«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Lo de siempre

19 de septiembre de 2023

Un poco a la manera de Dominique Venner, que sitúa el comienzo del siglo XX el año de 1914, en España no entramos en los años 90 hasta el 25 de marzo de 1993. Los abucheos que Felipe González recibió ese día en la Universidad Autónoma de Madrid, algo nunca visto hasta entonces, presagiaron un cambio de ciclo que se produjo tres años más tarde. La corrupción estuvo en el origen del tímido vuelco electoral de 1996. Una acumulación fabulosa de escándalos y delitos desgastó al «PSOE bueno», cuya andadura política terminó con esa «dulce derrota» en las urnas —según la fórmula de culto— que luego se transformó en coma hiperglucémico. La cosa nos suena. Sobre todo porque la historia se ha repetido, esta vez como farsa, el pasado mes de julio.

Hoy, la prensa generalista nos presenta al señor X y al forense de Montesquieu, a González y Guerra, como estadistas respetables. Sin embargo, fueron los precursores del retorcimiento de brazo al Estado de Derecho. Ellos volaron antes que nadie los límites jurídico-políticos del Régimen. Por ejemplo, con la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 o por su relación con la chapuza de los GAL. Dos asuntos —uno de ellos criminal— que parecen no tener relación aparente, pero muestran la importancia que el PSOE otorga al imperio de la ley o a la independencia judicial. Por descontado, la democracia del 78 u otras pueden funcionar sin respetar algunos de los principios teóricos que las inspiran, y no tiene por qué ocurrir gran cosa (más allá de las quejas habituales). Las formas de ejercer el poder rayanas en el despotismo democrático, o que caen directamente en él, suelen encontrar acomodo en ciertos órganos jurisdiccionales, medios y sociedades acarajotadas.

Nuestro régimen es una materia dúctil en manos del PSOE. Él lo estira y ensancha a su conveniencia, es el niño mimado de la España constitucional. La democracia avanzada sienta como un guante al socialismo de Suresnes y sus actualizaciones.

Con el asunto de la amnistía, como no podía ser de otra manera, han activado preventivamente el relato del bloqueo al avance social. Todo lo que se oponga a las trapacerías de «don PSOE», a que sus gónadas cuelguen sobre la cúspide de la pirámide kelseniana (grueso, pero acertado meme tuitero), será un ataque a la convivencia, el progreso y todo el tralará. Ahora, si el partido detectara un desgaste relacionado con el «alivio penal» que piensan brindar al separatismo, iríamos a unas elecciones donde se nos presentaría a Sánchez como a un héroe insobornable; un defensor de la Constitución, la convivencia y todo el tralará. Maravilloso.

Pero, ¡bueno es mi PSOE!, si no hay ningún obstáculo jurídico realmente tangible que impida a Sánchez tirar de amnistía; si todo el problema es un error «teórico y dogmático», una compleja cuestión de fondo; otra finta socialista al Estado de Derecho que deja a éste último por los suelos e invalida años de doctrina jurídica; si hay que embalsamar a Kelsen, o echar los huesos de Justiniano a los cerdos, se hace. Y no pasa nada. Lo de ahora es lo de siempre.

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