Dentro de unos días se cumplirán ocho años desde que Albert Rivera acusara a Pedro Sánchez de no ser autor de su tesis doctoral, Innovaciones de la diplomacia económica española: análisis del sector público (2000-2012),leída en 2012 en la Universidad Camilo José Cela y acreedora de un cum laude. Aunque los abogados de Sánchez enviaron una serie de burofaxes a los medios que le acusaban de plagio, las querellas anunciadas nunca se cursaron. Quien calla otorga, dice el refrán.
En 2020, la Universidad Complutense de Madrid dio a Begoña Gómez la Cátedra Extraordinaria de Transformación Social Competitiva. Antes de acceder a ese puesto, la Gómez había dejado atrás el vaho de las saunas en las que aprendió los rudimentos de una turbia contabilidad y había cursado estudios en la Escuela Superior de Marketing y Negocios. La pública, para otros. Y en ello siguen los Sánchez Gómez, habida cuenta de los centros educativos a los que llevan a sus hijas.
El afán de Pedro y, sobre todo, de Begoña por envolverse en un aura académica que el tiempo y las togas se ha encargado de cuestionar tiene, además de los réditos económicos que ello conlleva, mucho de generacional. Al cabo, ambos crecieron en una España dominada por la titulitis.
Hoy, esa patología ha virado por mor de los postulados woke. Prueba de ello es el caso de Jason Arday, encontrado muerto el 14 de agosto en su domicilio londinense. Recordemos. Hijo de padres ghaneses, el pequeño Jason, según su propio testimonio, fue diagnosticado con autismo y no pudo hablar hasta los once años. Accedió a la lectura a los dieciocho. A partir de entonces, su vida dio un giro radical. Diez años después era tan doctor como Sánchez y nadie osaba cuestionar su meteórica carrera. Se trataba de un caso de prodigiosa superación. De un éxito de esa luminosa parte de la sociedad que se enfrenta a otra caracterizada por sentimientos y prejuicios atávicos. En 2023, con 37 años, Arday fue el catedrático negro más joven de la historia de Cambridge. Poco después, al igual que ocurriera con P. S., empezaron a aparecer curiosas coincidencias entre la tesis de Arday y otros trabajos universitarios. A partir de entonces, muchos de los episodios con los que se había adornado la figura del racializado J. A. comenzaron a desvanecerse. Convertido en un juguete primero roto y, luego, sin vida, el caso Arday muestra hasta qué extremos se puede llevar el rigorismo woke. Un formalismo asumido, en mayor o menor medida, por amplios sectores de la sociedad española. Sirva como ejemplo lo ocurrido en el último mundial de fútbol. Para muchos, el contenido en melanina del jugador estaba por encima de la calidad de su juego.
El caso de Arday ofrece, sin embargo, una excusa perfecta para recordar a Juan Latino. Nacido en Etiopía e hijo de una esclava, el negro Juan de Sessa regentó la cátedra de Gramática y de Lengua Latina de la Catedral de Granada sin necesidad de negro alguno.