestión del sexo. La obra de John Ford es limpísima. Puede verse sin respingos con hijos preadolescentes estando, como está, transida del atractivo sexual y de su trascendencia. El atractivo se nota de principio a fin, tan femenino y tan viril en cada uno de los polos magnéticos. Sin ñoñerías, hay una centralidad de la cama que estremece y, por si uno no se enterase, lo remacha el sacerdote católico: «Irlanda podrá ser un país pobre, Dios nos asista. Pero aquí un hombre casado duerme en una cama». El sexo, siendo tan central e importante, se trata, para que no se pudra, con gran humor, a veces sutil, a veces sazonado, como lo de su fuerza impetuosa, homérica. Su trascendencia está en la cuna, y en la casa familiar, que pide, en silencio, tantos herederos como antepasados tuvo.

No acaba ahí la fiesta. Qué bien beben estos tíos y qué lección sobre el poder transformador de la cerveza y el whisky, que levantan la indiferencia a camaradería y, al rato, a comunión. Es una película sobre el matrimonio, pero —paralelamente— lo es de la amistad. Todo en ella se va encarnando, católicamente. El esplendor de una buena pelea —cimiento del derecho, muro de carga de la amistad, ventanal al orgullo— es también homérico e impetuoso, a sabiendas.

Hay otra lección implícita en El hombre tranquilo sobre el sacerdocio. Con un juego amabilísimo entre el sacerdocio católico y el pastoreo protestante, tan amablemente visto, tan cariñosamente ironizado. Las relaciones entre los individuos, las familias y los vecinos darían para una clase magistral sobre la subsidiariedad y el comunitarismo. También caben (en la película, pero no en mi artículo) el amor a la patria, el conservacionismo, la pasión por la pesca, las frenéticas cabalgadas y la eficacia del sacramental del agua bendita y de la bendición de la lluvia. Ya digo: Occidente, Cristiandad, Europa, talmente. Y de una manera palpable, nada abstracta, encarnada hasta en los más mínimos detalles.

Como mis hijos tienen todos los años de su vida por delante, para que se vayan haciendo el cuerpo y el alma, hemos visto El hombre tranquilo. Es una lección perenne. De la película se sale tranquilo, sí, pero impetuoso. Homérico.

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