«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

La rabiosa actualidad de Dante

17 de junio de 2026

El entusiasmo generado por la visita papal está teniendo un amplio eco opinativo. Muy centrado en las implicaciones políticas de sus mensajes. Y también en la sed social de una doctrina alta y clara.

Para mi sorpresa, la palabra «güelfo» se ha rescatado de la Edad Media. Yo llevaba veinte años vindicándola, pero asumo —encantado— que ha sido León XIV el que la ha puesto en órbita (y también la presencia antagónica de Trump, con ribetes imperiales de Stupor Mundi, todo hay que decirlo). Hasta donde he podido contar, han ondeado la bandera güelfa Josep Miró i Ardevol, José María Lasalle en La Vanguardia, y en esta misma casa, nuestro Armando Pego Puigbó. Quintana Paz venía demostrando un agudo interés por la polémica de las investiduras desde hace tiempo.

Se trataba de articular el juego de los dos poderes, el del Imperio y el Papado, la espada terrenal y la espiritual. Y delimitar sus ámbitos de competencia y sus modos de colaboración. Es el gran precedente medieval de la separación de poderes, quizá más natural que el mecanismo de Montesquieu. Para los gibelinos debía imperar una autonomía amplísima; para los güelfos, el Papado debía prevalecer también en las cuestiones terrenas. Rozando la imposición o la desaparición del Imperio para los güelfos negros, o mediante una coordinación respetuosa y venerable para los güelfos blancos, entre los que militó Dante.

En algunas de las rememoraciones de estos días, parece que se concibe a los güelfos como la opción partidista del catolicismo. Esto es, la Democracia Cristiana, que no por casualidad también se ha vindicado mucho en bastantes columnas. Sin embargo, la Democracia Cristiana es un producto típico del siglo XX, o sea, algo absolutamente anticuado. La referencia medieval es mucho más adecuada a estos tiempos, siquiera porque se ajusta al aforismo de Juan Ramón Jiménez: «Clásica, es decir, eterna, es decir, actual».

Lo que hace a la teoría de las dos espadas mucho más operativa es que no se propone encuadrar a los católicos en una opción política. Eso va en contra de la libertad de los hijos de Dios, de dar al César sólo lo que es del César —máxima güelfa blanca por excelencia— y de la sobrada capacidad de la fe para iluminar a todos los regímenes políticos que no atenten contra la dignidad humana. 

Resulta significativo que Dante Alighieri sea un pionero de la lucha contra la cancelación —que parece cosa de hoy— y de la libertad de expresión entendida como deber. En el canto XVII del Paraíso, Cacciaguida pidió a Dante que, sin miedo a las represalias y quitada toda mentira, manifestase por entero su visión. Con un detalle finísimo: habla un antepasado suyo profundamente imperial, y aun así el mandato que recibe es el de decir la verdad, no la de obedecer a una facción.

Güelfos y gibelinos no niegan el catolicismo de los contrarios. De hecho, el poeta florentino puso a compañeros güelfos en el mismísimo infierno (también en el Paraíso) y a conspicuos gibelinos en el Paraíso (el emperador Arrigo en lo más alto) y también, claro, en el infierno. Los medievales son maestros en el respeto a la libertad: a la libertad política de escoger bando sin poner en peligro el alma y a la triste libertad personal de poner en peligro el alma en cualquier bando. La discusión de los güelfos y los gibelinos se ceñía al grado de independencia de la voluntad política con respecto a la autoridad eclesial.

Por eso la discusión sigue viva: no es arqueología intelectual. La visita del Papa a España y, especialmente, su discurso en las Cortes nos ha dejado atisbar que el mundo está sediento de unos límites morales y racionales —anclados en la trascendencia y en la tradición— para su vorágine autorreferencial.

Esto es algo muy distinto de un encasillamiento partidista, que puede terminar desactivando la potencia y la actualidad del mensaje papal. En Jesucristo y la sociedad política, José María Casciaro demuestra —según los indicios del Evangelio— que, entre los doce apóstoles, los había de las más diversas sensibilidades políticas. Simón el Zelote era zelote, como su nombre indica, un nacionalista radical y partidario de tomar las armas contra los romanos. Mateo, en cambio, era recaudador de impuestos, o sea, un colaboracionista de libro. Y Santiago y Juan tenían amistad familiar con el Sumo Sacerdote, nada menos, lo que permitió a Juan entrar en su casa la noche de la Pasión, detalle que sugiere una proximidad notable a los ambientes dirigentes de Jerusalén. Jesús no pedía carnets políticos a los suyos.

La exitosa visita de León XIV supone una llamada a tener presentes los valores del Evangelio en todas las posiciones políticas legítimas. Negar a nadie su condición de cristiano porque no piensa como nosotros o incluso exigir la afiliación a un programa temporal y, por tanto, discutible, no es de recibo güelfo. Dante defendía con fiereza sus posiciones políticas, incluso en la batalla de Campaldino, donde militó en las filas de los caballeros güelfos; pero no negó a sus enemigos la fe o la caridad que tenían. Necesitamos güelfismo en vena: más autoridad para la verdad, más libertad para la política y más orientación moral para ambas.

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