Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Lealtad al Sáhara que fue español

Y que, en cierto modo, lo sigue siendo, no por razones políticas, territoriales ni administrativas, sino por el peso de una historia compartida, de los usos y costumbres, de los lazos personales (amistad, parentesco) o colectivos y, sobre todo, de un idioma común que allí, a despecho de la ocupación marroquí, sigue utilizándose mientras en lo que fuera madre patria se bate en retirada.

Escribo esta columna con prisa, con la tensión alta y con hervor en las venas, sofrenando y atizando a la vez el deseo de poner la proa de mi viejo Land Rover, inmovilizado desde hace mucho, rumbo a la Hamada del desierto argelino, cabe la frontera de lo que fuese Río de Oro, sugestivo topónimo que figuraba en la cartografía de mis años escolares, pero que hoy casi nadie recuerda.

Hace muy pocos días, tres o cuatro, como mucho, me enteré por la prensa de que los nobles guerreros del Frente Polisario, cansados ya de esperar que las cláusulas convenidas en el pacto de armisticio con Marruecos dejen de ser papel mojado y de consentir, como los gitanos del poema de Lorca, que estén los viejos cuchillos tiritando bajo el polvo, han sacado de los armeros los fusiles y están otra vez en pie de guerra.

Sé que tengo ochenta y cuatro años y que ésa no es edad apropiada para dar por enésima vez rienda suelta en mi vida al ardor guerrero, pero no lo puedo evitar. Decía Oscar Wilde que él era capaz de resistirlo todo, menos la tentación. A mí me pasa lo mismo en lo concerniente al redoble de la vita pericolosa, que también es tentación y adicción a la adrenalina y la joie de vivre generada por el peligro. Quien lo probó, lo sabe, como del amor dijera Lope. Yo lo probé, niño aún de cortísima edad, cuando recorría en brazos de la autora de mis días, que era Madre Coraje, la retaguardia y la vanguardia, definidas por trincheras y bombardeos, de un país, el mío y el de los míos, también el de ella, asolado por la guerra civil. Basta con que lea en el periódico, como me ha sucedido ahora, la noticia de algún nuevo conflicto bélico o simplemente catastrófico ‒terremotos, erupciones, atentados, epidemias‒ para que sienta el deseo, no siempre satisfecho, aunque a veces sí, de correr hacia él para de él dar cuenta por escrito.

El antiguo Río de Oro, también llamado hasta finales de 1975, Sáhara Español, forma parte indisoluble de esa comunidad, de esa suerte de Commonwealth no británica, de esa Hispanidad espiritual, cultural y psicológica a la que los creadores bona fide de la Fundación Disenso, los dirigentes de VOX y los responsables de la web en la que ahora escribo han dado en llamar Iberosfera. No creo que nadie, en los tres ámbitos citados, me lleve la contra si afirmo que los saharauis tienen el mismo derecho a figurar en ella concedido a los españoles, a los portugueses y a quienes hablan nuestro idioma en la América que descubrió Colón, mal que pese a los progres, a los antifas y a los neobolcheviques, y que nuestros antepasados civilizaron.

¿No habíamos quedado en que nuestro propósito es el de emprender la batalla cultural? Todo el mundo, en esta caso, la entendería. Juguemos fuerte

También, por cierto, forma parte de ese pasado y destino común la Guinea Ecuatorial, cualesquiera que sea el régimen político imperante en ella, que acaba de conseguir la cooficialidad  estatutaria del idioma español en las sesiones, documentos y acuerdos o desacuerdos de la Unión de Estados Africanos. Recordémoslo y obremos en consecuencia. No es poca cosa.

Si hablo, en el título de esta columna, de lealtad a los saharauis y, por implícita extensión, a su único órgano representativo, que es el Frente Polisario, lo hago en un doble sentido: el institucional, que es tan lógico como preceptivo, y el estrictamente personal, que no es para mí, por motivos morales y emocionales, menos conminatorio. 

Fui luego, durante décadas, vicepresidente de honor de la Asociación de Amigos del Sáhara. En fin… Que sé de lo que hablo

He visitado en más de una ocasión los campamentos del Polisario, intervine, junto a otros escritores españoles ‒José Agustín Goytisolo, Javier Reverte, Fernando Quiñones, Fanny Rubio… Hubo otros. Me falla la memoria‒ en los actos de conmemoración de los acuerdos tripartitos, traicionados por España y por Marruecos, y grabé allí un largo programa de radio de cuatro horas de duración que a punto estuvo de ser galardonado con el premio Italia, acaso el más importante de cuantos en Europa se conceden o se concedían al periodismo radiofónico. Fui luego, durante décadas, vicepresidente de honor de la Asociación de Amigos del Sáhara. En fin… Que sé de lo que hablo y justifico, al hacerlo, la lealtad a la que hago referencia.

Intenté, cuando Paco Fernández Ordóñez era ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Felipe González y más tarde, cuando José María Aznar ganó las elecciones, que, al menos, en resarcimiento de tanta traición e indiferencia, nuestros gobernantes accedieran a abrir, por cuatro perras, un Centro Cultural en el territorio argelino en el que está y estaba instalado el Polisario y los saharauis del exilio. Yo mismo me brindaba a dirigirlo y a trasladarme, monástica y franciscanamente, allí, pero mis gestiones no dieron fruto. Primaban los intereses de las relaciones diplomáticas, y no sólo, con la corte de Rabat. Se negaron. Que la conciencia se lo demande. 

Lo que viene ahora es una propuesta… O mejor dicho: dos. Dirigidas ambas a Santiago Abascal, a Kiko Méndez-Monasterio, a Jorge Martín Frías, a Hermann Tertsch, a José Antonio Fúster… O sea: a quienes tiene poderes para atender a ellas.

Primera propuesta: que La Gaceta de la Iberosfera nos envíe a Emma Nogueiro y a mí, como corresponsales de guerra yin y yang, de pupila juvenil la de ella y de rancia solera la mía, a cubrir la información sobre lo que está pasando en el Sáhara. Tengo los contactos necesarios. El coste de la iniciativa sería reducido.

Segunda propuesta: la de abrir en los campamentos el ya mencionado Centro Cultural. Yo al frente; Emma de ayudante. El resto del personal se reclutaría entre los saharauis.

Dicho queda. ¿No habíamos quedado en que nuestro propósito es el de emprender la batalla cultural? Todo el mundo, en esta caso, la entendería. Juguemos fuerte. Ya sabéis donde encontrarme. Y si decís que estoy loco, también yo lo entenderé.  

Deja una respuesta