«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

La (mala) costumbre de comer

16 de diciembre de 2025

Desde que tengo uso de razón, no ha faltado el reportaje televisivo en un mercado de abastos advirtiendo al consumidor que ya iba tarde para comprar el besugo de Nochebuena sin que le sablaran. Suele estar protagonizado por un pescadero que anuncia con tono apocalíptico la progresión geométrica del precio de la gamba blanca y un ama de casa jubilada que, resignada, sentencia con aquello de «un día es un día». La novedad que percibimos este año dice mucho de lo que está pasando. Los medios nos empiezan a proponer «sustituciones». En lugar de besugo, una dorada de piscifactoría o una pescadilla bien presentada, que dan el pego y salen más económicos. O un arrocito o cualquier plato de diario para tan señalada fecha. Qué mala costumbre tenemos de querer celebrar por encima de nuestras posibilidades. 

Allende los Pirineos la cosa se ha puesto algo más sofisticada al respecto. En nuestro país, de momento, tan solo constatamos que a la otrora clase media le cuesta llenar la cesta de la compra. El empobrecimiento que sufrimos —patrocinado por la deudocracia en la que nos mantienen, como la llama Lorenzo Ramírez— es tal que un 25% de los españoles no puede permitirse, entre otros lujos, una comida de carne o pescado cada dos días. 

La cadena de supermercados francesa Intermarché acaba de lanzar su campaña anual llamada Un cuento de Navidad. Tirando de ese género tan icónico para nuestros vecinos como son las fábulas, se narra la historia de un lobo que, harto de ser excluido por el resto de animales por su condición de depredador, se hace vegano. El nuevo yo del lobo —¡el lupus sojus!— es invitado a la comida navideña forestal. «Las redes» han estallado en júbilo y loas. Además del «entrañable» mensaje antiespecista se ha alabado que no se haya utilizado IA en el desarrollo del corto sino técnicas tradicionales de animación. Es llamativo que apenas haya críticas a la incitación implícita a abandonar otra tradición: la de comer carne. O, si me apuran, a la insinuación perversa de que es virtuoso desprenderse de la propia esencia para ser aceptado.

En cualquier caso, todo esto que podría despacharse como anécdota, funciona más bien como adiestramiento. El consumo alimentario se está convirtiendo en el próximo espacio de disciplinamiento social. Usando emoción, culpa y emergencias encadenadas, el ciudadano empobrecido pierde capacidad de elección y queda bajo nuevas medidas de control que, como sabemos, aparecen carroñeras al olor de cada nueva crisis.

Así, cuando no estamos en huevos, estamos en lechones. La gripe aviar ha provocado sacrificios masivos, refuerzo de medidas de bioseguridad y una reducción de la oferta de huevos y productos avícolas, con impacto directo en los precios. Por otro lado, la peste porcina africana detectada recientemente en jabalíes (la del bocadillo-pangolín) ha traído restricciones de movimiento, matanzas preventivas desproporcionadas y riesgo para las exportaciones del mercado de cerdos, uno de los pilares de la ganadería española. En este punto sumamos al encarecimiento de los alimentos básicos un nuevo golpe a nuestro maltrecho sector primario. Este escenario suele conllevar acuerdos de libre comercio sin igualdad de exigencias fitosanitarias (hola, Mercosur).

Organismos internacionales y fundaciones privadas que influyen en la gobernanza global llevan años pergeñando documentos como One Health, la penúltima criatura de Von der Leyen y otros sospechosos habituales (OMS/FAO). Estos leen la alimentación desde parámetros sanitarios y de sostenibilidad, un marco que hoy encaja sin fricción con la gestión de las sucesivas alertas animales. 

Mientras el pequeño productor desaparece y el consumidor hace lo que puede, otros actores —fondos de inversión incluidos— llegan a las crisis ya posicionados en determinadas industrias. Sin comerlo ni beberlo (Dios no lo quiera) nos presentan la proteína de insectos o los alimentos de laboratorio como respuestas técnicas a problemas que no hemos creado.

En la convergencia cada vez más visible entre discurso sanitario, políticas alimentarias y oportunidades de mercado, siempre hay un perdedor claro. Y estas Navidades cenará un sucedáneo de besugo o una tortilla de tres huevos para darse un capricho.

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