«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

La carcoma

29 de octubre de 2026

Al menos 68 muertos. Ese es, por ahora, el espantoso balance del choque de dos trenes de alta velocidad en Urda, Toledo, apenas nueve meses después de la tragedia de Adamuz. Sabemos que el principal sistema de protección ferroviaria estaba averiado y que los trenes circulaban con un sistema alternativo. Es una historia que vemos repetida, un mecanismo que empieza a fallar por todos lados porque gastar en su conservación no es muy vistoso.

Las civilizaciones no caen de golpe. Cuando llega Alarico a las puertas de Roma todo está ya podrido. La estructura sí se desploma de repente, y por eso tenemos fechas precisas para marcar fines y principios en nuestros esquemas históricos. Pero la carcoma que ha ido royendo los cimientos es invisible, pasa desapercibida.

Hay un verbo de moda que esconde una tragedia: «visibilizar». Sólo lo que se ve existe en un sistema de partidos, en una campaña electoral, en una acción de gobierno. No basta hacer las cosas bien: hay que anunciarlo a lo grande, a bombo y platillo. Debe brillar como un cartel de neón.

Por eso los partidos, al llegar al poder, tienden a gastar solo en captación de clientelas (reparto de sinecuras entre los leales, para que estén dispuestos a sacar la navaja en defensa de sus garbanzos) y en aparatosos planes, en efectismo, en fuegos artificiales. El resultado de cada desembolso debe verse al instante.

¿Y cuál es siempre la partida menos glamurosa, más humilde, sin resultados inmediatos, sin ofrecer cambios espectaculares o aun modestos? El mantenimiento.

Las civilizaciones mueren, al final, por falta de mantenimiento. Cuando un gobierno gasta en mantenimiento, ¿qué puede enseñar el gobernante al pueblo? Nada. Porque un accidente ferroviario es una noticia. Mil trayectos en tren sin problema no es una noticia. Nadie, o muy pocos, va a darte su voto porque los incendios o las gotas frías no son tan destructores como podrían ser, porque no hay un apagón total de doce horas. Es decir que estás haciendo que las cosas sigan funcionando como deben. Y eso tiene muy mala venta, para nuestra desgracia.

Para acabar de arreglarlo, con mandatos de cuatro años, gastar en mantenimiento puede parecer al gobernante estar gastando en una partida que favorece al partido rival si gana las próximas elecciones.

Las campañas electorales se han convertido en subastas cada vez más obscenas, lindando con el caso de los pretorianos que en 193 ofrecieron la púrpura imperial al mayor postor, Didio Juliano. Todos los colectivos sociales imaginables salen a la calle, interrumpen el tráfico, amenazan la tranquilidad pública con una demanda muy sencilla: ¿qué hay de lo mío? Eso son votos, y ceder a cada demanda es una decisión racional para el partido en el gobierno.

Pero los sistemas físicos que sostienen nuestra civilización son mudos. La carretera mal señalizada o llena de socavones puede irritar, pero es dudoso que haya cambiado un solo voto. Las vías en mal estado no salen a la calle a protestar, las laderas de donde no se ha limpiado el material inflamable no hacen manifestaciones.

El colapso rara vez es tan cinematográfico como en Mad Max. El colapso es que cada vez menos cosas funcionen, es dejar que la herrumbre se apodere de todo, son las consecuencias de sociedades presentistas, primitivizadas, incapaces de guardar para el duro invierno.

El oculto secreto de nuestro éxito civilizacional tiene un nombre aburridísimo: mantenimiento. Y el oculto secreto de nuestra decadencia es el olvido.

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