«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Cumplir mundiales

12 de junio de 2026

Empieza otro mundial y la primera constatación que nos sobreviene es que somos un poco más viejos. Los mundiales de fútbol como medida del tiempo. Si uno lo piensa bien, el paso de un año al siguiente se vive con la misma naturalidad con la que vemos sucederse las estaciones. En cambio, cuatro años representan un intervalo bastante más serio en la vida de cualquiera. Y aquí sucede algo sobrecogedor: a medida que nos hacemos mayores, ese lapso se comprime. Nos sacude una punzada de incredulidad al percatarnos de que estamos de nuevo ahí, metidos de lleno en otro mundial, cuando se diría que apenas ha transcurrido un suspiro desde que vimos levantar la copa al último campeón. 

¿Es real esta fuga del tiempo, este vértigo escandaloso que nos succiona la vida? Desde luego que lo es. Habrá quien eche mano de otros referentes a fin de tomar conciencia del correr del tiempo. Pero los mundiales de fútbol, para el aficionado que los sigue con algo de interés, tienen la ventaja de dejar en el recuerdo un puñado de imágenes que son algo así como la marca que se sobreimpresiona a un periodo exacto de nuestra biografía.

Pienso entonces en cuál es el primer mundial de fútbol del que guardo un recuerdo fiable. Sin duda, el del 82, el Mundial de España. Cuánta ingenuidad aún en casi todo, en el Naranjito, en el convencimiento infantil de que aquella selección nuestra, trufada de jugadores de la Real Sociedad, llegaría a proclamarse campeona. Cuánta ingenuidad y también cuánto fervor retrospectivo al repasar los nombres de algunos de aquellos jugadores míticos: Zico, Socrates, Rummenigge, Boniek, Rossi… y Maradona. 

Yo vi jugar en vivo a Maradona. Fue en Alicante. La selección argentina se enfrentaba a la húngara y mi padre consiguió entradas para el partido. Recuerdo que estábamos en primera fila, con la hinchada albiceleste justo detrás de nosotros, encaramándose sobre nuestras espaldas cada vez que su selección marcaba un gol (y marcaron cuatro aquella tarde). Vi jugar a Maradona en un equipo en el que el mejor de los argentinos todavía no era él, sino el pequeño Osvaldo Ardiles, un talentoso centrocampista a quien, ese mismo año, la Guerra de las Malvinas le había sorprendido militando en las filas del Tottenham inglés y decidió no regresar a su equipo hasta que el conflicto hubo acabado.        

El fútbol compone una madeja de recuerdos con cuyos hilos se teje una parte del tapiz de nuestra memoria sentimental. Es sólo un deporte, sí, pero también contiene un reflejo de lo que ha sido nuestra vida y de lo que somos a nivel colectivo. ¿No era todo más sencillo entonces? ¿No había más naturalidad en el juego, infinita menos sofisticación en la parafernalia que rodeaba los partidos? ¿No brillaba incluso en el tono y la cadencia de los locutores televisivos un punto de contención que añoramos? 

Con la excusa del nuevo mundial, algunas cadenas se han dedicado a emitir encuentros de campeonatos anteriores, y a medida que las imágenes se iban acercando a la actualidad se hacía más palmaria la transformación de este deporte. En el Italia-Brasil del 82, por ejemplo, un choque memorable, se aprecia aún la vistosidad de un fútbol que en ocasiones resulta casi flotante, adecuado a la morfología de unos jugadores cuyo mayores activos eran el talento para el dominio del balón, la pausa reflexiva, el trotecillo amortiguado, y no esa escenificación de musculaturas tatuadas que vemos ahora desplegarse sobre los terrenos. 

Hoy prima una tensión feroz sobre el césped, una pulsión fanática por ahogar al rival en un espacio exiguo y abrumarlo con una presión en la que parece que despuntara un atisbo de demencia. Percibimos una rigidez casi inhumana en el modo en que los jugadores se mueven por el campo, encorsetados en sus demarcaciones, atrapados en una especie de furor robótico que no hace sino trasladar al terreno de juego el puñado de obsesiones freudianas con que los entrenadores deben de soñar cada noche.

Sigo viendo fútbol, pero no estoy seguro de que me guste el modo en que ha evolucionado. Y lo curioso es que lo que menos me gusta ahora de él (el exceso de dramatismo en el triunfo y en la derrota, la tiranía de la pizarra, la deliberada mecanización del juego) es también parte de lo que me desagrada del mundo que se ha ido construyendo durante las últimas décadas. 

¿Es sólo una deformación nostálgica esta impresión mía de que antes era todo más sencillo y natural, más auténtico? No estoy seguro. Pero puede que el motivo por el que seguimos viendo mundiales sea porque esperamos del fútbol algo parecido a lo que aguardamos de la vida: la derrota de la planificación mezquina, la irrupción esplendorosa del genio que, con una sola ráfaga de belleza, nos redime de tanta mediocridad.

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