'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU

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La generación más reaccionaria que la de sus padres desde la II GM (y al loro)

11 de junio de 2022

Están muy basados. Basadísimos, si usamos su propia jerga. Los jóvenes han vuelto a romper los esquemas de quienes están arriba, que pensaban que con Netflix, las aplicaciones de comida a domicilio y el rodillo ideológico en los colegios ya no tendrían escapatoria. Y con muchos lo han logrado. Sin embargo, algo se mueve, algo ajeno al poderosísimo control global, un inesperado fallo en Matrix.

¿Es casualidad que tras dos crisis económicas y la bajada en las expectativas vitales y profesionales los jóvenes protagonicen un giro conservador

Nadie vio venir que la primera generación que vivirá peor que la de sus padres es la más reaccionaria desde los años 30 y 40. Esta tendencia destroza los prejuicios de quienes creen que lo natural es que los chavales se escoren más a la izquierda que sus antecesores. He ahí la gran pregunta: ¿es casualidad que tras dos crisis económicas y la bajada en las expectativas vitales y profesionales los jóvenes protagonicen un giro conservador

Tengo varios amigos profesores y todos detectan una tendencia desde hace cuatro o cinco años: sus alumnos se han derechizado. A veces, los más gamberros lo hacen para llevar la contraria, pues hay un descaro, una rebeldía y una pulsión contestaria propias de la edad. Pero eso sería quedarse en la superficie. Lo esencial es que se han roto las expectativas, las opciones vitales y la seguridad en que todo irá bien, que formar una familia, comprar una casa y tener un trabajo estable es ahora más sueño que nunca. Los culpables, a los que al fin han detectado, ya no se irán de rositas por mucho que les distraigan con porros y paguitas.

Los jóvenes perciben en los vínculos familiares la roca que resiste los vaivenes del temporal.

Los que se marchan a la gran ciudad se encuentran con trabajos precarios, alquileres por las nubes y a pequeños dictadores obligándote a circular en patinete. Luego está la sumisión a las ideas modernitas (ideología de género, feminismo, cambio climático, inmigración masiva…) que el recién iniciado debe asumir si quiere ser uno más. Escupir a la tumba de sus abuelos como tributo al rebaño. Esto último, aunque los humoristas y voceros oficiales del régimen no lo crean, suscita cada vez más rechazo y es una de las razones que aumenta la distancia entre los de arriba y los de abajo. Frente a la atomización de la sociedad, el ataque a las tradiciones y la familia, los jóvenes perciben en los vínculos familiares la roca que resiste los vaivenes del temporal.

Es verdad que si las cosas están difíciles en las grandes capitales peor están en esas regiones y pueblos que los jóvenes dejan atrás. La mayoría, por cierto, no querría hacerlo. Pero la tendencia migratoria no engaña: la Comunidad de Madrid tiene la misma población que Castilla y León, Extremadura, Castilla-La Mancha y Aragón juntas. Y eso que la superficie de Madrid es de apenas 8.030 km² mientras que la suma del resto es de 263.044 km². Es decir, Madrid concentra 827 habitantes por kilómetro cuadrado frente a los 25 de Castilla y León. A nadie parece importar esta evidente desigualdad entre españoles porque el discurso oficial rema en esa dirección: Madrid es libertad. El resto, suponemos, malvive en el gulag provinciano.

Contra esta nueva forma de vida (revestida de felicidad posmoderna) de seres sin vínculos entre sí se alza una parte de la juventud. Su rebeldía consiste en ignorar la superioridad moral de la izquierda, la hegemonía progre en los medios -especialmente porque no los ven- y la obediencia a los santones de la cultura oficial. Sencillamente se ríen de todos ellos, y falta que hacía. 

De momento no están especialmente movilizados en las calles, aunque protagonizan cosas inimaginables hace sólo 10 años: victoria total en las redes sociales y, aún más importante, creación de asociaciones estudiantiles mayoritarias en la universidad pública. Tienen claro que es ahí -al contrario que la miope derechita de moqueta y excel- donde se libra la batalla. Aula a aula, pasillo a pasillo. 

Desde luego, ir contra el poder debería ser la norma de cada generación

Hoy su hábitat (algo que cambiará pronto) está en las redes, donde son los amos. Allí le bajan los humos a los periodistas de moda, escarmientan a las feministas y se rebelan incluso contra iconos intocables como Ayuso, a la que convirtieron en tendencia en Twitter (“lady machetes”) por negar que los menas fueran un problema en Madrid.

Su alegría y desparpajo también se aprecia en su forma de hablar. Utilizan un lenguaje marciano para alguien nacido en la segunda mitad de los 80. A saber: charos (la maruja y feminista de toda la vida), bugaloo (el día de la toma del poder), bancar (apoyar), basado (el puto amo), random (extraño), chad (igual que basado), boomer (nacido en el baby boom de los años 60 y 70), zoomers (son ellos, la generación Z, posterior a los millenials), pana (colega), cursadísimo (dar mucha pena), cringe (dar grima).

Desde luego, ir contra el poder debería ser la norma de cada generación. He ahí la cuestión: si los que mandan llevan 40 años haciéndolo, ¿por qué los jóvenes no se levantaron contra ellos? Justo antes hubo una época en la que todos presumían de haber corrido delante de los grises, quizá la última generación que se alzó contra el poder. Desde entonces en España los jóvenes han sido pastoreados por el establishment en la ficción de que en realidad ellos eran la contracultura. ¿Qué otra cosa si no era la movida promovida por el Ayuntamiento con Tierno Galván incitando a los jóvenes a drogarse? “El que no esté colocado, que se coloque, y al loro…”.

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