La epidemia del ateísmo
La epidemia del ateísmo
Por Rafael Nieto
20 de septiembre de 2026

La última encuesta del CIS indica que, por primera vez en España, hay más ateos que católicos practicantes. Esto no debería sorprender a nadie que observe el mundo actual con una perspectiva crítica, pero desde luego es significativo que un estudio sociológico de tan amplio espectro lo muestre con tanta rotundidad: 17,1% los que se dicen ateos, 15,9% los sedicentes católicos. Por ser optimistas, siempre podremos pensar que el CIS, en sus muestreos electorales, falla más que una escopeta de feria. 

El ateísmo, que en lo personal es, sin duda, una postura moral respetable, socialmente tiene efectos devastadores. Todas las sociedades mayoritariamente ateas sufren algunas de las lacras más sórdidas e insoportables de la especie humana, como la soledad no deseada, el suicidio en tasas altísimas o la destrucción total de la familia como institución natural. No hay defecto, tara o mezquindad humana con la que no se asocie el ateísmo para desgarrar al individuo por dentro.

Porque muy pocas cosas atormentan más el alma de los hombres e infligen un daño más severo al corazón que sentirse huérfanos de Dios. Ya sea por culpa de las ideologías políticas que alimentan el ateísmo, ya sea por el sucio albañal relativista del que beben tanto el agnosticismo como el indiferentismo, el mundo actual desprende tristeza y pesimismo: éste es el signo de los tiempos que nos han tocado vivir. Y ambas categorías, no lo duden, son hijas del ateísmo. 

La Iglesia Católica no puede quedar libre de responsabilidad en este dramático vuelco de principios y valores. Tras el Concilio Vaticano II, el Cuerpo Místico de Cristo se ha preocupado más de su «apertura al mundo» (engañifa progre en la que, por desgracia, ha caído) que de recordar el mensaje salvador que Dios tiene para cada uno de nosotros. Y ante una crisis global de desesperanza, debida en parte a la magnitud y gravedad de los problemas que enfrenta el mundo moderno hoy, ha dejado de abanderar la alegría de saber que existe la vida eterna; que la muerte no tiene la última palabra. 

El ateísmo es la gran epidemia universal del último siglo. Sus efectos los podemos encontrar en casi todos los actos de violencia, de injusticia y de descontrolada soberbia; es ahí, en esas flores del mal, donde se refugia el «príncipe de este mundo» para tratar de separarnos de Dios, cuanto más mejor. Porque igual que el odio y la violencia generan cada día más violencia, también el ateísmo es una semilla diabólica que cada vez separa más a los hombres de su Creador. 

El amor de Dios, cuando se vive en la doble dirección de amar y de ser amados, produce personas capaces de sacrificarse por los demás y de salir del egoísmo que, en cierto modo, les es natural. La sociedad actual es profundamente egoísta porque le falta la capacidad de compartir con los demás algo que trasciende nuestra inteligencia: que Dios vino al mundo para salvarnos. Ojalá que las nuevas generaciones sepan volver sus ojos a Cristo, y cambien esta corriente nefasta de triste individualismo por la alegría de saber que seremos eternos.  

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