«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

La izquierda se hunde en todo el mundo

19 de noviembre de 2025

La Vanguardia titulaba este lunes: «La amenaza ultra regresa a Chile». Me asusté: ¿Pinochet ha hecho otro golpe de Estado? ¿Han salido de nuevo los tanques a la calle? ¿Están bombardeando la Casa de la Moneda? Imposible, me respondí a mí mismo; el exdictador chileno lleva muerto desde el 2006. Es la democracia: la simple alternancia en el poder.

En efecto, el candidato de la oposición, José Antonio Kast, ha dado la sorpresa. Santiago Abascal, en unas declaraciones desde Badajoz al día siguiente —en plena precampaña para las autonómicas de Extremadura—, dio por hecha su «inminente victoria» en la segunda vuelta. Soy más cauto. Sobre todo después de lo que le pasó al partido de Marine Le Pen en las últimas legislativas (2024). Ganó en primera ronda, pero perdió en la segunda. No en vano, La Francia Insumisa es una amalgama de socialistas, comunistas, ecologistas y antisistema. Todos contra uno. Aunque parezca difícil que pase lo mismo en Chile. Entre otras razones, porque no hay seis millones de votantes de origen magrebí —que también se movilizaron en contra—.

El líder de VOX auguró, en efecto, que lo de Chile es sólo el comienzo y que «va a empezar a cambiar poco a poco la cara del continente hispanoamericano». Como ha pasado ya en Estados Unidos o en Argentina. Quién lo iba a decir. Incluso previó «un gran vuelco» en Colombia. Toquemos madera. No en vano, la candidata oficial, la comunista Jeanette Jara —exministra de Trabajo del actual presidente, Gabriel Boric— aspiraba a un 35% de los votos y se quedó en un 26,7%. Muy por debajo de las expectativas. Mientras que su rival le pisaba los talones con el 24%. El tercero en discordia, el liberal Franco Parisi, se alzó con casi un 20%. De momento, no ha pedido el voto ni para Kast ni para Jara a la hora de redactar este artículo. Sin embargo, parece evidente que sus 2,5 millones de votantes están más cerca del primero que de la segunda.

Querría hacer notar que, para La Vanguardia y otros medios, Jara es la candidata «progresista». A pesar de que ella misma lleva toda la vida militando en el Partido Comunista. Como suele ocurrir en estos casos, José Antonio Kast es «extrema derecha» o «ultraderechista». La batalla del lenguaje que siempre gana la izquierda. Con la ayuda de la inmensa mayoría de medios de comunicación.

¿Pero si Kast es el ‘malo’… por qué tiene a su alcance la presidencia de Chile? Al mediodía, el corresponsal de TV3, Joan Biosca, dio algunas pistas entre líneas. «La inseguridad, que es lo que más preocupa a los chilenos, ha obligado al progresismo a articular un discurso de mano de hierro con toques de la derecha», afirmó en una conexión televisiva. Hablando en plata: en Chile también tienen problemas de inmigración ilegal. En abril de 2023, el 30% de los delitos era cometido ya por extranjeros.

Otra periodista del mismo medio, Marta Prat, aportaba otro dato: «La etiqueta comunista como un lastre». ¡Hombre, no me extraña! Yo estuve de visita en Berlín Este a finales de la Guerra Fría y la verdad es que aquello no era el paraíso terrenal. A lo máximo que podían aspirar era a un Trabant, ese vehículo fabricado en la RDA que no podía competir con los Mercedes o los BMW del otro lado. No sólo eso, sino que cuando cayó el Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 quedó claro que los germanoorientales querían salir, no los germanooccidentales entrar en el bloque soviético.

Aquí, este fenómeno ha llegado con retraso. Ya saben que España es diferente. El PSOE gobierna —o al menos lo intenta— con un batiburrillo de fuerzas políticas: Sumar, Bildu, ERC. Salvo algunos nostálgicos de Podemos, nadie ya presume de comunista porque el término ha pillado muy mala fama. Ni siquiera la CUP se define como tal. Se hacen llamar «antifascistas». Qué triste ir por el mundo siendo «anti» sin saber qué quieres ser de mayor. 

Hay todavía otro factor que explica por qué en Chile —el sueño de la izquierda de los años 70— se está inclinando también la balanza hacia el otro lado: por el voto joven. El hecho de que los jóvenes se hagan de derechas es habitual en muchos países. El relato «progre» ya no aguanta.

El tercer factor es el desgaste del propio Gabriel Boric, que no pudo sacar adelante una nueva Constitución. Fue rechazada en referéndum. Y en dos ocasiones porque, con un texto farragoso de más de 388 artículos, intentaba imponer una visión de país demasiado escorada a la izquierda. Ahí empezó todo.

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