El dueño del asador El Rincón del Cojo, en el municipio toledano de Manzaneque, se puso a organizar la ayuda en cuanto tuvo conocimiento de la noticia del accidente de Urda. Mandó a sus camareros y cocineros que preparasen todos los bocadillos que pudiesen, e hicieron más de 500; así mismo, ordenó que cargasen coches con garrafas y bidones de agua para llevarlos hasta el lugar del siniestro. A este hombre nadie le dijo lo que tenía que hacer; tampoco nadie le prometió que le fueran a compensar por esto de alguna manera. Simplemente, como él mismo ha confesado, hizo lo que creía que era su deber.
La España real es la del asador El Rincón del Cojo. La España auténtica y eterna, la nación que ha asombrado al mundo tantas veces que nos creen capaces de conseguir cualquier cosa. Uno no cumple con su deber moral porque te lo vayan a agradecer o a compensar; no se busca un rédito ni un beneficio cuando se ejerce la caridad del buen samaritano. Se atiende al herido, al necesitado, al que lo ha perdido todo, al que está desesperado y sin consuelo, porque mirando al otro uno puede verse a sí mismo reflejado en el prójimo. Esto es lo que nos han enseñado a todas las personas de bien, y así eran nuestros padres y nuestros abuelos.
La otra España, la España cainita y cruel, la España de los antivalores y sin principios, es la de los gobernantes que el destino nos ha deparado en este triste momento de la Historia. Esta generación de desalmados que, ante una tragedia con decenas de muertos, sólo saben hacer cálculos electorales y componendas partidistas. Esta casta bipartidista que lleva casi cinco décadas destrozando la nación, dejándonos en paños menores, llevándose no el oro, que eso se lo llevaron sus abuelos, sino todas las potencias y riquezas que teníamos. Una nación que fue la envidia de todo el mundo porque nadie ha tenido jamás lo que nosotros llegamos a tener.
Hagan ustedes ese pequeño ejercicio, que si siempre es bueno y constructivo, ahora que se acerca el momento de las urnas y de los votos resulta casi imprescindible. Vean cómo se comportan los médicos, los bomberos, las enfermas, los psicólogos, los agentes…Algunos estuvieron trabajando más de 38 horas seguidas después de la tragedia. No hubo ni una queja. Todos arrimaban el hombro porque eso es España; porque hemos aprendido que no se deja a nadie abandonado cuando ocurre lo peor. Porque ahora les ha tocado a ellos, y mañana (Dios no lo quiera) nos puede tocar a cualquiera de nosotros en esta lotería macabra en que se ha convertido vivir en España.
El Cantar de Mío Cid, en su verso 20, se refiere al héroe con la famosa expresión «¡Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor!«, en el momento en que afrontaba su destierro por orden del rey Alfonso VI. Podríamos decir lo mismo de cualquier español que se levanta cada día para ganar honradamente su jornal, para sacar adelante a su familia, para ayudar, en la medida de sus posibilidades, a aquellos que lo están pasando peor. Los españoles hemos estado casi siempre muy por delante de los gobernantes y mandatarios, y esto es bueno que lo tengamos siempre presente ante los continuos intentos de manipulación de los partidos enemigos de la nación. Aquel rey que actuó injustamente contra un español honrado y valiente está hoy personificado en el psicópata de La Moncloa, incapaz de parar el delirio demencial de su desgobierno aunque sólo sea para que dejen de morir inocentes en los trenes, en las danas, en los apagones.
No basta con que cambie el Gobierno el 29 de noviembre. Los causantes de este destrozo descomunal tienen que dar con sus huesos en la cárcel. Y la nación debe protegerse para que, en el futuro, ningún tirano, ningún desalmado, nadie contrario a la esencia de España pueda conducirnos al desastre. Nuestra patria debe despertar de una vez por todas y ser capaz de darse cuenta de que no son admisibles más engaños, ni más burlas a nuestra dignidad colectiva. La España real debe demostrar a la España miserable y cainita que ha vuelto para quedarse desde el próximo 30 de noviembre.