«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El paseo

23 de agosto de 2026

Al principio de la vida nos sacan de paseo; luego salimos solos o acompañados, por nuestro propio pie; y después, a la vejez, nos vuelven a sacar del bracete, con andador o de alguna otra forma.

En una zona de paseo se ve la realidad cambiante de la vida. El paseante solitario quizás sea el paseante con más prestigio literario. Lleva un ritmo pausado, suyo, que no le impone nadie; un ritmo marcado por el pensamiento, por las reflexiones. Es el flaneur, el divagante…

Envidiamos a ese paseante y sentimos que observa más, que del paisaje capta más cosas.

También están las parejas andariegas, con un evidente aire marcial, vestidas de jogging, dándose un tute cardiosaludabe mientras uno, suele ser uno, habla y organiza. En este caso, se sacan mutuamente, salen juntos. ¿El apogeo de la vida?

El paseo, a partir de cierto momento, se entiende como una forma de cuidado. Siendo cursis y pomposos, diríamos que el cuidado es una forma radical de vida y el paseo una modalidad: el bebé en su carrito, el anciano impedido o el inválido que alguien empuja en su silla de ruedas.

El paseo es la fiesta del cuidado. El endomingarse. El salgamos de aquí. Hay quien solo tiene la ventana para liberar los ojos. Pero pasear es un momento de inexplicable alegría: ¡nos vamos! ¿Qué esperamos encontrar que moviliza una pequeñita euforia en nosotros?

Se va apagando luego, mezclada con la sensualidad del aire, de las formas, la luz y los colores… Todos absorbemos el mismo panorama, las mismas personas, pero de qué distinta manera…

El paseo, después, se hace también rutina, itinerario, circuito. Es inevitable. Se eleva en nosotros un pequeño cansancio que nos recomienda ir a casa y entonces redescubrimos el sentido de pasear, que es volver con nuevas ganas.

Un ingrediente del paseo es el dialogo. Siempre se dialoga. En soledad, en compañía. Se dialoga incluso con un bebé. Hay pequeños logros socráticos, siempre hay algo que llevarnos en claro o en limpio del paseo.

Yo ya conozco a algunos paseantes y paseadores. Reconozco de lejos su silueta de sidecar, su disciplina y su alegría en el rostro; sé la inmensa delicadeza con la que empujan al otro y le hacen avanzar a un ritmo dulce de contemplación y de consuelo.

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