Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Un país que es sospechoso de financiar los programas de televisión de la izquierda española, de estar detrás de los atentados terroristas contra la sede de la asociación judía AMIA en Buenos Aires y de contar con una presencia activa en la Venezuela de Maduro, no puede ser un país fiable. Ni normal. Y, efectivamente, Irán ni es fiable ni normal. Dejó de serlo con el ascenso de Jomeini en 1979 y la transformación de Persia en la República Islámica de Irán. Desde entonces, a las ambiciones tradicionales persas de hegemonía regional, se han sumado el fundamentalismo islámico shiita como guía de su organización interna y su actividad externa y el fervor revolucionario, con el objetivo declarado de cambiar las cosas a su favor aun por la fuerza o mediante el terror. 

Iran no sólo se ha enfrentado al Gran Satán, los Estados Unidos, o al pequeño Satán, Israel, sino que mantiene una tensa relación con sus vecinos, particularmente Arabia Saudí.  A sus declaraciones siempre beligerantes, hay que sumar los drones de fabricación iraní que sirvieron para atacar las refinerías de Aramco en Abqaiq y Khurais, en el verano de 2019, o los misiles Scud disparados por los Hutis en Yemen.

Irán estuvo detrás de la creación de Hezbollah, el Partido de Alá, en Líbano y ha dirigido las decisiones de sus líder Nasrallah a quien mantiene a su servicio. Más recientemente financia y organiza la Hezbollah iraquí, mantiene una presencia militar directa a la vez que controla unas milicias de alrededor 50.000 hombres en Siria en apoyo a Bashar al-Asad y, entre otra serie de cosas, manda dinero y armas a la Franja de Gaza, apostando por las acciones de la Jihad Islámica, presionando a Hamás para que no abandone sus ataques contra Israel.

Los ayatolas nunca han desistido de avanzar en su programa atómico con el objetivo de llegar a poseer unas docenas de cabezas nucleares

En paralelo a la extensión de sus tentáculos por todo el Levante, Irán ha creado una sofisticada red de empresas tapadera en medio mundo con el único fin de burlar las sanciones que pesan sobre el país y poder hacerse, así, con los elementos necesarios para progresar en su programa nuclear de índole militar. Hasta en el País Vasco se han detectado transacciones comerciales ilegales. Pero también en países como Alemania y Venezuela. Siempre con prácticas opacas, con triangulación con terceros países y siempre con compras de material que está prohibido exportar a Irán por su posible uso en su programa atómico.

Tercero, Irán ha estado desarrollando una industria armamentística en el terreno de los misiles balísticos, de crucero y más recientemente de drones, que le ha ido permitiendo poder alcanzar objetivos cada vez más lejos de sus fronteras y que muy pronto serán de alcance intercontinental; aumentar también la precisión de los mismos; y, muy especialmente, incrementar la carga útil de los misiles hasta poder albergar, lanzar y orientar una cabeza nuclear.

Por último -y como bien sabemos por los archivos que la inteligencia israelí fue capaz de robar en Irán-, los ayatolas nunca han desistido de avanzar en su programa atómico con el objetivo de llegar a poseer unas docenas de cabezas nucleares. De hecho, como ellos mismos reconocen, han logrado controlar los aspectos más complejos del dieño de las cabezas nucleares y gracias a la investigación y desarrollo de centrifugadoras de nueva generación, podrán dar el salto del enriquecimiento de uranio y usarlo para una bomba en cuestión de semanas si así lo deciden.

No ver que Iran está cerca de tener la bomba es de miopes o de gente a quien no le preocupa demasiado, como a Bob Malley, el principal asesor de Biden

Ayer se abrieron de nuevo las negociaciones en Viena sobre el programa atómico iraní. En esta ocasión, Irán cuenta con la buena disposición de la administración Biden para hacer concesiones y posiblemente confíe en lograr que se levanten las sanciones con la promesa de no dar más pasos hacia la bomba. Irán nunca ha querido ser una potencia nuclear de la forma más rápida, sino de la forma más segura y, por lo tanto, prometer hoy una cosa que romperá mañana le va bien. En el siguiente estadio volverá a prometer no seguir avanzando, pero ya estará un paso más cerca de su ansiada bomba. No verlo es de miopes o de gente a quien una bomba en manos de Irán no les preocupa demasiado, como Bob Malley, el principal asesor de Biden en esta materia.

Pero no nos deberíamos dejar engañar otra vez por los lideres fundamentalistas de Teherán. Siempre nos han mentido, siempre han hecho todo lo posible en sus manos para desestabilizar a sus enemigos, siempre ha recurrido al terror como una de sus principales herramientas, y nunca han dejado de lanzarnos soflamas sobre el apocalipsis que nos espera si no nos rendimos a sus deseos.

Ya he dicho que el Irán de los ayatolas no es una nación normal. Pensar que no va a explotar su poderío atómico es una ingenuidad. Es más, puede muy bien que su comportamiento, una vez que tenga la bomba en sus manos, no sea tan racional como el que mostraron Estados Unidos y la URSS durante la Guerra Fría. Aunque sólo sea porque la cadena de mando sobre el famoso botón rojo no se parezca en nada.

El mundo con un Irán nuclear entraría en una nueva era atómica en la que el riesgo de uso se habrá multiplicado exponencialmente. Por eso hay que impedir por todos los medios que Irán sea una potencia nuclear. No toca levantar sanciones, sino de hacerlas más severas.

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