«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Iniciales BB

30 de diciembre de 2025

Jorge Martínez y Roberto Iniesta murieron con un día de diferencia hace tres semanas. Desde entonces, políticos, plumillas y otros astros de la galaxia búmer (un estado mental más que generacional) siguen haciendo de ellos los últimos santos súbito del setentayochismo.

Ambos artistas, artefactos musicales de otro tiempo, nos traen recuerdos de esa España despreocupada que vivió la resaca de la Movida con el Toisoneado Tigrekán II de Mongolia en el poder. «¡Quién lo pillara!», nos suelta anhelante de felipismo algún columnista de la derecha sensata. Con la perspectiva que da el tiempo, produce cierta ternura caer en la cuenta de que tomamos por contracultural lo que no era más que rebeldía controlada, lista para el consumo clasemediero

Al oír hablar hoy al líder de Ilegales, una tiene la sensación de que había sido poseído por el espíritu de Pérez- Reverte. Si todos somos unos hijos de puta, nadie es un hijo de puta. Esa cosa revertiana donde el mal siempre son los mismos sospechosos habituales –casi consensuales– o donde éste aparece por todas las esquinas, alimenta un discurso abstracto en el que se echa a faltar algo auténticamente inconformista. La cosa no mejoraba con Iniesta. A la fealdad estética y todo ese evangelio de la libertad individual (Victor Lenore), se le sumaban ripios flojitos. Aunque algunos de ellos, como éste de Jorge Martínez, resuena profético: «Eres estudiante de periodismo/ Y ya te crees un santo en el abismo/ Estás al borde/ Sin problemas».

Mientras tanto, acaba de morir a los 91 años de edad Brigitte Bardot y, de algún modo, encontramos en ella más transgresión que toda la propuesta por Iniesta y Martínez juntos. En B.B., el artefacto cultural pasa a ser ícono europeo, quizá la auténtica representación contemporánea de esos valores continentales con los que tanto nos turran. Libérrima, hizo de su capa un sayo para envidia de Simone de Beauvoir, lo que no tiene un gran peso moral. Más bien ninguno, pero ahí queda. Eso sí, la Bardot siempre tendrá un altar reservado en la imaginería de los Treinta Años Gloriosos, al igual que Belmondo, Halliday, Delon, Hardy, Dutronc o Gainsbourg. 

Se ha hablado de cine, pero de la colaboración artística de algunos de esos bellos animales surgieron, en lo musical, cosas como Bonnie & Clyde, el Rapper’s Delight gabacho: un dueto entre B.B. y un Serge Gainsbourg en la cúspide de su talento. El franco-judío nunca se tomó muy en serio su condición. Solo él podía componer SS in Uruguay, divertida joyita de improbable emisión hoy. Durante el breve romance que mantuvo con Bardot grabaron la primera versión de Je t’aime…moi non plus, que luego popularizaría con Jane Birkin. No hubo sección de sexo en la televisión o la radio patria que no lo utilizara como entradilla.

A su manera, Brigitte Bardot promovió la reconciliación entre los pueblos. Si bien la reunión en Colombey-les-Deux-Églises entre de Gaulley Adenauer tuvo un enorme valor simbólico y político para la fraternidad franco-alemana tras un siglo de guerras, la relación de BB con Gunter Sachs hizo lo suyo por el pacto germano-francés. Aunque la musa de los 60 trabajó también –-de playboy en playboy–-  el eje franco-italiano con Gigi Rizzi y el franco-francés con el mencionado Gainsbourg y tantos otros.

De aquella Europa hoy moribunda nos quedan, gracias a Bardot, imágenes que ya no son recuerdo sino iconografía, casi el boceto de una civilización. B.B. pone a Saint Tropez en el mapa paseando descalza junto a Gigi Rizzi por lo que hasta entonces no era más que un discreto pueblo de pescadores. En la época –y en la épica– de los viejos canallas y la grandeur, ellos encarnan una belleza insolente, una sprezzatura sin manual de instrucciones ni herederos. No era old money, era algo mucho más raro: la naturalidad del mito.

La actriz más fotografiada del mundo se retiró en su apogeo, harta de la exposición mediática. Cercana al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, entregada en cuerpo y alma a la causa animalista y libre de espíritu hasta el final, quizá debamos recordarla como la mujer que no llevaba nada excepto un poco de esencia de Guerlain en el cabello.

Así lo contó Gainsbourg.

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