La semana pasada escribía sobre cómo los prejuicios y el sectarismo político en el mundo cultural se ponían al servicio de Pedro Sánchez y su coalición de esbirros populistas y rapiñadores nacionalistas, usando a intelectuales como una prolongación de su poder en el ámbito del periodismo y la literatura. Ámbito que siempre había sido territorio de libertades y de talento contestatario, y ahora está compuesto en su mayoría por saciados del engrudo vital del presidente, al que perdonan toda clase de golferías, incluido el escandaloso tren de vida de los que están actualmente imputados, procesados o en la cárcel.
Pero hay que hablar del ciudadano ajeno al gremio de cagatintas lacayos y pedrettes, el que no tiene tantas lecturas ni una capacidad puesta al servicio de la banda.
Me decía un contacto muy cercano, alguien que ha estado en todos los sitios donde ha ocurrido algo relevante y calamitoso en este país (Paiporta, Torre Pacheco, Ceuta…) lo que pasaba cuando lo comentaba con el grupo de amigos de toda la vida de nuestra ciudad natal, muchos de los cuales pertenecen a la merma progre, son escasos de cultura o antiguos votantes de Podemos y otras desgracias intelectuales, incluyendo los fuertemente ideologizados, con el coeficiente de una gallina eléctrica. «Estos subnormales (sic) escuchan lo que yo cuento de todo lo que vi allí y dicen que es mentira».
Resulta bastante chocante, y por supuesto, tragicómico. Alguien que estuvo en el terreno, no precisamente de vacaciones, tiene menos legitimidad en su testimonio que el pazguato que permaneció en casa, tocándose los cojones y formándose una opinión a través del programa de Marta Flich.
¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?, preguntaba Groucho Marx en la fantástica Sopa de ganso. Algo parecido le parecen querer preguntar los lerdos a mi allegado. Lo que tú viste, lo que has vivido, lo que otros que estaban allí te han contado en directo, las cosas que has tenido que hacer…son una ilusión de tu propia mente, porque eres víctima de los tabloides digitales, del fango, los bulos de la ultraderecha y de Donald Trump. Olvida todo eso, porque ahora te voy a explicar la verdad.
Cuenta que, cuando llegaron a Paiporta, aquello era un escenario de película postapocalíptica. Que los afectados por la riada no habían tenido asistencia, ni ayuda alguna durante 72 horas. Que el barro lo cubría todo, incluidos cadáveres confundidos con cascotes y basura, y que aquellos valencianos, vivos y muertos, habían sido abandonados a su suerte. «Ya era hora», le dijo una mujer, cuando llegaron a una zona devastada donde sólo estaba el GRS de Valencia. Y la merma le dice que es mentira.
Cuenta que en Torre Pacheco no había un movimiento nazi decidido a instaurar un nuevo Reich a la murciana, sino una población desbordada por una inmigración con tendencia a la delincuencia y nula intención de integrase, con una inseguridad palpable, y que aquello no se parecía mucho a una localidad española. Y la merma le dice que es mentira.
Cuenta que Ceuta está tomada tras la invasión, con numerosas mujeres que ruegan, que les aseguran que tienen miedo, que no pueden vivir así, que la calle ya no es segura. Eso lo ha vivido él, no se lo largado ningún tertuliano de La Sexta. Violaciones y robos a diario. Insalubridad, hacinamiento, campamentos en la playa. Sensación de colapso, de plaza a punto de caer. O de ser tomada. Y la merma le dice que es mentira.
Hay cierta ceguera voluntaria y bastantes dosis de autoengaño, pero sobre todo prima el convencimiento de que ellos tienen la razón, rechazando altivos el testimonio de quien estuvo allí. La única realidad empíricamente viable es la realidad que habita dentro de sus cabezas. Personas comunes transformadas por la patología social del fundamentalismo político. El trabajo que el agitprop ha hecho en esos cerebros se estudiará en un futuro. Son los mismos que pasaron sin tránsito de la normalidad a justificar la aberración de la gestión de la pandemia, por ejemplo, protegiendo en todo momento el discurso oficial, pese a los miles de compatriotas que estaban muriendo.
Existe, a la hora de posicionarse, un fuerte componente de ausencia de responsabilidad. Uno, desde su casa y viendo bots gubernamentales en redes sociales, puede opinar lo que le sale de las narices. Te dejas hacer. Informado por alguno de las muchos altavoces mediáticos que el sanchismo tiene, únicamente debes repetir como un puto loro las consignas que el grupo de opinión sincronizada, a su vez, lanza.
Llevan casi una década justificando todo lo que ocurre en el sórdido mundo de la política socialista donde tanto tienes porque tanto robas.
Yo le digo a mi contacto cercano que no entre al trapo ni se sumerja en argumentaciones absurdas con quien no quiere entender porque vive cegado por un velo de fanatismo. Conversar con ellos sin perder la cabeza se convierte casi en un acto de heroísmo. Yo no lo hago, salvo para algún comentario jocoso aleatorio y puntual. No merece la pena. Ya saben ustedes de sobra lo que significa discutir con un bobo o un disminuido cultural, pierdes el tiempo y no ganas nada, el bobo seguirá siéndolo, etc. Sólo puedes despreciarles en silencio, con una bonita y saludable indiferencia.
La izquierda es una enfermedad del alma, y ni la persona cercana que me cuenta lo que hay ni yo somos sacerdotes ni nos dedicamos a la sanación del espíritu. Casi les puedes escuchar las neuronas chirriando cuando tienen que justificar lo injustificable.
En Marruecos hay un nivel de violencia intrincada en la vida común de los ciudadanos que no tiene nada que ver a lo que conocemos en las sociedades más o menos civilizadas, más o menos seguras y más o menos acomodadas de Europa. La propia Policía marroquí no tiene nada que ver con la nuestra, con cada vez más limitada capacidad para operar físicamente.
Hay testimonios de cómo la Policía del régimen alauita pone a inmigrantes subsaharianos de rodillas y los ejecutan, reventándoles la cabeza con un palo. Territorio de guerrillas y milicias, paramilitares que son poco más que una tropa de borrachos, asesinos y torturadores. Eso es África, no el salón de la casa donde un progre español habla de derechos humanos, de empatía, de sororidad, perspectiva de género y otras gilipolleces que no se asemejan al mundo real.
Con buenismo suicida y desconocimiento atroz, el negador vocacional de la realidad abre las puertas de nuestras ciudades a quienes acaban de salir de las cárceles más duras (los tatuajes lo atestiguan), a criminales que allí no quieren, y otros jóvenes con los ojos inyectados en una salvaje determinación, que están acostumbrados al robo, a la violación, a aprovecharse de las debilidades de una España incapaz de enfrentar cara a cara al enemigo en los muros que preservan su seguridad y la de su familia.
Espero que nunca pase nada a ninguna novia, a ninguna madre, a ninguna esposa o hermana de los negadores de la realidad, para que no tenga que ir mi allegado, después de un suceso tan traumático, a decirles que es mentira.