«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado once ensayos, entre ellos 'Ética para valientes' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'Amar para siempre' (2026) es su último libro. También ha traducido más de setenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es www.davidcerda.es

Procurarse el disenso

20 de agosto de 2026

Está demasiado extendida, en el ecosistema digital contemporáneo, la idea de que el entorno informativo y de opinión de uno debe adaptarse a sus inclinaciones previas, reforzar sus intuiciones y evitar toda fricción en cuanto a las propias creencias. Como si el pensamiento fuese una prolongación del gusto personal, y no una disciplina exigente que requiere tensión y un incómodo contraste. Frente a esta deriva, sostengo que tenemos el deber de procurarnos activamente el disenso. No como accidente —como efecto colateral inevitable de la exposición aleatoria—, sino como práctica deliberada, a conciencia.

El punto de partida es ético antes que epistemológico. Tenemos el deber de llegar a ser la persona más inteligente que podamos, no en el sentido trivial de la acumulación de datos o de ingenio superficial, ni en el de los títulos académicos, sino en el sentido fuerte de la lucidez: la capacidad de juzgar con precisión y de sostener una posición tras haber considerado seriamente sus alternativas. Para empezar, estamos en deuda con quienes nos precedieron. La alfabetización universal, la expansión de la educación pública, la estabilización de instituciones científicas y jurídicas, etcétera, no son fenómenos naturales, sino conquistas históricas que han supuesto el sacrificio de muchos para que nosotros pudiésemos beneficiarnos de todo ello.

También hay una razón cívica para procurarse el disenso. Las sociedades complejas descansan sobre decisiones colectivas que dependen de la calidad de los juicios individuales. Si un partido —imaginemos— está podrido de corrupción y lo sigue votando un 25% de la población, tenemos un serio problema. Pero no hablamos solo de votar o debatir cuestiones políticas, sino de ser buenos profesionales, madres y padres. Una ciudadanía de juicio empobrecido es menos capaz de distinguir entre conflicto real y ruido emocional; de convivir y ser menos manipulable. La vida adulta está atravesada por decisiones que requieren discernimiento y que no pueden resolverse sin capacidad de análisis. Ser intelectualmente negligente no es una mera opción privada, porque tiene consecuencias para todos.

Este ideal de lucidez no puede alcanzarse en el vacío. El buen juicio es un proceso, y ese proceso depende estructuralmente del contraste. Pensar exige autosospecha. Nietzsche formuló esta intuición con una imagen especialmente fértil; en sus apuntes póstumos recogidos en La voluntad de poder, aparece la idea de que «la voluntad de verdad» se fortalece en la confrontación de perspectivas, en la tensión entre interpretaciones que se disputan el sentido del mundo. El pensamiento crece si encuentra oposición, y la verdad, antes que un espejo que se pule, es una chispa que surge del choque de dos espadas contrapuestas.

Así pues, la inteligencia emerge de la fricción. La idea no es ni mucho menos exclusivamente nietzscheana. En Sobre la libertad, Stuart Mill defendía con igual claridad que la confrontación de opiniones adversas no solo es útil, sino necesaria para la vitalidad de las creencias verdaderas. Un juicio que no es discutido, sostenía Mill, no es realmente comprendido; y una verdad que no ha tenido que defenderse corre el riesgo de convertirse en dogma inerte.

El problema contemporáneo es que hemos externalizado este mecanismo de contraste hacia entornos que, paradójicamente, lo eliminan. En las redes sociales, los sistemas de recomendación y la personalización algorítmica tienden a organizar los juicios en torno a afinidades previas. Se nos ofrece el asentimiento que nos hace sentir bien y la caricatura de lo opuesto (para que lo vilipendiemos). El resultado no es la diversidad, sino la segmentación: cámaras de eco en las que nuestras intuiciones se ven constantemente reforzadas por variaciones mínimas de sí mismas.

Popper insistía en que el conocimiento avanza gracias a la falsación, esto es, por la capacidad de someter las propias teorías a intentos serios de refutación. Una idea que es inmune a la crítica es una idea muerta. Trasladado al ámbito cotidiano, esto implica que una dieta intelectual compuesta únicamente por contenidos afines es deficiente. No ha pasado por el único mecanismo que permite distinguir entre el mero hábito mental y la convicción sólida.

Los seres humanos abrazan valores diversos, a veces incompatibles, y precisamente por eso cultivar la inteligencia requiere exponerse a esa diversidad irreductible. Sin pluralidad, no hay comparación; sin comparación, no hay juicio; sin juicio, no hay pensamiento en sentido pleno. No hay alternativa intelectualmente sana a la exposición deliberada al disenso. Esto implica que estamos llamados a una exigencia de calidad en la discrepancia. No hace falta decir que esto descarta a los Vallines, Santaolallas y Quiles de este mundo; el disenso útil no es el burdo e indocumentado —el que confirma nuestras sospechas sobre la torpeza o maldad del otro—, sino aquel que representa posiciones fuertes y rigurosas. Seguir a versiones débiles de aquello con lo que no estamos de acuerdo es intelectualmente contraproducente. No vamos a volvernos, de ningún modo, más inteligentes reforzando nuestra supuesta superioridad con gente que vive de polarizar.

Decía Camus que la necesidad de tener razón es signo de una mente vulgar. Quien discrepa de nosotros es un colaborador, voluntario o no, de nuestro perfeccionamiento sentimental y reflexivo. La adversidad bien entendida es una forma de hospitalidad intelectual que nos obliga a salir de la autocomplacencia y a revisar lo que damos por evidente. No se trata de convalidar todas las posiciones, ni de diluir el criterio en una falsa equidistancia; hay que tener criterio, del griego krinein. Pero también hay que honrar la existencia de perspectivas alternativas, pues solo sobre ese fondo podemos desplegar nuestro propio juicio.

La consecuencia final es tan incómoda como inevitable: tenemos que clicar en «Seguir» a gente cuyas ideas nos disgustan. Debemos procurarnos activamente el disenso, organizar nuestra dieta intelectual de manera que incluya voces que nos contradigan de forma seria. No como espectáculo, no como ironía, sino como ejercicio de madurez imprescindible. En una época en la que la tecnología nos empuja con precisión justo a lo contrario, el esfuerzo de exponerse a lo que nos incomoda es una forma de honradez y disciplina. Quien no escucha a su adversario es enemigo de sí mismo.

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