Aunque la mayoría de sedicentes patriotas creen que el 12 de octubre es un día para desempolvar la bandera, y menearla con energía y un poco de furia, hay una minoría selecta (siempre la ha habido) que es consciente del valor profundo que tiene esta fecha, porque sabe que España no es una etiqueta, ni una ideología, ni tampoco un partido, sino una unidad de destino en lo universal y una realidad histórica de una grandeza inigualable.
Hoy no es día para debatir con pigmeos mentales sobre sus obsesiones negrolegendarias, como no es día para ese patriotismo con minúsculas, de cuñaos peperos, que simulan desmayarse de emoción al oír los acordes del himno nacional. Es un día para la autenticidad y el orgullo, para darnos cuenta de lo que significa ser español y saber que no hay titulo superior a éste; porque antes que nosotros, moradores de esta piel de toro hoy ultrajada y hecha jirones, hubo una raza de hombres superlativos que escribieron las páginas más sobresalientes de la Historia de la humanidad.
Esta España de hoy por donde pululan miles de pitufos del mal, como Bolaños, y de charos con caspa, como Santaolalla, fue el escenario de batallas que cambiaron el rumbo del planeta. Aquí se disputó Occidente seguir siendo una tierra próspera sobre las raíces de Grecia y de Roma, y no un patio de recreo para los vasallos de Mahoma. Aquí habitaron los mejores pintores de la Historia, los más notables poetas, los santos de más relumbrón. España es un regalo de Dios al resto de la humanidad, y aquellos que siendo españoles no son conscientes de ello, deben recibir solamente nuestro desprecio e indiferencia.
España, y la inmensa obra que ha sido y es la Hispanidad, merecen que el nuevo patriotismo que hoy encarnan cientos de miles de jóvenes (hartos del manicomio woke) sea el que recoja el testigo de toda aquella grandeza. Que lean y se formen intelectualmente, y no permitan que su sano orgullo derive en ese mezquino patriotismo de bufandita futbolera sin nada más. España no es el cortijo de cuatro listos que quieren hacer de la patria común su negocio particular. España es tan universal, tan católica, que es de todos los hombres y mujeres de buena voluntad que la aman, hayan nacido en Cádiz, en Bogotá, en Miami, o en Manila.
Hoy ni siquiera merecen atención los infames que se han lucrado de forma inmoral, engañando a sus votantes mientras les hacían creer que estaban gobernando «por y para España», sólo porque no eran socialistas. Esos patrioteros de la gaviota que han dejado destruir la patria a sus mayores enemigos no sólo «por cobardía e ingenuidad», no. Ya está bien de ese mantra falso. Por connivencia con el mal. Porque son y piensan casi igual que ellos, y porque España les importa sólo en la medida en que puedan llenar sus bolsillos gracias a ella. Estos pitufos del patrioterismo barato tendrán también su juicio ante la Historia, igual que los zurdos o la piara separatista.
Leamos hoy a Cervantes, a Quevedo, a Menéndez Pelayo, o a Donoso Cortés. Vayamos al Museo del Prado a contemplar de cerca el minucioso trabajo de un Cervantes o un Zurbarán. Alcemos la vista al cielo para dar gracias a Dios por habernos hecho españoles. Sepamos que esta inmundicia que hoy nos rodea, esta basura hedionda de putrefacción moral, no es mayor que la que sufrieron muchos de nuestros ancestros. Pero saldremos, como salieron aquellos, porque España es eterna. Como decía a veces con sorna el inolvidable Fernando Vizcaíno Casas, «con España no puede ni el socialismo».
Feliz Día de España.
Feliz Día de la Hispanidad.
Y que viva la Virgen del Pilar.