«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Lanzada a ruso muerto   

14 de febrero de 2025

Ahora que acaba la guerra en Ucrania, la bumerada desata la blitzkrieg sobre la Plaza Roja de Moscú. Envalentonadas, las divisiones ilustradas declaran la operación Barbarroja frente a un enemigo al que han tenido tres años enfrente, lástima este arreón final, un poco tarde, que no debemos interpretar como aspavientos con tufillo a lanzada a moro muerto.

Esta añoranza de guerra es, sobre todo, no entender que el mundo ha cambiado y volver a chocarse con un muro —nunca mejor dicho— que ya no es el símbolo de nuestro tiempo. En vano, el mainstream oficial sostiene que todo lo que ocurre en Occidente desde hace 80 años es una continuación de la guerra salida de la guerra, o sea, la guerra fría. No hay más analogías que la II Guerra Mundial, el comunismo, los nazis y Auschwitz. Desde entonces todo es un permanente o nosotros o Hitler que incluso se arroja a Putin, aunque presida cada año el desfile de la victoria sobre la Alemania nazi.

La brocha gorda se aplica con especial vileza a quienes tienen la osadía de disentir frente al consenso de posguerra y advertir al inicio de la invasión rusa que azuzar el conflicto carecía de sentido. Hoy no hay dudas, la sangre ucraniana derramada tiene dos responsables: el invasor ruso y el eje Washington-Bruselas, esa terrible conjunción en el tiempo formada por Biden, Kamala, Von der Leyen y Macron, que han mantenido la guerra a sabiendas de que cada día que pasaba era un día perdido para Kiev.

Defender la democracia con vidas interpuestas es una película que ya hemos visto y ahora resuena en nuestras cabezas la propaganda más burda utilizada desde el principio, como aquella que hablaba de la voladura rusa del gasoducto Nord Stream al tiempo que proponía a Zelenski como Nobel de la Paz. Quienes nos han narrado el parte de guerra también sostienen que Trump ganó las elecciones en 2016 por la propaganda rusa y que el golpe catalán lo teledirigieron unos cuantos bots rusos en las redes sociales. Las cuentas B, ya se sabe, manejan el mundo en la sombra.

La realidad es que Trump se ha encontrado el patio trasero en llamas a su regreso, por eso promete apagar los incendios y después reunirse con China y Rusia para reducir la tensión nuclear. Ahora dirán que él también está al servicio de Moscú, no como Sánchez, que compra el doble de gas a Rusia que antes de la guerra, o González Pons, que colocó a su hijo en Gazprom. Quién sabe si por tanta mala conciencia en España hemos visto banderas ucranianas inundar los perfiles tuiteros y hasta en las retransmisiones de los partidos de fútbol. Más banderas ucranianas en Albacete que en el frente de Donetsk.

Tal despliegue de demagogia ha alcanzado cotas insuperables y ahora aparece Borrell (no sé por qué uno se acuerda de los bombardeos humanitarios de Solana sobre Belgrado) y dice que sería un problema que Trump negocie con Putin sin contar con Bruselas ni Ucrania. De lo que no hablan nunca es de la pérdida de relevancia internacional de Europa, que hasta J.D. Vance se marchó de París sin escuchar las intervenciones de Macron y Von der Leyen.

Ninguno de los burócratas quiere entender que Occidente ha virado al proteccionismo y al retorno de los dioses fuertes (como sostiene Reno) que anhelan un hogar, una vuelta a lo autóctono, frente al desorden posmoderno. Se tambalean los consensos de la posguerra, no porque hayan vuelto el nazismo o el comunismo, sino por el secuestro del debate público en el mundo libre y el hartazgo que supone que de la defensa no se ocupe cada nación, sino que sea delegada al Tío Sam que algún día se hartará de que las mujeres que lloran a sus maridos o hijos sean siempre las de Kentucky o Texas y no las europeas.

Asistimos a una de las grandes transformaciones de nuestra época y en América este cambio de agujas también lo explican pequeños detalles como la ovación a Trump y los abucheos a Taylor Swift en la final de la Super Bowl. Nada de eso sucede a este lado del Atlántico, donde apreciamos con claridad que aún son más quienes hacen política desde los viejos esquemas izquierda-derecha que quienes han aterrizado en el siglo XXI. Demasiados analistas desbarran ante los cambios y comparan, por ejemplo, a Trump y Orbán con Sánchez, como hace Cayetana.

Mientras todo es populismo y autocracia, el mundo bipolar aún nos debe algunas explicaciones interesantes. Una de ellas es la ubicación exacta de las armas de destrucción masiva en Irak o por qué no triunfaron los cursos de igualdad de género en la universidad de Kabul que los Estados Unidos introdujeron antes de salir corriendo y dejar Afganistán en manos de los talibanes.

A la espera de conocer más detalles, observamos que nuestra infantería liberal no es capaz de echar a Sánchez pero sí de derrotar a Putin a campo abierto en la estepa rusa. La generación que quitó la mili en España, proscribió al Ejército y a cada atentado de ETA respondió con las manos pintadas de blanco, mucho Estado de derecho y unidad de los demócratas, quería meternos en la III Guerra Mundial. La momia de Lenin debe estar partiéndose de risa.

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