La banalidad y el mal
La banalidad y el mal
Por Esperanza Ruiz
4 de febrero de 2025

Una mujer en la treintena habla a la cámara del móvil mientras se maquilla. El rótulo del video resume su contenido: «GRWM (Prepárate conmigo). Embriones vitrificados». Después de retirarse el cabello de la cara con dos pinzas, acondiciona la piel con una crema hidratante. Explica que sus «embrioncitos» llevan un año congelados y que ha llegado el momento de decidir qué hacer con ellos. Tras un historial de infertilidad de una década, y habiendo recurrido a numerosas y diversas técnicas de fecundación artificiales, es mamá de una niña que ahora tiene cuatro meses. Masajea la zona periocular con un dispositivo descongestionante y extiende corrector de ojeras con una brocha mientras explica a su comunidad de seguidores —creada en torno a la narrativa de su periplo reproductivo— que los embriones están en una especie de parking. Es pronto para plantearse si desea un nuevo embarazo, pero también para descartarlo, así que ha decidido —junto a su marido— que va a dejarlos «congeladitos» por otro año. Continúa con un producto bronceador que aplica en las zonas prominentes del rostro para definir los contornos. Ya ha sido madre, ya ha vivido la experiencia y ya no es la misma, «si volviera a repetir quizá emplearía otro procedimiento». Toque de máscara de pestañas y gloss en los labios que aprovecha para recomendar desvelando la marca.

No hay ni una mota de maltusianismo en su relato, ni siquiera de empoderamiento feminista. Es probable que desconozca que un embrión es el mismo ser, en realidad una continuidad ontológica, que, de permitírselo, viviría hasta la edad anciana. Que está dotado de un código genético único y exclusivo desde el momento de la fusión de gametos.  Que, como calculan en otro vídeo reciente, sólo teniendo en cuenta los últimos cuatro siglos, a cada uno nos ha traído hasta aquí el amor, las elecciones y los sacrificios de más de cuatro mil ancestros.

 «Veo hipermegafrío —no es consciente de la literalidad— decidirlo en función de pagar o no un año más (de criopreservación)». Quizá ignore todo lo anterior, pero algo intuye.

El Servicio Catalán de Salud acaba de ser condenado a pagar 350.000 euros en concepto de indemnización a los padres de una niña con síndrome de Down por no haberles informado de la posibilidad de realizar una prueba de diagnóstico prenatal que hubiera detectado la trisomía cromosómica durante la gestación. La niña tiene en la actualidad siete años y sus progenitores aseguran que, de haberlo sabido, la habrían abortado.

Sin embargo, la banalidad del mal siempre ¡siempre! es contestada. En la quinta planta de otro hospital barcelonés estuvo ingresado hace pocas fechas Jaume, un pequeñín aquejado de síndrome de Angelman.

La existencia de Jaume es frágil. Posiblemente igual que la de cada uno de nosotros sobre los que no pesa una estadística o una alteración genética. Social e intelectualmente es limitada aunque, por lo visto, prolija en sonrisas. Sus padres nunca sabrán cuánto vale en euros porque tienen un hijo, no un bien de consumo. La mercantilización de lo sagrado, de la vida humana, que ha puesto precio a la niña con síndrome de Down, no maneja los conceptos de sacrificio y honor que hacen que todo hombre o mujer alcance la felicidad en la entrega, también en la de la paternidad.

Y luego está Tomás. Nació recientemente con una afección congénita en la estructura cerebral que sus progenitores conocen desde el embarazo. La información fue utilizada para que los equipos médicos pudieran tener una actuación más rápida tras el alumbramiento. Y para que sus padres estuvieran preparados para acompañarle en la enfermedad, en ningún caso para que decidieran si «les venía bien».

Las vidas de Jaume y Tomás, sin pretenderlo, son un corte de mangas a esa «indemnización por un error de diagnóstico prenatal» convertida en blasfemia.

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