Uno de los mayores errores colectivos que hemos cometido los españoles en las últimas décadas, quizás el peor de todos, consiste en haber renunciado tácitamente a la meritocracia como única forma de acceder a un cargo público. Y a que esa meritocracia sea mayor cuanto más importante sea el cargo público, siendo (por lógica) la mayor de todas la que corresponde al presidente del Gobierno.
Ese error colectivo, dramático si nos ponemos a observar sus consecuencias, tiene su raíz en otro fallo fundamental cometido durante los años de la Transición, que fue conceder a los partidos políticos el control total del funcionamiento del Estado, con la excusa de que «las urnas han hablado». Y amparándose en esa burda (pero eficaz) manipulación democrática, los partidos fueron parasitando el sistema, imponiendo sus normas y convirtiendo a sus miembros en intocables; nadie podía (ni puede) discutir el nombramiento de un inútil como ministro porque «las urnas han hablado». Y el mandato de las urnas tiene infinitamente más valor en nuestra época que la exigencia de proteger el bien común.
Lo que ha ocurrido en las últimas décadas es lo único que podía ocurrir habiéndose pergeñado así la pluscuamperfecta Transición: que todos los ministerios se han ido llenando de inútiles. No sólo en el puesto de ministro…, también en los de secretarios de Estado, vicepresidentes, presidentes regionales, alcaldes, etc. Porque si la ciudadanía acepta mansamente que las listas electorales estén compuestas por gente que no ha cotizado ni un mes en una empresa privada, ¿qué tendría que obligar a los dirigentes políticos a buscar perfiles más aptos? ¿Quizá la ética? No parecen buenos tiempos para la ética en la política.
Así, hoy sufrimos la mayor desgracia que puede padecer una nación, que es tener en los puestos más importantes del Estado a una purrela de cantamañanas y vagos, que no han trabajado en su vida, que no saben hacer la o con un canuto y que no han gestionado ni su comunidad de vecinos. Y como haya querido Dios que nos viniesen varias desgracias seguidas en los últimos años, se han juntado el hambre con las ganas de comer; y tenemos a esta partida de cuñaos que ven ustedes sentados en los bancos azules del Congreso para gestionar pandemias, incendios, nevadas históricas, crisis económicas y hasta guerras europeas.
El problema no es solamente que mientras cualquier ministro de Defensa europeo tiene la pechera llena de condecoraciones militares, aquí tengamos a Margarita Robles con su casco de la Hormiga Atómica y su chaleco con airbag; es que en Transportes, el ministro es un tuitero desquiciado que se burla de los incendios forestales, mientras los trenes de AVE se averían todas las semanas. Es que en Trabajo hay una señora que es la versión femenina de Coco, el de Barrio Sésamo, aprendiendo a Sumar. Y en Cultura, a un podemita con ínfulas que apuesto a que no ha leído ni la portada de El Quijote. Y claro, así es imposible. De hecho, demasiado bien nos va (siendo terrible y desesperante la situación de España) para el nivel que tiene esta banda de perezosos.
Un servidor público debe ser, primeramente, un patriota. Después, una persona trabajadora e íntegra; y en tercer lugar, el más preparado de todos los aspirantes al puesto que ocupe. No es el caso de ninguno de los miembros del Gobierno nacional, ni de ningún gobierno regional. «Las urnas han hablado», y lo que han hecho estos apátridas vagos ha sido prostituir el mandato de los españoles y ponernos al mando a los peores. No debería extrañarnos que (Dios no lo quiera) nos vengan desgracias mucho peores que las que ya hemos visto.