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La guerra híbrida contra Polonia

Polonia sufre hoy, como España hace unos meses, una operación de guerra híbrida que tiende a desestabilizar su frontera. Efectivos bielorrusos han conducido a miles de inmigrantes -no, no son refugiados- hacia el perímetro fronterizo polaco. Las autoridades de la Unión Europea se han mostrado, como de costumbre, muy preocupadas. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, ha escrito un tuit declarando que “Bielorrusia debe dejar de poner en peligro las vidas de la gente”. Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, ha advertido, también en Twitter, que “estamos siguiendo de cerca la situación en las fronteras de la Unión”. Varsovia ha movilizado soldados, policías y guardias fronterizos para impedir el paso a la turba, que ha tratado de forzar la entrada rompiendo alambradas y golpeando las defensas.

Estas agresiones híbridas funcionan por la debilidad de la opinión pública en Europa. Unas fotografías de niños heridos bastan para que toda barrera racional ceda frente al argumento definitivo para ganar discusiones posmodernas: “alguien está sufriendo”. Durante años, las organizaciones palestinas explotaron esa mala conciencia de quien causa dolor a “los civiles” sabiendo que nadie se preguntará por la responsabilidad de quien los expone al peligro y los utiliza como escudos humanos o como arietes. El llanto televisado es un arma formidable. Marruecos la utilizó hace meses contra España y el resto de la Unión Europea en Ceuta. Ahora Lukashenko lanza a miles de desesperados, traídos desde Oriente Medio, contra la frontera polaca.

Es necesario devolver parcelas de soberanía a los Estados nacionales y, en particular, reforzar su competencia para decidir quién y en qué condiciones entra en su territorio

Llevamos años de intoxicación informativa y de confusión moral. El empleo de palabras talismán como “migrante o “refugiado” tratan de enervar un debate imprescindible sobre la política migratoria de la Unión Europea y sobre el derecho de los Estados nacionales de decidir quién franquea sus fronteras y de adoptar las medidas necesarias para garantizar la seguridad de sus ciudadanos y la estabilidad de sus sociedades. La operación de influencia que se hizo sobre los alemanes para establecer más de un millón de pretendidos refugiados en su territorio y para imponer cuotas a otros países no funcionó en Polonia que, junto con Hungría, es uno de los países más seguros de Europa. Ahora, una vez más, vemos que la inmigración ilegal se emplea como herramienta en una agresión híbrida. 

Es necesario devolver parcelas de soberanía a los Estados nacionales y, en particular, reforzar su competencia para decidir quién y en qué condiciones entra en su territorio, así como para decidir cómo expulsa a quienes han entrado ilegalmente. Sin duda, debe haber ayuda humanitaria para quien la necesita, pero eso no significa que se puedan violentar las fronteras ni que se pueda fomentar la inmigración ilegal con políticas que suponen, de hecho, regularizaciones masivas tarde o temprano.

Lo que vemos en Polonia -como lo que vimos en Ceuta hace meses- es un intento de crear artificialmente una crisis humanitaria. Como suele suceder, se trata de una mayoría de varones jóvenes en edad de combatir. Los conducidos a Polonia van equipados con herramientas para cortar alambradas. Habría que preguntarse cómo las consiguieron. No se trata, por cierto, de grupos muy diferentes de los que llegan todos los meses a las costas españolas en lanchas y pateras.

Ya sorprenden los “solicitantes de asilo” que no acreditan ninguna persecución en sus países de origen

La confusión moral de nuestro tiempo es tan profunda que es difícil aventurar cómo acabará esta agresión contra Polonia. En 2015, la propaganda fue tan abrumadora en Europa -fue tan intensa la explotación del sentimiento de culpa por la guerra en Siria y en Irak- que las capitales del continente se llenaron de pancartas que daban la bienvenida a “los refugiados” sin pensar en las consecuencias que todo ello iba a tener. Hoy, sin embargo, parece que algo está cambiando en algunos países. Desde que, a comienzos de 2016, se conoció el intento de ocultar las agresiones sexuales en varias ciudades alemanas la noche de Fin de Año, hay una alerta creciente ante las campañas de propaganda y los intentos de esconder lo que verdaderamente está pasando en Europa. Ya son muchos los “perturbados mentales” y los “casos aislados”. Ya llaman la atención los “refugiados” de países donde no hay conflicto alguno. Ya sorprenden los “solicitantes de asilo” que no acreditan ninguna persecución en sus países de origen.

Parece que Europa está despertando y se está sacudiendo los complejos. En 2015, Hungría defendió la frontera y el tiempo demostró que era lo correcto. Grecia lo hizo en 2020. 

Ahora lo está haciendo Polonia.

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