Tiene la visita de León XIV a España algunos elementos que la hacen muy interesante de analizar, más allá de los posicionamientos a priori que siempre se producen en este tipo de eventos. La novena visita de un Pontífice a España llega tras una sequía de mucho tiempo, el correspondiente al pontificado de Francisco, en que nuestro país no recibía este honor. Quince años después de aquel inolvidable 2011, con Ratzinger desafiando la tormenta en Cuatro Vientos, España recibe al primer Papa peruano de la historia.
Prevost, que acaba de nombrar a la primera mujer laica al frente de un dicasterio romano (el de las Comunicaciones), es consciente de que su mirada misionera debe hacerse compatible con el fortalecimiento de los pilares tradicionales de la Fe; y España, quién podría dudarlo, es uno de esos pilares, por Historia, tradición y número de santos y doctores de la Iglesia nacidos en la piel de toro. No es una visita más, sino una visita de un profundo significado, más aún en un hombre nacido en un país de la Iberosfera pero con raíces fortísimas con Estados Unidos.
El momento tampoco parece que haya sido elegido al azar. Además de coincidir con la celebración del Corpus Christi, esta visita restaña en parte las heridas abiertas que dejó la aparente distancia afectiva de Bergoglio con nuestro país. León XIV conoce bien la situación de la Iglesia en España, y sabe qué sociedad se va a encontrar cuando pise el aeropuerto de Barajas: en medio de la secularización global, y de un mundo que vive de espaldas a Dios, una juventud que ya no renuncia a expresar sus inquietudes religiosas y mostrar su fervor católico aprovechando las nuevas tecnologías y las redes sociales.
Esa aparente contradicción entre el enfriamiento de la Fe que parece propio del mundo de hoy, y la firmeza que puede apreciarse en miles de chicos orgullosos de llevar un crucifijo al pecho, va a ser uno de los elementos clave de esta visita del Papa a España. Ambas cosas son ciertas y reales, porque también el mundo actual (tecnológico, cambiante, heterodoxo, fugaz) es capaz de ofrecernos lo peor y lo mejor a la vez. Esos adolescentes que nos desesperan en casa, tirados en el sofá durante horas mirando una pantallita, son los mismos que van a echarse a la calle estos días para decirle al Santo Padre que están con él; que forman parte del ejército de soldados de Cristo, aunque ahora las armas sean mayormente cibernéticas.
Algunos analistas coinciden en que Prevost va a aprovechar este viaje para sentar las bases de su pontificado. Y que, fiel a lo que viene haciendo desde que fue elegido en el cónclave de hace un año, procurará seguir en el carril central que separa las muy divergentes líneas papales de Benedicto XVI y de Francisco. Ni demasiado progre que parezca herético, ni demasiado tradicional que aleje más a quienes tengan ganas de volver al redil. El Papa debe apacentar a las ovejas, a todas, porque es el encargado de un rebaño que, no lo olvidemos, a quien realmente sigue es a Nuestro Señor.
Cuatro de cada diez jóvenes consideran la Fe Católica como muy importante en sus vidas, en un país donde más de la mitad de los ciudadanos dicen ser católicos, a pesar de que el mundo nos empuja continuamente al alejamiento de Dios. Ésta es la España que está visitando el segundo Papa iberoamericano de la historia. Una nación que no es ajena a otras formas de religiosidad, como las sectas evangélicas que aprovechan su abundancia de medios económicos para ganar un terreno que nunca debió dejar de ser católico. También a ese desafío se enfrenta este hombre de 71 años que, si Dios le da salud, todavía ha de venir varias veces más a esta Tierra de María.