«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Las veinte hogazas

25 de agosto de 2026

En la primavera de 1933 Luis Buñuel subió a Las Hurdes a filmar el hambre, y la alquería de Martilandrán se puso a su disposición a cambio de un par de cabras ya sacrificadas y de veinte hogazas de pan que el pueblo entero comió en común, conducido por el alcalde, que era el más hambriento de todos. La película duraba media hora, se llamó «Tierra sin pan» y no ofrecía consuelo ninguno: niños con la boca abierta, cabras que se despeñaban por el risco, un enjambre matando a un burro cargado de colmenas. Buñuel bajó de aquellos montes convencido de haber retratado el último rincón de Europa al que no había llegado nada, ni el pan ni el siglo. Tardó años en subir la carretera. Tardó más el agua corriente. La tierra siguió siendo la que era, empinada y seca.

Pero hace tres días, casi un siglo después, el fuego volvió a subir por esos mismos barrancos. Empezó a media tarde cerca de Pinofranqueado, en la comarca de Las Hurdes, y en unas horas obligó a desalojar ocho pedanías con nombres que Buñuel había filmado o rozado: Horcajo, Avellanar, El Gasco, Martinlandrán. Seiscientas personas salieron de sus casas con lo puesto y durmieron en una residencia de estudiantes de Caminomorisco, la Gregorio Marañón, bajo las mantas que se reparten en estos casos. Las llamas cruzaron a Salamanca, calcinaron mil seiscientas hectáreas y se comieron tres viviendas de la alquería de Avellanar, más dos corrales y dos casetas de aperos. Nadie filmó esta vez el hambre, porque hambre ya no había. Ardió otra cosa, más difícil de nombrar.

Porque este ha sido el verano en que España ardió de arriba abajo. Más de doscientas sesenta mil hectáreas quemadas cuando aún quedaba agosto por delante, cuarenta y tres incendios grandes, pueblos enteros confinados de León a Castellón, un cielo de ceniza que en algunas tardes tapó el sol como una persiana de esparto. Uno miraba el mapa por la noche y contaba los focos como quien cuenta goteras en el techo. Hubo bomberos forestales que durmieron en las cunetas y aviones que soltaron su carga naranja sobre laderas que a la mañana siguiente volvían a arder. Y en Almería el fuego mató a gente que había intentado huir por el cauce seco de un río, creyendo que el agua ausente la protegería, y el barranco se cerró sobre ellos como una trampa. De ese incendio no se cuentan chistes. De ninguno de este verano se cuentan.

Los de Las Hurdes empezaron a volver ayer, cuando el viento cedió. Volvían a casas que en muchos casos seguían en pie, ennegrecidas por fuera, y a huertos pequeños convertidos en un secarral humeante que olía, dijo una vecina, «a cocido que se ha quedado sin agua en la lumbre». Un hombre mayor recogía con la azada las brasas de lo que había sido su corral y no decía nada, porque no había nada que decir. La tierra que Buñuel encontró sin pan había aprendido en noventa años a tener pan, luz, carretera y hasta turismo de barranco, y en una tarde de agosto lo perdió casi todo menos las paredes. Uno vuelve, cuenta las vigas que aguantan, calcula lo que costará el tejado y empieza otra vez. Es lo que se ha hecho siempre en esos montes, mucho antes de que existieran el seguro y la subvención.

No hubo esta vez veinte hogazas repartidas por un alcalde, ni cámara que filmara el reparto. Hubo bocadillos de un catering de emergencias en el gimnasio de la residencia, y una fila de gente esperando su turno con el plato de plástico, que es la versión limpia y moderna de la misma escena. Buñuel se marchó de allí pensando que había retratado un mundo condenado a desaparecer, y el mundo desapareció, en efecto, pero no como él creía. No lo borró el progreso ni lo borró la miseria. Lo fue borrando el fuego, a barranco por verano, mientras el resto del país miraba el humo desde la ventanilla del coche, de camino a la playa. Nadie paró. Las hogazas, al menos, ya no las come nadie con hambre. Es lo único que ha cambiado.

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