«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Putrefacción

30 de octubre de 2026

España es un país peor en todos los niveles. Éticamente degradado. Roto en pedazos. Las cosas dejaron de funcionar porque hace tiempo que desprende un intenso olor a descomposición, el hedor de la desbordante corrupción bajo la que flotan las mordidas y las prostitutas en ministerios. Enchufados en puestos decisivos en la dirección del Estado e incompetentes sin más mérito que la lealtad perruna a su amo provocan consecuencias dramáticas. Poco a poco la destrucción de todas las infraestructuras nos conduce a una conclusión incómoda para los que cada 6 de diciembre celebran ya no sabemos muy bien qué, quizá que llevan décadas parasitando un Estado que ya no da más de sí.

Hablamos de muertos, apenas unas molestas estadísticas para un Gobierno que sólo aspira a dominar el relato y convencernos de que la culpa del accidente en Urda la tiene un controlador de Adif. Nueve meses después de la negligencia criminal en Adamuz los responsables siguen libres. La juez impone el secreto de sumario en Toledo mientras Moncloa filtra a los medios gubernamentales los audios de la conversación entre la maquinista y el trabajador en Atocha para echarle a éste los muertos encima. Semejante hazaña sólo pueden perpetrarla personajes de la catadura de Óscar y Pedro.

Veamos a qué se dedicaban justo antes del accidente. Sánchez presume de que hay muchos motivos para ser optimistas, que si nos comparamos con el resto de Europa, incluyendo a Francia, Italia y Alemania, España va mejor que bien. Que hay que responder a los haters con datos, inteligencia y humor. Sánchez tuitea todo eso media hora después del accidente y Óscar Puente simultáneamente presume de «la superioridad moral de la izquierda». La noche previa la ministra que puso en la calle a cientos de violadores y pederastas lamenta en televisión lo difícil que es encontrar a un hombre —pondremos el pudor que a ella le falta— que satisfaga sus deseos sexuales. Este es el nivel. Un presidente fuera de la realidad, el responsable de los trenes convertido en un macarra tuitero y la chalada de género hablando porquerías que en otra época le conducirían a levantar el ánimo de los milicianos en las trincheras, pero jamás a un ministerio. 

Hasta aquí sólo se llega por un derrumbe moral pocas veces señalado. Un país antaño callado y laborioso, plagado de virtudes, lo han convertido en otro donde imperan el ruido, el saqueo y la trampa. Golpistas que malversan son amnistiados sin mayores problemas. Descuidamos nuestra red ferroviaria, pero concedemos créditos de 1.500 millones para modernizar las de Marruecos, Egipto y Uzbekistán. Dejamos invadirnos en Ceuta y damos las gracias al invasor. Sólo 901 de los 163.355 nacionalizados por la ley de nietos (un 0,5%) han acreditado ser descendientes de exiliados y podrán votar, lo que deja al descubierto el pucherazo que Sánchez planeaba el 29 de noviembre.  

La putrefacción es generalizada. Y lo peor de todo es que cada afrenta contra la nación va acompañada del somnífero que nos suministran para convencernos de que estamos ante una desgracia inevitable, una maldición, un meteorito que no supimos detectar a tiempo. Durante un día entero sufrimos un gran apagón. En la gota fría valenciana murieron más de doscientos compatriotas. Y cuarenta y seis en Adamuz. Nadie ha acabado en prisión y lo más parecido a la justicia es la que impartieron los vecinos de Paiporta cuando corrieron a gorrazos al galgo presidencial, que tampoco tuvo la decencia de reunirse con las familias de las víctimas el miércoles por la noche en Urda.

Esta falta de empatía es el pegamento que une a Puente y Sánchez, los cuales nos suscitan un rechazo físico insoportable. Por lo visto, en otros lares no es así. Al ministro de la muerte le reciben entre chistes en las televisiones del duopolio, recordatorio de que los medios de comunicación también forman parte de la ciénaga. La Sexta alcanza el cénit de la mezquindad cuando Puente y Marc Giró, uno de los cómicos del régimen, se descojonan de las víctimas de Adamuz. Más les valdría no cruzarse con ninguno de los familiares de los fallecidos. 

España ha dejado de funcionar cuando el Gobierno bate el récord de recaudación. El atraco legalizado a trabajadores y autónomos es aún más sangrante cuando comprobamos que no hay retorno, que es estéril pagar tantos impuestos. No queda en pie nada de aquella cacareada entrada en la modernidad del 92, año de la Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la primera línea de alta velocidad que une Madrid con la capital andaluza. Durante muchos años fui usuario habitual de la línea Madrid-Sevilla y sólo una vez tuve la suerte de sufrir un retraso de más de cinco minutos, lo que suponía el reintegro íntegro del coste del billete, gloria bendita para la maltrecha economía de un estudiante lejos de casa. 

Como Dios escribe recto con renglones torcidos siempre encontramos un halo de luz entre las tinieblas de la tragedia. El farmacéutico de Urda, testimonio de serenidad e hidalguía, narra con ojos vidriosos las últimas palabras de un hombre que, antes de morir, le pide a su mujer que cuide de sus hijos y le recuerda que Dios es bueno. Esperanza Ruiz intuye que lo hace perdonando a sus asesinos y que, por eso, deja a sus hijos la misericordia como legado. Claro que no hemos de callar, les debemos justicia.

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