Uno ha ido perdiendo la fe en casi todo, en los bancos, en los veranos, en la rodilla izquierda, pero conservaba intacta la fe en el suelo. Era la última fe barata que quedaba. No pedía nada a cambio, ni cuota ni mantenimiento. El suelo estaba abajo, sosteniendo la cama, la mesa del bar y una enciclopedia de cuatro tomos que nadie abrió jamás, y su oficio consistía precisamente en no hacerse notar. De chaval me tumbaba en el portal, en la Ciudad de los Periodistas, a sentir el fresco de las baldosas contra la espalda, y aquello era la certeza en estado puro, el mundo boca arriba, la garantía física de que existían cosas que no se movían. Por eso el terremoto me pareció siempre una traición de orden doméstico. Algo así como que te muerda el sofá.
En la Vega de Granada llevaba el suelo una semana sin cumplir su parte del contrato. Hoy hace siete días del grande: la madrugada del sábado pasado, a la una y cuatro minutos, una sacudida que rozó los cinco grados salió de debajo de Alhendín, a apenas un par de kilómetros de profundidad, que en esto de los seísmos viene a ser como recibir el puñetazo sin guante. Y media provincia se encontró de pronto en la calle, en pijama, mirando las fachadas con la desconfianza con que se mira a un perro que acaba de gruñir por primera vez en diez años. Cayó un pedazo de cornisa de la iglesia de la Aurora, en el Albaicín, se abrieron grietas, se contaron unas cuarenta réplicas antes del amanecer y en Armilla abrieron los polideportivos para que la gente durmiera bajo techo ajeno, que es una manera administrativa de dormir al raso.
Y desde entonces, cada madrugada, la tierra pasó lista a los pueblos con una puntualidad de sereno: Armilla a las cuatro y cinco, Ogíjares a las seis menos cuarto, Alhendín, La Zubia, magnitudes pequeñas, de dos y pico, de esas que no tiran nada pero tampoco dejan dormir. El vecindario aprendió deprisa el idioma nuevo, enjambre, réplica, hipocentro. Lo había aprendido ya en 2021, cuando tembló Santa Fe y Granada descubrió que aquello no había sido un accidente sino un carácter. Las plazas se llenaron de sillas plegables, de colchones hinchables, de señoras con la documentación en una bolsa de asas y de chavales que vivían el campamento con una alegría que los padres ya no podían permitirse. Una plaza llena de familias a las tres de la mañana parecía una verbena a la que se le hubiera ido la orquesta: la misma gente, las mismas sillas, ninguna música.
Mi mujer, que es porteña y tiene parientes en Mendoza, donde el suelo tiembla con la naturalidad con que aquí graniza, siguió los telediarios con escepticismo profesional. «Esto en San Juan no despierta ni al gato», dijo, y volvió a su libro. Pero yo me acordé de la única vez que el suelo se movió debajo de mí, en un hotel de México, un segundo y medio de nada, y de que cuando quise darme cuenta ya estaba en el pasillo, descalzo, con un zapato en la mano como única aportación al plan de emergencia. Un segundo y medio me duró la dignidad. Los de la Vega llevan una semana entera así, con el cuerpo en guardia hasta cuando duermen, que es una forma minuciosa de no dormir. Y todavía no le he leído a nadie una queja más alta que otra.
La Junta mantiene activada eso que llama la preemergencia, que suena a estar asustado con los papeles en regla. Dicen los sismólogos que estas series se agotan solas, que lo de 2021 también parecía eterno y un día, sin aviso ni despedida, dejó de temblar. Cuando ocurra, las camas volverán a los dormitorios, las sillas plegables al trastero, y el suelo recuperará su oficio antiguo de no hacerse notar. Los niños de la Vega durmieron este agosto sobre las baldosas de las plazas, espalda contra el fresco, igual que yo en aquel portal, solo que yo bajaba a buscar la certeza y ellos bajaron porque arriba ya no quedaba. Se puso a temblar, el suelo firme.