La elegancia vocacional de las monjas
La elegancia vocacional de las monjas
Por Jesús García-Conde
30 de agosto de 2025

Dice Don Carlos, castellano de Valladolid ordenado en Toledo, que en tiempo de sandías no alargar las homilías. El tiempo de las sandías está por acabarse, pero esta homilía sabatina obedecerá a otro clérigo, esta vez aragonés, Baltasar Gracián, que decía que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Los reinos de Castilla y Aragón unidos por el refranero.

Y en este tiempo de sandías a mi hermano Carlos y a mí nos gusta ir a misa al Santuario Nacional de la Gran Promesa, donde es párroco don Carlos —que lo fue antes de El Henar—. Oficiaba don Lino Obama, cura camerunés con planta de pívot de la NBA. Recordó que ese día era la festividad de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. En el sermón animaba a que la vida de los cristianos tuviera unidad: te veo en los bancos de la parroquia, sí, y muy bien, pero preocúpate de tus próximos, no los abandones por pasar aquí mas tiempo de la cuenta.

Contaba que en su parroquia de la diócesis de Yaunde echaba a los feligreses de la iglesia si consideraba que el rezo que más podría agradar a Dios era el de la atención a tu madre, a ayudar a tu mujer o a tu marido, o atender la recua de niños ruidosos que esperan en casa. Su charla agradaba como supongo que a Dios le complacía que los recién expulsados del templo se afanaran en las obrerizas en casa. En el ofertorio apareció la hermana Carlota desde una puerta lateral, se movió con discreción, y salió discretamente de plano, apartándose en un recodo del presbiterio en el momento de la Consagración. Hábito negro y perfecto, perfecta expresión de unción en unión con don Lino en el momento cumbre de la misa. La elegancia de las monjas es la versión tope de gama de esa elegancia del cristiano de la que hablaba John Henry Newman: la armonía y coherencia de la vida. Esa armonía de la que hablaba don Lino en su plática.

Ser elegante es una cuestión de formas. La forma, decía Savigny, es hija predilecta de la libertad y enemiga jurada de la arbitrariedad. La elegancia no es ir ahorcado por la propia corbata con los pantalones tres dedos por encima del mocasín como los jóvenes ejecutivos de AZCA. Tampoco es tener tres capas de pintura y no reírse por no estropear el colorete ni provocar avalanchas de tierra del Nilo como las damas de las bodas. La elegancia es una expresión de la libertad, es dominio de sí, es manifestar serenidad ante el inoportuno. Es discreción, es una acción hospitalaria por el otro. Es una visita no invasiva al tiempo de otro. Todo ello lo representan las Carlotas que yo he visto.

Un par de hermanas atienden la tienda de pastas y recuerdos del Monasterio de San Miguel de Dueñas. Las monjas venden los dulces como si fueran los únicos que hubieran hecho y hacen sentir al peregrino como el único comprador que ha encontrado la tienda. La elegancia es también eso: tratar con la máxima atención al otro para que se sienta único. El elegante se achica para que se agrande el otro, no reclama más tiempo del necesario ni invade su espacio. El elegante se considera a sí mismo un sujeto intercambiable que atiende a una persona que es única. Esto se aplica de forma canónica en las vocaciones consagradas que he conocido. Algunos y algunas son verdaderas eminencias en lo suyo y aun así se consideran humildes instrumentos que tratan al otro como alguien único para Dios. Como sor Emérita, a quien conocí hace muchos años cargando con los abuelos de la Casa de la Beneficencia de Valladolid. Seguía el ejemplo de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, patrona de la ancianidad.

La santa fundó en 1873 —junto al padre Saturnino López Novoa— la congregación religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, en la ciudad de Barbastro (Huesca). Añade Aciprensa que «la espiritualidad de esta Congregación, concebida y forjada por sus santos fundadores, consiste en acoger a los ancianos más pobres e integrarlos en un ambiente de familia, atendiendo sus necesidades materiales y espirituales. En palabras de Teresa, se trata de: «Cuidar los cuerpos para salvar las almas». Cada uno de aquellos viejecillos se sentían únicos y en un ambiente de familia gracias al trato, entre otras, de sor Emérita, que llevaba dedicándose a Dios y a los demás desde los 20 años. No puede ser mentira algo que lleva a chicas y chicos en lo mejor de sus vidas a entregarse a Dios renunciando a tantas cosas. Y la Verdad necesita ser identificada y reconocida. Por eso cuando una monja va con su hábito o un cura con su sotana, los demás vemos que ahí está la Verdad. Y lo está. Y la verdad es lo mas elegante que hay.

TEMAS
Noticias de España