«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

La gangrena

29 de mayo de 2026

A medida que la podredumbre aflora, el régimen, de cuerpo presente, entra en una nueva fase de descomposición. Es lógico preguntarse cómo hemos llegado a este nivel de ignominia. Pero, mientras tanto, todo sigue curso: las calles permanecen tranquilas, la gente madruga para trabajar y por las terrazas -tan concurridas ya- aletea un aire de indolente despreocupación que es la radiografía más clarificadora del espíritu del tiempo.

Se confirma, de nuevo, que sólo existe una fuerza política capaz de hacer de la agitación callejera la herramienta para subvertir el orden que emana de las urnas. Pero sucede que esa fuerza, a día de hoy, se hunde en una ciénaga de corrupción desde la que, por el momento, le resulta imposible extraer las energías necesarias para algo que no sea garantizarse unas condiciones mínimas de supervivencia. ¿Son éstas sus últimas bocanadas? Probablemente no, aunque ya se verá.

De modo que, salvo por la contundencia descriptiva de algunos titulares de la prensa y la beligerancia pública de unos cuantos comentaristas de la actualidad, hay paz. Paz en las calles, en la terrazas, en los campus universitarios, en las galas del cine subvencionado, en los púlpitos sindicales costeados con el dinero de todos los contribuyentes. Paz, paz. Es, desde luego, una paz que huele a acorralamiento y a instinto de preservación, pero es paz, al fin y al cabo, una mansedumbre gregaria, una placidez ecuménica que transparenta una convicción que acaso ya se haya sedimentado en el fondo del inconsciente colectivo: aquí no va a pasar nada.

Pero mientras pasa o no pasa, ¿no es un milagro tanta contención?; ¿no produce un estupor casi admirativo constatar la flema de un pueblo que asiste a su propio expolio, a la degradación vertiginosa del presente y al estrangulamiento de las generaciones futuras con un gesto de pánfila resignación? 

Antes de que la trama criminal que ahora se desmadeja alcanzara los prodigiosos índices de rentabilidad que vamos conociendo, la formación que proporciona cobertura política a esta banda de indigentes morales creó las condiciones óptimas para la floración impune del delito. Compraron televisiones, regaron las cabeceras amigas con millones de publicidad institucional, procedieron a la quiebra del sistema educativo, politizaron la justicia, fracturaron la sociedad, pactaron con los enemigos de la nación, parasitaron las instituciones, urdieron un pesebre cultural y mediático repleto de mediocridades sectarias. 

Y todo ello con un solo objetivo: alzarse con el monopolio de la bondad. Al hacerlo, se arrogaron el derecho de modelar el entero cuerpo social a su antojo. Vampirizaron las mentes. Aplicaron una cosmética capa de modernidad a lo que acabó siendo, mediante fórmulas diversas de deshumanización del oponente, un descomunal proyecto de enfrentamiento civil y de ruptura de la nación.

En el desarrollo de este empeño, su astucia lingüística resultó perversamente modélica. Una neolengua abyecta, mezcla de perfidia y cursilería, de mantras sentimentaloides y retórica guerracivilista, define desde entonces el modo en que una parte considerable de los españoles percibe la realidad. Para esa masa de adeptos, ciega a toda evidencia que cuestione sus prejuicios, refractaria a la complejidad de las cosas e incapacitada para la articulación de un solo punto de vista propio, no existe más que una referencia válida: la línea que divide el mundo entre buenos y malos. Y hoy como ayer, como mañana quizá, el trazado de esa linde corresponde, por la sola gracia de su nombre, al gran timonel que pilota la nave del Partido.    

Se trata de una operación de lavado de cerebros que ha abarcado décadas. Al cabo de este arduo periodo de latencia, el organismo social ha quedado dispuesto para su devastación. Se ha desatado la rapiña, de la manera más obscena, liderada por los cínicos defensores de lo público, como una bofetada sarcástica en el rostro de los crédulos. Pero calma. Que no cunda la crispación. A fin de cuentas, ellos siguen siendo los depositarios del bien universal, los inmaculados artífices de la gran transformación histórica que, más pronto que tarde, ha de conducirnos al edén que nos tienen prometido. Por eso hay tranquilidad en las calles. ¿Ese cuerpo ya huele? Sin duda. Aunque puede que no sea sólo una organización política, gangrenada hasta la médula, lo que se descompone. Puede que sea algo más. 

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