En tiempos en los que lo puro ha desaparecido del orden del día, cuando las noticias sobre corrupción retratan una erosión moral que parece no tener fin y las noticias revelan preocupaciones ajenas a la vida de la gente común, conviene pararse. Pararse para observar esa pureza que aún resiste, aunque a veces se esconda en los márgenes y haya que saber mirar para encontrarla.
En estos últimos días, en los que me he convertido en madre, he tenido tiempo para reflexionar sobre la maternidad y sobre cómo la concibe hoy nuestra sociedad. He aprendido lo que es el amor verdadero. No el que cabe en una canción ni el que se malogra en una serie de sobremesa. Hablo de un amor que se parece más a un latido que no es tuyo y, sin embargo, te sostiene. Es un amor que no pide nada, que no presume, que no se explica. Y aunque haya días de montaña rusa y noches interminables, lo bueno lo cubre todo. Y compensa. Siempre compensa.
Ya antes había descubierto una cara del mundo que me sorprendía, aunque no debería. La de la cortesía que renace donde menos la esperas. En especial, en otras mujeres. Gestos mínimos: una mano que te sujeta la puerta, una mirada cómplice desde el paso de peatones, una sonrisa fugaz que nunca volverás a ver. Eso que algunos llaman sororidad y que, lejos de pancartas o consignas, se manifiesta en lo cotidiano. Y, sin embargo, al sentir esa alegría compartida en el espacio de unos segundos, me preguntaba cómo es posible que una parte tan ruidosa de la sociedad defienda, con aparente entusiasmo, aberraciones como el aborto o el adoctrinamiento de menores. La maternidad es otra cosa: una alegría expansiva, que no se guarda, que se comparte incluso con desconocidos. Dar la bienvenida a alguien al mundo tiene algo de celebración universal.
Un milagro que sólo es posible por tres razones: por ser mujer, por la gracia de Dios y por haber formado una familia. Y aun así habrá quien pretenda explicarme el patriarcado como si fuera un muro que se levanta en cada esquina. Me apena pensar en las mujeres que se están perdiendo esta alegría, no por falta de deseo, sino porque esperan la estabilidad perfecta, la casa impecable o ese viaje soñado a la otra punta del planeta. Pero la vida no espera. La vida es el mayor regalo, y pocas veces llega envuelto dos veces: en sorpresa y ternura. Quizá sí. Quizá esto sea lo que verdaderamente merece ser contado en voz alta.
Mientras tanto, ahí fuera, el ruido continúa. Se hace viral el vídeo de una persona llamada Carlota Aguirre que reconoce en un podcast que hormona a su hijo y lo trata como una chica. «¿Que la familia sea hombre, mujer y niños no es adoctrinamiento, pero hormonar a mi hijo sí?», se pregunta entre risas. Y así, con una ligereza escalofriante, se banaliza aquello que debería tratarse con la máxima prudencia. Otro vídeo más, otro de TikTok que ridiculiza el modelo tradicional de familia como si fuera un anacronismo, mientras se ensalza la manipulación de menores como si formara parte de una rebeldía necesaria o cuando se trata de imponer una nueva moral ‘halal’ que todo lo purifica.
En los últimos años se ha dado pábulo a cualquier idea sin sustento, propuestas que en otro tiempo habrían sonrojado incluso a los más permisivos. Degenerados, en definitiva, convertidos ahora en referentes digitales. No sorprende que se haya puesto de moda, dicen, ser católico. No comparto del todo esa afirmación, pero es evidente que, ante una sociedad vacía de valores y pensamiento, muchos encuentran en Dios el significado que ya no hallan en los ‘trending topics’. Es lógico. Frente al desorden, la raíz. Frente al ruido, la fe. Frente al vértigo, la familia. Quizá por eso se vuelve imprescindible aferrarse a algo más que un hashtag. A algo que no dependa del algoritmo ni de la opinión del día. A algo que permanezca, que alimente el alma. Porque, al final, la pureza no desapareció: la habíamos dejado de mirar.