El jueves por la tarde ardió la carretera de los pantanos, que es como llamábamos en Madrid, mucho antes de que existieran los navegadores, a la M-501. La tercera ola de calor del verano se despedía con cuarenta y cuatro grados en el sureste y el país llevaba dos semanas oliendo a chamusquina. Pero lo del oeste fue otra cosa: el miércoles había prendido el monte en Almorox, del lado de Toledo, y el jueves se levantaron casi a la vez otros dos fuegos, uno en Villa del Prado y otro en San Martín de Valdeiglesias, junto al kilómetro 57 de esa carretera por la que media ciudad aprendió a salir de la ciudad. El humo cruzó la región empujado por el viento de la tarde y en algunos barrios de la capital el sol se quedó del color de una yema pasada por agua. Los móviles aullaron con la alarma de protección civil, que no suena a teléfono sino a simulacro de guerra, y miles de personas durmieron fuera de sus casas.
Para los niños del Madrid de los ochenta, la M-501 no era una carretera: era el camino de la playa. Se salía temprano, con la nevera de corcho blanco crujiendo en el maletero, y el coche entero olía a tortilla, a bronceador y a la resina que entraba por las ventanillas cuando empezaban los pinares, pasado Brunete, cuando el secarral se rendía por fin y el paisaje se ponía verde oscuro y digno como un uniforme antiguo. Mi padre bajaba su ventanilla a la altura de Chapinería y decía siempre lo mismo: «Respirad, que esto limpia». Nunca supe si limpiaba. Supe que aquel olor a pino caliente era la frontera exacta entre la semana y el verano, y que al fondo, en una curva que uno esperaba con el estómago, aparecía de golpe la lámina azul del pantano de San Juan, el mar de los que no teníamos mar.
Allí aprendió a nadar media ciudad. La orilla no era de arena sino de una tierra clara y prensada que se pegaba a la planta del pie como miga de pan mojada, y a nadie le importaba. Había merenderos con sombra de cañizo, barcas de alquiler, radios con el dial suelto, madres que untaban crema con la energía de quien encala una tapia. La excursión culta consistía en acercarse a El Tiemblo a ver los Toros de Guisando, cuatro piedras con más de dos mil años, y volver antes de que se calentara la sandía. Uno creía entonces que aquello era eterno, que los pinos que escoltaban la carretera formaban parte del orden del mundo, como los ríos o como los abuelos. Eran los pinos que ardieron el jueves.
Las noticias de la noche llegaron en lenguaje de guerra. Se evacuó la urbanización El Encinar del Alberche y buena parte de Aldea del Fresno, se confinó una residencia de mayores en San Martín, puertas y ventanas cerradas contra el humo, y vecinos de Pelayos de la Presa bajaron al casco urbano con lo puesto. Del lado de Ávila ardía el valle de Iruelas y se vació un camping junto al embalse del Burguillo. La Comunidad pidió al Estado la situación operativa 3, que es el nombre administrativo del desbordamiento, y la UME entró en los pinares donde antes hubo merenderos. En Almorox el fuego se llevó casas con todo lo que una casa guarda dentro: fotos, camas, bicicletas de niños. Los partes, al menos, no registraron muertos.
Ardieron los pinos de la carretera. Ardieron las jaras y las cunetas donde vendían bolsitas de piñones. Ardió la curva desde la que los niños veían aparecer el agua. Y el pantano sigue allí, con el agua quieta y las barcas amarradas. Nadie lo llamó ayer la playa de Madrid.