Hace unos meses me comentaba un publicitario que andan como locos con la nueva generación, porque todos los viejos trucos de su arsenal fracasan con ellos. Compran y consumen todo lo que pueden, pero las campañas mejor estudiadas se estrellan contra su escepticismo, no digamos los responsables de comunicación de los partidos; esos tienen perdida la partida de antemano con ellos. El ‘zoomer’ solo tiene que hacer un meme ridículo con la última consigna como texto y ni siquiera tienen que argumentar contra el mensaje: ya está muerto, diseccionado, expuesto como la propaganda hueca que es siempre.
En ese primer vistazo que casi siempre lleva a conclusiones erróneas, uno podría pensar que nada hay más refractario a los grandes ideales que un miembro de la Generación Z. Pero no es cierto, quizá porque nunca ha existido una generación sin ellos. Es solo que ellos no los llamarían ideales, demasiado pretencioso para su instinto memético, y que los pueden atesorar porque nadie les ha engañado con ellos.
Nadie en su entorno -padres, maestros, cultura, películas, canciones, admoniciones de políticos, consejos administrativos- les ha hablado de ellos sino para ridiculizarlos, demonizarlos, alertarles contra ellos. Han tenido que descubrirlos por su cuenta, y compartirlos de boca a oreja como el hallazgo de unas polvorientas revistas viejas en un desván. Miran el pasado con anhelo, no porque el pasado no haya engañado, sino porque no les ha engañado a ellos, porque nadie ha tratado de vendérselo.
A los jóvenes de 1968 les prohibían el sexo y descubrieron el sexo. A éstos les sirven sexo hasta en el desayuno y descubren el matrimonio y la familia como el último tabú.
A aquéllos les enseñaban patriotismo y descubrieron el internacionalismo. A éstos les enseñan a desconfiar de la nación y descubren la bandera como la rebeldía definitiva.
A aquéllos les llevaban a misa y descubrieron el ateísmo. A éstos les han explicado que Dios ha muerto desde la guardería y algunos empiezan a encontrar fascinantes las iglesias.
Quizá por todo eso su principal forma de expresión es esa forma artística que han inventado, el meme visual. No el meme verboso y aburrido que perpetran a veces los búmers en una mala imitación, con demasiadas palabras y la moraleja cuidadosamente subrayada, sino el original: una imagen, una frase, a veces apenas tres palabras, y una carga de profundidad. El meme no argumenta, no demuestra, no propone y, sobre todo, no concluye nada. Se limita a poner dos cosas juntas y deja que sea el destinatario quien complete el razonamiento. De ahí su ferocidad. Una consigna política, una campaña institucional, la última solemnidad del telediario pueden quedar destripadas con una fotografía estúpida y media línea de texto, sin posibilidad real de réplica. ¿Quién se arriesga al ridículo de discutir con un meme? Para responder habría que tomárselo en serio, y en ese preciso instante se habría perdido la discusión.
Es difícil imaginar una forma de expresión más adecuada para una generación desencantada. Sus abuelos escribían manifiestos, pronunciaban discursos, celebraban asambleas interminables y llenaban paredes de consignas porque estaban convencidísimos de que tenían razón y querían convencer al resto del mundo. El meme no quiere convencer a nadie. Tampoco promete una sociedad nueva, llama a las masas a las barricadas ni ofrece una alternativa. Mira la mentira, le da la vuelta, enseña durante un instante las tripas del mecanismo y se ríe. Luego desaparece, anónimo, para reaparecer deformado en mil teléfonos. Es un arma formidable para destruir solemnidades y perfectamente inútil para construir nada, y quizá por eso les representa tan bien: no esperan hacer la revolución ni confían en que sirva de mucho hacerla. Por ahora les basta con demostrar, entre carcajada y carcajada, que no se creen la nuestra.
Al final, como en la imagen tópica, los ‘zoomers’ se mueven como fantasmas entre las ruinas de una gran civilización que saben debió haber sido su herencia y de la que les han despojado antes de haberla podido probar siquiera. Y su respuesta, por ahora, es un meme.
Por ahora.