Los bárbaros que han quemado París y otras ciudades francesas en estas últimas semanas no ondeaban la bandera de Francia ni cualquier otro símbolo de los habituales por aquellos pagos. Llevaban la bandera palestina. Los salvajes que invadieron el Coliseo en Roma o asaltaron tiendas en Milán tampoco izaban la bandera de Italia y apenas se veían las antes frecuentes enseñas rojas y negras. Llevaban la bandera palestina. Los neoindignados que acamparon en la Puerta del Sol de Madrid, rompeorines de las Españas, tampoco llevaban banderas rojigualda. Y aunque era posible ver allí las banderas tricolor de la II República (un puro accidente vexilológico) e incluso algún estandarte LGTBI+, la bandera predominante era la palestina. Así que la bandera palestina se está convirtiendo en la enseña de los apátridas.
Aquí tenemos dicho que las sociedades europeas, bien maceradas por dos decenios de globalismo e inmigración, se están partiendo a ojos vistas en tres sectores bien diferenciados: los arraigados, en los que permanece el sentimiento nacional y donde se acumula el voto soberanista; los instalados, atados al sistema por el salario público o la pensión o, simplemente, el afecto, y que votan aún a los viejos partidos del decrépito consenso socioliberal, y los reivindicativos, a los que podemos llamar ya netamente nihilistas, nacidos en la retorta de la inmigración masiva y que la izquierda cree poder manejar como masa de maniobra (aunque ya se va viendo que, más bien, es al revés). Los primeros enarbolan sus banderas nacionales, a los segundos les encanta la bandera de la Unión Europea y los terceros, que no se reconocen en ninguna, están optando por la bandera palestina como señal de identidad. Una bandera ésta que, sin duda, tiene su sentido en Gaza o en Cisjordania, pero que, esgrimida en la Puerta del Sol o en la Plaza de la Concordia, entre contenedores quemados y escaparates rotos, no quiere decir absolutamente nada, salvo que el espectador debe ponerse a cubierto.
Es interesante que la izquierda europea, en esta fase senil suya, haya terminando reconociéndose en una causa ajena no sólo a los pueblos europeos, sino incluso a las viejas reivindicaciones de las izquierdas antiguas y modernas. Las banderas rojas del proletariado en lucha dejaron paso a las enseñas arcoíris del delirio woke y ahora estamos en la efervescencia de una causa remota e imposible, y quizá su atractivo reside precisamente en eso, en que es remota, luego no exige responsabilidad, y es imposible, luego no obliga a formular un programa más allá de la protesta airada. El tipo que sale a gritar agitando una de esas banderas no va a reclamar la propiedad popular de los medios de producción. Simplemente, grita. Y luego vuelve a casa a enchufarse a lo último de Netflix.
Me pregunto qué pensarán en Palestina los que aún aspiran a tener una nación propia: imagino que primero sentirán una vaga satisfacción al ver su emblema ondeando por las calles del mundo rico, pero enseguida apartarán la vista al constatar que quienes lo enarbolan son el tipo de gente que nadie querría tener como vecino. También es interesante constatar que nuestra izquierda no ha abrazado masivamente esta ebullición palestina hasta la salvaje razzia de los yihadistas de Hamás. Hasta ahora, la posición pro palestina era la de quien defendía el derecho de un pueblo a tener su nación, que era lo que representaba Al Fatah. Pero Hamás representa otra cosa: es una especie de gigantesco atentado suicida donde un pueblo se inmola matando a todo lo que tiene a su alrededor. En cierto modo, es como si la izquierda actual, pasadas de moda todas sus viejas banderas, nos estuviera diciendo que su único horizonte es ya el de la destrucción de todo lo que existe, Palestina incluida. Pobres palestinos…