«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Inteligencia Artificial

18 de mayo de 2026

Sería fácil calificar de neoludismo el sordo malestar que se extiende en muchos sectores a la agresiva llegada de la Inteligencia Artificial. De hecho, se hace en miles de artículos, especialmente en Estados Unidos, aunque solo sea porque la analogía es cómoda y tiene, quizá, un grano de verdad.

Pero el fenómeno tiene aspectos que faltaban en el ludismo original. Cuando se produce un salto tecnológico, lo habitual es que recelen las generaciones hechas a las viejas fórmulas y que abracen con entusiasmo la novedad las jóvenes generaciones. Y aquí parece estar sucediendo lo contrario.

Muestra el periodista norteamericano Tucker Carlson un vídeo de una ceremonia de graduación universitaria en Florida en la que la oradora —no lejos de la jubilación, a ojo— empieza a elogiar la IA como «la próxima revolución industrial” y los estudiantes empiezan a abuchearla ruidosamente. Se oyeron, en cambio, aplausos cuando la buena señora evocó “los tiempos anteriores a la IA».

Los «boomers» están encantados con la IA. ¿Y por qué no? No sólo han sido programados para vitorear cualquier innovación desde la más tierna infancia, sino que se saben con la vida resuelta y a salvo de sus amenazas, con carreras consolidadas, patrimonio acumulado y una posición ya asegurada. Los jóvenes, en cambio, la ven como una amenaza expresa —escuchar a los propios pioneros de esta novedad no anima, precisamente, a pensar lo contrario— a su futuro laboral antes de iniciarlo.

No temen una rebelión de androides ni fantasías apocalípticas de ciencia-ficción, sino que les anima un malestar más político, incluso más populista: la impresión de que se les está imponiendo una transformación gigantesca, cuyo alcance aún se desconoce en todos sus extremos, sin consultarles. Nadie les ha pedido permiso, nadie les ha pedido su opinión para cambiar por completo el panorama de sus vidas y de su propio país. Un puñado de multimillonarios que se cuentan con los dedos ha asumido que puede rediseñar el trabajo, la educación, la producción cultural o incluso las relaciones humanas simplemente porque dispone de la capacidad técnica para hacerlo.

Las encuestas empiezan a reflejar esa incomodidad difusa. Solo una minoría muy reducida de estadounidenses afirma confiar plenamente en la inteligencia artificial, mientras crece el rechazo a que tome decisiones importantes sin supervisión humana. Eso, por no hablar de los gigantescos centros de datos que precisa y que muestran una voracidad pantagruélica de agua y energía, lo que redundará sin duda en el precio para el consumidor de ambos bienes esenciales. Y en muchos pueblecitos ya empiezan a notar sus efectos desagradables.

No son solo los empleos como medio de ganarse el pan lo que teme perder la Gen Z, que también percibe cada vez más como un competidor antropológico. No temen solo perder empleos, sino también algo más sutil y esencial: su propia relevancia. Para los búmers, en cambio, es solo otro ‘milagro’ tecnológico que viene a facilitarles aún más el final de sus vidas.

Quizá no sea casualidad que estos dos aspectos -entusiasmo búmer frente a rechazo juvenil y absoluto desprecio del consentimiento ciudadano para favorecer a un puñado de multimillonarios- se den exactamente igual en el otro gran asunto de nuestros días: la sustitución poblacional.

Como con la IA, los jóvenes se enfrentan a muchos de sus mayores en el rechazo al fenómeno. Para el búmer, la legión de recién llegados no pone en peligro sus empleos, ya plenamente consolidados o directamente superados, les ofrece un acceso a mano de obra barata para sus necesidades e inquilinos para las viviendas que puedan haber adquirido durante toda una vida de vacas gordas. Los jóvenes, en cambio, ven en el aluvión la imposibilidad de acceder a una vivienda adecuada para formar una familia, el incremento de la precariedad laboral y, en el mejor de los casos, la congelación de los salarios. También ven el difuminarse de una identidad nacional y el deterioro de unas estructuras cuyos tiempos dorados solo conocen por viejos vídeos.

También se mantiene la analogía en el otro aspecto, porque tampoco se ha consultado a la gente para saber qué les parece llenar sus calles, oficinas, parques, consultas médicas y puestos de trabajo con un número sin precedentes de personas llegadas de culturas muy distintas y distantes, con una marca preferencia tribal y valores, cosmovisiones y lealtades muy alejadas de las nativas.

Y todo eso se ha hecho, no por una infeliz ocurrencia de nuestros gobernantes patrios, sino actuando misteriosamente de consuno todos los gobiernos de Occidente para dar a sus pueblos lo que rechazan por una rara mayoría. Como creer en la casualidad en este caso es forzar en exceso la credulidad del más idiota, también aquí debemos concluir que eso que no queremos se nos impone en beneficio de ese mismo puñado de multimillonarios de cualquier parte, de ninguna patria, que aspiran a convertirse en nuestros señores en un tecnofeudalismo global.

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