El riesgo permanente del columnista es predicar para el coro. Al final uno puede salir del trámite apretando dos botones y tres teclas para dar gusto a la parroquia.
Pero yo aquí, ahora, quiero lo imposible: quiero hablarle al progresista cosmopolita que nos mira con indisimulado asco, para el que es claro como la luz del día que la nuestra es una postura nacida de la dureza de nuestro negro corazón y de las pocas lecturas. Ese es el que ahora me interesa.
Querría sugerirle un último argumento para oponerse a la inmigración masiva, especialmente la llegada de desiertos lejanos, que diría Aznar, que no se basa en actitudes xenófobas ni racistas ni en desprecio por el inmigrante ni en llamadas a la violencia, sino más bien al contrario: la última oportunidad de seguir siendo un país tolerante y pacífico.
La razón es que existe la naturaleza humana, siempre igual a sí misma, con reacciones y respuestas a los incentivos que pueden observarse con frialdad científica en todo tiempo y lugar. Puedo o no coincidir con mi compatriota globalista en que sería maravilloso un mundo en que la única identidad que importara fuera la de ser humano, del mismo modo que tal vez estaría muy bien que se cumpliera esa famosa consigna comunista, «a cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad», y que no se convirtiera en una competición por ver quién tiene más necesidades y menos capacidades.
Pero es que las cosas son como son, la naturaleza humana no se reinventa y crear el ‘hombre nuevo’ requiere matar a muchos del viejo modelo y, total, para nada. Ya hemos repetido el experimento demasiadas veces, con consecuencias demasiado espantosas para seguir repitiendo.
Antes mi Iglesia era muy buena en eso. Combinaba la propuesta de un ideal casi demasiado alto para cualquiera con una honda comprensión sin ilusiones de la naturaleza humana. Proponía al hombre más agraviado el perdón, pero no aconsejaba a los príncipes tirar el Código Penal a la basura. Ahora se diría contagiada por el blando sentimentalismo imperante.
Su Santidad, en Canarias, ha defraudado un tanto al rojerío, enmarcando su mensaje inmigracionista en saludables cautelas. «Integrar —ha dicho— es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro». Y sí, eso es lo ideal. Pero no funciona cuando la llegada es masiva. Simplemente, no sucede.
Si yo fuera ese progresista al que me gustaría dirigirme, ahora mismo rezaría (es un decir) para que la avalancha se detuviera, no por temor a una sustitución que no me molestaría, sino porque la tempestad que se está gestando a partir de la abundante siembra de vientos no es la que ven representada en Vox, o en Le Pen, o en Alternativa para Alemania. Todos esos partidos son la solución moderada, democrática, razonable. Pero muchos están dejando por completo de ser moderados, democráticos y razonables.
Muchos se han oído llamar tantas veces ‘fachas’ por preocupaciones completamente legítimas que están más que dispuestos a abrazar la etiqueta. Y no hace falta que sean mayoría, ni de lejos, para que las cosas se pongan muy desagradables.
Las cosas van tan deprisa que a la derecha británica de toda la vida, los conservadores, le salió un grupo a su derecha, el Reform de Farage, que le está comiendo la tostada en todos los distritos, y Reform ha quedado tan blando que le ha tenido que salir un partido a la derecha (a la derecha, de la derecha de la derecha oficial), Restore Britain. Pero el último desmán bárbaro en Belfast ha puesto ya a muchos más allá del alcance de la política corriente, y el líder de Restore, Rupert Lowe, está recibiendo un rapapolvo en X por blando como no había visto en mucho tiempo.
El tuit de Lowe era de lo más razonable: «Patriotas: si esta noche vais a manifestaros, ya sea en Belfast o en cualquier otro lugar, NO le deis a Starmer lo que quiere. Mantened la calma. No perdáis la cabeza. NO ataquéis a la policía. El Estado no tendrá piedad de vosotros. Se culpará a la peligrosa ‘extrema derecha’ y vuestras vidas quedarán arruinadas para siempre. Será así de brutal. Por mucha rabia que sintáis ahora, no merece la pena. Protestad, pero hacedlo en voz alta, hacedlo pacíficamente».
Las respuestas dan miedo. La tónica general es que muchos ya no ven salida alguna dentro el proceso político. Están convencidos de que el sistema está amañado contra ellos, contra el pueblo nativo, y que ya no hay salida pacífica posible. La violencia, parecen creer con Marx, es la partera de la Historia.
Y por eso, aunque solo sea por eso, no veo cómo nadie puede desear que esto continúe como hasta ahora. Yo no quiero que España deje de ser española. Pero incluso si eso me importara un pimiento, tampoco querría que se convierta en un campo de batalla.