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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

En el verano de 1965, apareció el bikini en España de la mano de “las suecas”, tantas y tan deseadas que dieron nombre a alguna playa hoy ya olvidada bajo el empuje de otro tipo de turismo, mezcla de nacional y cutrez internacional (la actual playa de La Mata en Torrevieja, por ejemplo, fue durante años la playa de las Suecas). También en ese año los primeros integrantes de Pink Floyd jugueteaban con los alucinógenos y la psicodelia camino de Formentera, a la que visitarían con insistencia hasta finales de la década, y los Beatles se ponían una montera para su ya mítico concierto de Las ventas. Pero 1965 fue, ante todo, el primer año en el que los españoles tuvieron su canción del verano. Un dúo de hermanos holandeses afincados en Barcelona, Johnny & Charley había grabado unos meses antes lo que bailaría media España en ese verano del 65: La Yenka. 

No cuento esto por nostalgia, sino con pena. Casi seis décadas más tarde parecería que España sigue en el mismo punto con aquello de “izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un dos tres…”. Quizá con una notable excepción: mientras que la izquierda siempre avanza tres pasos y retrocede dos, la derecha avanza uno y retrocede dos. La izquierda avanza imparable mientras que la derecha está siempre a la defensiva, cuando no en retirada.

Me atrevería a decir que Pablo Casado no quiere ser De Gaulle, sino que se contenta con ser Petain y que Sánchez le deje gobernar sobre su Vichy particular

Cierto, Santiago Abascal y su partido Vox han logrado lo inesperado, rebelarse contra esa situación de sumisión permanente a lo progre y decir alto y claro basta de superioridad moral de la izquierda. Una izquierda revanchista, excluyente, antidemocrática y antiespañola. Pero la apuesta de Vox, como saben sus dirigentes, no es para pasado mañana. 

En términos militares podría decirse, metafóricamente hablando, que la izquierda de Pedro Sánchez y sus socios están planteando una campaña relámpago, un blietzkrieg, al estilo de las tropas hitlerianas al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuya velocidad de ataque sorprendió a unos ejércitos aliados que confiaban en sus líneas defensivas y que esperaban una lenta guerra de desgaste, al igual que en la Gran Guerra. Los europeos se equivocaron y cayeron uno tras otro ante la imparable marcha de los Panzer.

En ese sentido, Vox necesita un tiempo (para organizarse, convencer y crecer) que no tiene. Aún peor, y siguiendo con la imagen de la invasión de Hitler, la oposición que representa el actual PP de Pablo Casado, que es el mismo que el de Rajoy sólo que en la oposición, parece mucho más tentada por el reconocimiento por parte de su enemigo, que por la resistencia al mismo. Me atrevería a decir que Pablo Casado no quiere ser De Gaulle, sino que se contenta con ser Petain y que Sánchez le deje gobernar sobre su Vichy particular, por muy títere que fuera. Su problema, no obstante, es que el actual presidente del PP no tiene más que una vieja sede -a la que ha repudiado- como su territorio, porque su mando sobre Andalucía, Madrid o Galicia está muy disputado y contestado. Con todo, el sueño de formar un gobierno de salvación nacional que sólo él quiere no se le va de la cabeza.

Por eso, quienes ante el avance del socialcomunismo en España hacen un desesperado llamamiento a la unidad de la derecha, yerran el tiro por completo. El lamentable caso de Ceuta y la declaración como persona non-grata al líder de la formación más votada en esa ciudad, debería bastar para saber de la imposibilidad de que una “oposición institucional” como quiere ser el PP no es compatible con una oposición real, como Vox.

Vox no puede permitirse el riesgo de ser percibido como la muleta permanente de un PP que le desprecia y le exprime por igual

El temor a Vox sigue primando en 13 Rue de Génova. Y sólo tenderá a agudizarse.  El PSOE de Sánchez sólo quiere humillar a Casado y sus votantes se pensarán lo del voto útil si éste solo sirve para contentar a partidos pro-marroquies y antisemitas o para prolongar las políticas sociales del PSOE. No olvidemos que el joven colombiano que dejó tuerto a un enfermero en el metro de Madrid, de quien los medios ocultan su nombre, no sólo tenía numerosos antecedentes criminales, sino que recibía ayuda social del ayuntamiento de la capital. Por ser joven, extranjero y criminal. Si hubiera sido español y honrado, nadie le habría regalado nada. Porque en eso, el PP y el PSOE son la misma cara de la moneda.

El dilema de la derecha no es su fusión, sino cuánto tardará Vox en primar sus intereses sobre los del PP. De momento, su españolismo le ha llevado a ser extremadamente prudente y sensato, pero no puede permitirse el riesgo de ser percibido como la muleta permanente de un PP que le desprecia y le exprime por igual. Seguramente no haya llegado aún el momento de enfrentarse al PP, pero a medida que el tiempo nos acerca a un escenario electoral, no hacerlo también le pasará factura a los de Abascal. ¿Quién querría aspirar a ser la llave de un gobierno de Casado contra Vox?  El voto útil al que llamará el PP sólo se le combate siendo útil de verdad y eso, cada día pasa por servir menos al PP y más a España. Génova tiene que saberlo y si no lo sabe, Vox debería enseñárselo. De lo contrario, seguiremos bailando la Yenka, un pasito en cada dirección sin movernos del lugar.

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