«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

La guerra de los mercados navideños

13 de diciembre de 2025

En el mercado de Nantes, en la Plaza Royale de esta ciudad al noroeste de Francia, antes de acceder te pasan un detector de metales por todo el cuerpo. Como si fueras a franquear el control de seguridad de un aeropuerto. Supongo que para que nadie pueda entrar con un cuchillo. O con un artefacto explosivo camuflado dentro del abrigo. El recinto, además, está rodeado de las típicas barreras de hormigón que impiden el paso de vehículos.

En agosto de 2023 estuve unos días en Estocolmo. Y también me sorprendió que el Palacio Real esté rodeado de bolardos. ¡En Suecia, antaño el país de los vikingos! ¿Adónde hemos llegado? Los mismos bolardos, por cierto, que no instaló el Ayuntamiento de Barcelona, con Ada Colau de alcaldesa, en las Ramblas a pesar de la recomendación del Ministerio del Interior. Fue un exceso de confianza. La capital catalana era la ciudad de los «papeles para todos», el «refugees welcome», el «volem acollir». No podía pasar nada. Pero pasó.

Al fin y al cabo, en julio de 2016 ya había habido el atentado de Niza. Aquel en el que un inmigrante tunecino circuló a toda velocidad por el paseo marítimo en plena Fiesta Nacional. Fueron asesinadas 86 personas. La UE se ha vuelto insegura. O, al menos, los países de Europa occidental. Lo que no deja de ser un fracaso para la propia Unión Europea y sus estados miembros porque está para controlar las fronteras y proteger a los ciudadanos.

De momento, a la hora de escribir este artículo, no ha ocurrido ninguna tragedia. Toquemos madera. Aunque parece que estamos asistiendo a una guerra larvada contra los mercados navideños. La policía local de Málaga ya detuvo el lunes pasado a un hombre de origen magrebí tras irrumpir en una iglesia de y destrozar el belén. Debe ser una moda importada. Basta poner «mercados navideños» en el buscador de La Gaceta para ver que ha habido incidentes similares en Alemania, en Francia, en Bélgica. En algunos casos se han llegado a cancelar por la sensación de miedo o el elevado coste en protección.

Por no hablar de las redes. He visto a musulmanes destrozando árboles de Navidad, propalestinos vandalizando decoración navideña en Oslo, un musulmán en el Reino Unido quejándose de que el mercado navideño no ofrecía comida halal, y una influencer argelina —eso sí: sin velo— diciendo que se vende «haram» porque se pueden comprar productos del cerdo y beber vino caliente.

Todo esto en internet. No he leído estas noticias, sin embargo, en los periódicos de papel, más preocupados por lo que pasa en Washington o en Bruselas que por el ciudadano medio. Además, en las denostadas redes, siempre puede añadirse un vídeo. Y, en caso de no ser veraz la información, hay «notas para la comunidad».

Me entristece, pero no me extraña. En diciembre de 2016, sólo unos meses después de Niza, ya hubo un atropello mortal contra un mercado navideño de Berlín. Mató a doce personas. La elección, por supuesto, no fue casual.

No sé si hemos entrado en una nueva fase en la que, como en todas las «guerras», lo importante es el control del territorio. Aunque sea a través del acoso o incluso por medios aparentemente pacíficos. Estamos cediendo demasiado. La tolerancia está muy bien como concepto abstracto. Con frecuencia, cuando ofreces un dedo, te pillan el brazo entero.

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