Alguien ha dicho esta semana en las redes sociales la siguiente frase: «No nos matan por ser fascistas; nos llaman fascistas para poder matarnos». Aunque los análisis de temas complejos conviene que sean de cierta enjundia, esa frase resume la cuestión mejor que muchas sesudas disertaciones.
El asesinato de Charlie Kirk ha provocado una conmoción, tanto en Estados Unidos como en Europa, de unas dimensiones gigantescas. En el mundo de hoy, tener millones de seguidores en las redes sociales te convierte, inevitablemente, en una celebridad, acaso mayor aún que las celebridades televisivas de hace unas décadas. Kirk tenía, además, un rasgo difícil de encontrar: combinaba con asombrosa facilidad la sencillez de su juventud con un conocimiento extraordinario de la realidad social y política.
Su cobarde y vil asesinato, y las reacciones de alegría que ha provocado en buena parte de la autodenominada izquierda radical, nos ponen ante el espejo de lo que es hoy la Humanidad, al menos en buena medida. La frustración vital, que es hija del ateísmo y del agnosticismo, en fusión con las aberraciones morales de nuestro tiempo, generan un caldo de cultivo donde es fácil que aparezcan «seres humanos» de este pelaje; absolutamente incapaces de considerar la dignidad de la vida de los demás.
Es verdad que Kirk defendía la justicia, la bondad y la belleza, y que daba testimonio de su condición de católico en la vida pública; lo hacía, además, con una valentía que podemos considerar como «temeraria» si tenemos en cuenta el alcance de sus mensajes. Pero lo que más destacaba de él era su apuesta constante por el diálogo y el razonamiento, por el deseo de hablar con todos, con los de su cuerda y con aquellos otros que le querían ver muerto, y que después de su muerte, la celebraron.
Y es que, no debemos engañarnos: los hijos de la Revolución Francesa (y son hijosputativos suyos todos los que beben directamente de sus fuentes criminales) llevan el gen del odio inscrito en su corazón, y solamente necesitan un contexto individual desfavorable (una educación parental descuidada, malas compañías y peores amistades, pésima elección de lecturas, etc.) para convertirse, de facto, en sociópatas de la peor condición. Gente que ve en la muerte de sus adversarios ideológicos la venganza de los subcampeones socialistas del pasado.
Tengo pocas dudas de que la sangre derramada por Charlie Kirk será la semilla de otros que vendrán detrás, y que agarrarán su micrófono para retomar ese mensaje que ya no va a desaparecer. Como dijo mi dilecto José Antonio Fúster, «acaban de nacer miles de Charlie Kirk» en todo el mundo, tan dispuestos como estaba él a mantener alzada la bandera de la verdad en medio de este mundo en ruinas. Dispuestos a decir «yo amo a Cristo, Él ha cambiado mi vida» en un mundo de ateísmo y de vanidad.
Estamos abatidos por su asesinato, es cierto. Pero tenemos más esperanza que nunca en que el mundo de las tinieblas está más cerca de terminar.