«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Doctor en Estudios Literarios y profesor en la Universidad CEU Fernando III. Es autor de libros como 'Crónicas coreanas', 'Niños apocalípticos' o 'Cancerberos; teoría y sentimiento del portero de fútbol'.

Salvar el mundo

13 de junio de 2026

Como español, me toca mi parte alícuota de quijotismo. Tengo, igual que la mayor parte de mis compatriotas, un corazón insensato y lleno de ensoñaciones de justicia. Pero me faltan la constancia y la acometividad, y me sobra la predisposición hacia los nublados y la acedía. Puedo echarme a la calle de buena mañana, firmemente decidido a desfacer algún entuerto. Sin embargo, con el primer obstáculo me desinflo, me canso y, tras intercambiar unos gestos de desánimo con mi huesudo jamelgo, vuelvo grupas y regreso a casa, al reclamo de la querencia, renunciando a la bella insensatez.

Me pasa, por ejemplo, con el cambio climático, que hasta hace poco parecía garantizarnos el achicharramiento general. Pues bien, a ratos libro una cruzada personal contra semejante destino. Soy yo contra el fin de los tiempos. Lo sé: el asunto está pasado de moda. El año ha sido lluvioso, la primavera suave y Greta Thunberg ha cumplido veintitrés años en un estado de completa decrepitud. No importa. Hay que hacer lo que debe ser hecho, incluso cuando refresca. Además, ahora empieza la época propicia para el tremendismo. Mediado junio, ya hemos sufrido un par de calores de los que abaten el espíritu y derriten la voluntad. Se inaugura la temporada alta de vaticinios. Este verano volverá a ser el más cálido de la historia, y con ello mi empresa cobra nuevos bríos. El mundo suda, jadea, desfallece… Yo lo salvaré.

Aunque luego pasa lo que pasa. Monto una expedición de reciclaje con mis hijos. El mayor, lo orgánico. El segundo, el vidrio. La tercera, el cartón. La cuarta, los envases. La quinta va en carro, conducida por mí. Llegamos a los contenedores de la plaza y, como suele ser habitual, hace mucho que no los vacían. Parece que el ayuntamiento cree en la utilidad del reciclaje lo mismo que el cuñado medio. La chiquillería forcejea con los contenedores porque hay un planeta que salvar, pero cuando una se pilla el dedo y la otra se riega con los restos de un tetrabrik de leche, chasco la lengua, renuncio y les digo a los niños que lo dejen todo de cualquier manera, donde pillen.

En la claudicación recuerdo a mi hermano Pedro. Durante cuatro años militó en el veganismo por motivos ecológicos: al parecer la ganadería intensiva libera tanto CO2 que puede ser considerada uno de los jinetes del apocalipsis. Lo aplaudí entonces, pues quienes se prohíben lo permitido me admiran incluso más que quienes se permiten lo prohibido. Pero un día hizo cálculos. En cuatro años había dejado de comer aproximadamente 400 kilos de carne, lo que se traduce en dos tercios de la carne que se obtiene de una sola vaca en un país donde se sacrifican al año 2,4 millones. Ni para una vaca entera había dado su sacrificio.

Son estos cálculos los que me abocan a la melancolía. En un escenario global como el nuestro, los problemas son de una escala monstruosa, y poco puede hacer un fulano por más que se empeñe. Creer lo contrario solo sirve para partirse la crisma o para perpetrar una frase de sobrecito de azúcar. Aunque, bien pensado, el impedimento no es de ahora; tampoco deriva de la globalización. El mundo siempre se ha resistido a las iniciativas humanas. Y cuando el Evangelio pregunta de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma, tal vez quiera señalar que, a diferencia del alma, que puede perderse sin duda, el mundo no puede ser ganado.

Pero esto se me olvida cuando procuro salvar el planeta acortando las duchas o siendo el único adulto cuerdo de mi pueblo que va andando a los sitios. La sabiduría premoderna aconsejaba cultivar el alma y esperar que lo demás nos fuera dado por añadidura. Luego vinieron las brumas modernas y la preocupación por lo natural se intensificó a costa de postergar lo sobrenatural. De hecho, en cuanto el hombre dejó de atender al estado de su alma, se arremangó con la lunática idea de solucionar el mundo. Y así nos va, desalmados y con el mundo perdido. Dejemos que el planeta ruede a sus anchas y que se despeñe si se le antoja. Centrémonos en lo único que está en nuestras manos recuperar. Da pereza, claro: es más fácil separar la basura que velar por el alma. Pero lo primero es inútil, y lo segundo, improrrogable.

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