Han pasado las semanas y nadie sabe nada de las legiones «ultras» que supuestamente se confabularon para acudir a Torre Pacheco en busca de moros a los que cazar. Ha habido detenciones, retenciones e identificaciones, pero, hasta donde sabemos, nada realmente sólido. El fantasma de la conjura fascista se ha diluido en la misma nube de ridículo en la que se disolvió el supuesto «comando facha» que abroncó a Sánchez en Paiporta. Pero no, no era ridículo: lo que el poder buscaba era simplemente la primera impresión, el titular, el primer impacto sobre el público. Tener alguien a quien señalar y poner el conflicto donde al poder le interesaba, es decir, en la existencia de un mal que acecha sin pausa y al que es preciso perseguir. Que la gente se crea o no el cuento es lo de menos: el verdadero objetivo no es tanto convencer a las masas como atemorizarlas, crear la impresión de que toda disidencia demasiado ruidosa puede ser castigada. Con eso se consigue, ante todo, que la disidencia no se generalice: la vocación de héroe no es la más común en el género humano, de manera que la gran mayoría, por disconforme que esté, preferirá mirar a otro lado, porque el miedo al poder siempre puede más (por eso es poder).
En el ciclo de El final de los tiempos, mis novelas de hace casi treinta años, ejemplifiqué eso en un misterioso grupo llamado «la Secta de la Araña», una suerte de banda delincuencial creada secretamente por el propio sistema para atraer a los elementos más revoltosos, como las plantas carnívoras atraen a los insectos más glotones. De vez en cuando, la policía atrapa a uno de los sectarios, escenifica un castigo con amplio despliegue mediático y, por esa vía, mantiene vivo el miedo entre la población. Los verdaderos disidentes, mientras tanto, intentan oponerse a la tiranía por otros medios. ¿Dónde están esos disidentes? Un poco por todas partes: en la administración, en los talleres, en las iglesias, en la periferia urbana… Pero esa fragmentación es precisamente su mayor problema: el poder ha buscado crear una sociedad ferozmente masificada y desmantelada a conciencia, en la que los individuos carezcan de referencias comunes —una tradición compartida, una identidad reconocible, etc.—, de manera que a la gente le cuesta cada vez más encontrar un horizonte común (esto es, algo sobre lo que construir una comunidad). El recurso al pasado, en la Cosmópolis de El final de los tiempos, está expresamente prohibido: el sistema lo administra severamente a través de una institución que se llama Archivo del Saber y cuyo objetivo no es enseñar el saber, sino ocultarlo, para que la gente deje de saber quién es y, a cambio, adopte la identidad que el poder quiere darle (cuando escribí esto no podía ni imaginar que un día tendríamos en España leyes de «memoria histórica», aunque sí se adivinaban ya las reconstrucciones artificiales de la identidad colectiva inventadas por los separatismos regionales).
¿Hay esperanza? Sí: fuera de los límites de la Ciudad, en los bosques de Lo Abierto —que así se llama el paraje—, vive una misteriosa gente que al parecer procede de tiempos remotos y mantiene su vieja identidad. Esa gente, demonizada sin pausa por el discurso del poder, representa sin embargo para los disidentes un espejo donde mirarse. Su mera existencia envía el mensaje de que es posible vivir el mundo de otra manera. En mis novelas se llaman «sildavos». Esos sildavos son depositarios de una tradición que se pierde en la noche de los tiempos: tienen un pasado real, material, que da sentido a sus vidas porque no se limita a rendir culto a lo que fue, sino que incluye también la misión de hacer que su identidad sobreviva. Es que al final la pregunta clave siempre es «quiénes somos». Por eso es obligatorio desconfiar de un poder que se obstina en prohibirnos responder.