Irán y Estados Unidos firmarán el MoU, el Memorandum of Understanding, el deal del que estuvo meses hablando Trump y que tan lejano parecía. Aún, mientras se perpetran estas líneas, todo puede cambiar.
La guerra ofrece muchísimas posibilidades de análisis. La duda es si hay buena voluntad para hacerlo. La desinformación, ya hegemónica, es aún mayor en cuanto empiezan los cañones y ha sido una de las primeras conclusiones de la guerra: Trump estuvo prácticamente solo.
Muy superficialmente, y en lo tocante a su figura ya octogenaria, algo sí puede decirse ya.
Añadiré, para empezar, que Trump empezó siendo llamado Nerón por una derecha antisemita proiraní y acaba siendo llamado Nerón por otaneros de corte globalista. Esto lo he visto. También puede ser la única persona a la que llamen a la vez «Hitler» y «Chamberlain».
Hagamos memoria. Cuando empezó la guerra, la izquierda y una sección con poca legitimidad del llamado MAGA consideraron que había traicionado a su electorado y que actuaba rendido a los intereses de Israel, prisionero de voluntad ajena, en algunos casos por motivos inconfesables de tipo epsteiniano.
La figura del Trump títere emparentaba con la narrativa de años anteriores: el muñeco accionado por Putin.
Esta vez, Trump caía en las manos de Israel o del Deep State, según fuera más o menos explicito el antisionismo o antisemitismo. Por ese camino, interpretaban que la traición al votante era total y que Trump se encaminaba por la senda neocon de las guerras interminables (forever wars); la invasión de Irán como nuevo Vietnam. Se temía incluso una tercera guerra mundial.
La verdad, y así se matizó entonces, es que Trump siempre (durante décadas) habló de Irán en términos similares y que nunca fue un pacifista; sí había mostrado una sensibilidad contraria a la guerra. Por esa sensibilidad era muy difícil prever la ‘neoconización’ completa, la vuelta a un tipo de guerras e intervenciones de décadas pasadas.
De fondo también estaba la manera de interpretar la relación de Estados Unidos con Israel. No son dos estados más unidos por el azar de un sorteo de la Copa del Mundo. Hay una alianza. La discusión estaba en considerar a Estados Unidos como un títere de Israel (argumento de éxito viral en la red) o como parte de una relación más compleja de mutuo beneficio, de intereses comunes pero no siempre ni exactamente coincidentes.
La primera visión, el EEUU títere, tenía como contraparte la imagen de un poder judío haciendo lobby, responsable en la sombra de todo. Esta noción, fundamentada en la teorización de Mearsheimer, que venía de ganar fama con su acierto (inicial) en el conflicto de Ucrania-Rusia, se extendió como un motivo antisemita clásico que unir al odio ritualizado al lado neocon del partido republicano, agravado con marcadores generacionales.
Pasados unos meses, la realidad es que han muerto quince norteamericanos en la guerra, no ha habido boots on the ground, invasión terrestre, y los combates como tales duraron cinco semanas. A partir de ahí, comenzó una estrategia de bloqueos y negociación.
Trump mantuvo durante ese tiempo una conversación pública con los ayatolas que iban quedando. Hubo unas amenazas, aquel «borraré esa civilización», pero nunca atacó de esa forma las infraestructuras civiles. Fueron golpes repetidos a objetivos militares.
Trump troleaba, amenazaba, narraba, bromeaba o retrataba a las misteriosas elites iraníes en busca de interlocutor y del otro lado no respondían los fantasmales ayatolas sino los medios occidentales y su propaganda proiraní. Irán ganaba siempre. Todo les enriquecía, todo les fortalecía. La opinión pública occidental ha sido contraria a Estados Unidos, esa es una de las conclusiones del conflicto. Pero en estos meses, Trump hizo algo extraordinario. Estableció, por su cuenta y riesgo, con él de protagonista, un extraña conversación pública en la que se enfrentaban la escatología mártir y poco comprensible de los iraníes, para los que perder era ganar, y la retórica de Trump, del que alguien dijo, con acierto, que tiene la tendencia al kitsch y el humor de un homosexual neoyorquino anterior a la correción del LGTBI. Mientras eso que llaman Occidente mostraba un absoluto desinterés por la posibilidad de que Irán desarrolle armamento nuclear, Trump sostenía un diálogo asombroso con ese estrato fantasmal de los revolucionarios iraníes. Dos mundos opuestos por completo. Ese ‘occidente’ de Estados Unidos encarnado en Trump frente a la némesis iraní, nudo clave de los BRICS, que extiende su ‘fascinación’ precisamente por ser lo contrario, lo impenetrable, lo rebelde absoluto, el elemento en la sombra, casi un opuesto metafísico…
Trump esperaba al ayatola «racional» y parece que lo ha encontrado y esto le sirve como excusa para abandonar el conflicto, que seguirá y seguirá. Hay que celebrar los 250 años de EE.UU, orientar el midterm y bajar los precios. Su gran política interna no puede arriesgarse más. Y así cumple con el votante, que no autorizó nada que no fuera corto, preciso y no demasiado sangriento. De nuevo, el pulso popular, populista y democrático en Trump.
Al salir de Irán, se separa de los intereses de Israel. Incluso critica la actuación en el Líbano. «Israel no necesita derribar un edificio de apartamentos cada vez que busque a alguien allí». Surgen voces de comentaristas partidarios de Israel que critican su decisión. Otros le acusan de estar sometido al criterio de Vance (de nuevo, el Trump títere). Es verdad que estos argumentos no tienen todavía la delirante tendencia a la infamia del mundo carlsoniano. Se dice, en definitiva, que Estados Unidos abandona a Israel, lo cual parece algo injusto. Trump cargó bastante sobre sus hombros.
O sea, y volviendo al inicio: de un Trump rehén de Israel pasamos a un Trump traidor a Israel.
Trump ha recibido ataques de los dos ‘extremos’, los del (falso) pacifismo y la inhibición y los partidarios de golpear definitivamente a Irán, pero ha demostrado, equivocado o no, un criterio propio, como corresponde a quien personaliza una coalición de intereses contrapuestos; primero, al entrar, cosa que le distingue de los anteriores presidentes; después, al salir (si lo consigue), y entre medias, al graduar el ataque y la respuesta. Hubo tambores de guerra que aconsejaban más dureza, barrer al régimen al precio que fuera, pero ahí Trump se mantuvo sereno (no hubo hybris) con un cálculo que incorpora mucha humanidad que no le reconoce nadie, empezando por el papa.
Dentro de la gravedad hubo proporción y meses después nadie en su sano juicio o nadie de buena fe puede decir que ha sido una intervención típicamente neocon. No invade, no instala una democracia. Le acusarán de lo contrario, de debilidad, y algunos que le criticaron entrar le criticarán salir.
En estos meses marcados por sus bravatas de pressing catch con Irán, sin abandonar su característico humor, Trump fue la voz americana y occidental frente al oscuro friso de ayatolas que iban y venían del liderazgo al paraíso. No puede imaginarse diálogo más dispar, aunque por los ayatolas hablaban voces occidentales. Hablaban los medios.
En estos meses, hubo otro efecto. Se definió lo trumpiano por contraste, por todo aquello que no era. En 2016, al sospechoso de trumpismo le retiraban el saludo por fascista. En 2026 por sionista. Trump no es la izquierda, por supuesto, ni la derecha europea pepera, ni la derecha RINO del Partido Republicano anterior, ni es tampoco la antisemita (católica o no), ni la nazi, ni la conspiranoica, ni la prorrusa, ni la antioccidental. Él salva el mundo liberal. Lo salva Trump.
La guerra afloró debilidades, complejidades (la primera, esa relación de EEUU con Israel), algo de derrota, quizás algo de victoria, pero también definió por depuración la coalición política irrepetible que es el trumpismo. Intuíamos, y ahora ya sabemos, todo lo que no es Trump.