Lo posible y lo deseable
Lo posible y lo deseable
Por Carlos Marín-Blázquez
19 de septiembre de 2025

El arte existe porque la realidad es decepcionante. El arte mitiga la insatisfacción que nos produce la dolorosa comprobación de que no todos nuestros deseos están destinados a cumplirse. Por eso el arte, que se funda en la realidad, se construye a la vez contra ella. La realidad es cicatera; el arte pródigo. La realidad pone coto a nuestras inquietudes; el arte extiende hasta el infinito el campo disponible para el ensueño y la experimentación. Paradójicamente, aunque el arte nos separa de la realidad, al mismo tiempo nos ayuda a comprenderla mejor, a profundizar en ella, a extraer de la lámina de ceniza que recubre la superficie de lo cotidiano un ápice de sustancia vital.

Sin el arte, no hay duda de que la realidad nos parecería mucho más pobre de lo que es. Esto es algo que, de algún modo misterioso, les fue revelado a nuestros ancestros. Como criaturas dotadas de una insólita capacidad de simbolización, entendieron que el arte les proporcionaba el cauce idóneo para la expresión de sus aspiraciones. Por eso, un mínimo detalle ornamental en el mango de una herramienta o la pared de una cueva decorada con una profusa fauna polícroma nos avisan de que estamos en presencia de seres que han traspuesto el umbral de la animalidad. Seres que, en la aparentemente inútil práctica del arte, descubren una prodigiosa facultad de trascender. 

Es así como, a lo largo de la historia, el arte ha ido ampliando la esfera de sus significaciones: expresión de un anhelo místico, vía de conocimiento y exploración, y también —con el correr de los siglos— puerta de escape de una realidad en la que, con una frecuencia cada vez mayor, el hombre se siente a disgusto. En cualquiera de esos supuestos, el arte actúa como paliativo necesario de las frustraciones inherentes a las estrecheces de nuestra condición.

En el arte tienen cabida lo fragmentario y lo inconexo, los sobresaltos de la imaginación, los despropósitos del subconsciente, los delirios intermitentes de lo irracional. En cambio, en el mundo real se paga un precio muy alto cuando uno opta por dirigir su vida según el antojo de los elementos primarios que saturan los estratos más ocultos de nuestra psique. Antes o después, el individuo quedará aplastado bajo el peso de unas fuerzas que es incapaz de dominar. De ahí que resulte primordial establecer una nítida frontera que separe ambos espacios.   

Lo que ha ocurrido en nuestras sociedades es que esa frontera ha desaparecido. En su vertiente más ideológica, la política, cuya misión primera radica en introducir en la vida pública un principio de orden, se ha dejado infectar por un sesgo de irrealidad que, en cierto sentido, resulta muy parecido al que opera en el terreno del arte. Los artífices del nuevo orden le han hecho creer a la gente que el cumplimiento de los deseos más irrealizables depende únicamente de la voluntad. Han alentado una fe ilusoria en la irreversibilidad del progreso y nos han inculcado la obligación de someternos a un proceso incesante de cambios que culminaría en una nueva tierra de promisión. Han fomentado un modelo de vida basado en el disfrute estupefaciente del instante a la vez que procedían al desmantelamiento de las estructuras sociales básicas, el cuestionamiento de la familia y la precarización de las generaciones jóvenes. Han subvertido toda jerarquía basada en el mérito y la autoridad para, en su lugar, extender la ficción de un igualitarismo que, en vez de eliminar la frustración, ha exacerbado las envidias. Han denostado el esfuerzo y han institucionalizado la mentira de que la felicidad personal depende de nuestro sometimiento total al «benéfico» poder del Estado.  

Es así como la corrosiva labor de los demagogos ha creado una realidad paralela al mundo de los hechos insobornables. El buenismo ramplón de los primeros estadios de este proceso ha ido mutando en un fanatismo moralista que contempla con mirada aprobatoria incluso la eliminación física del discrepante. La enajenación de lo real, que en el arte puede deparar consecuencias liberadoras, en el mundo a pie de tierra ha generado un ejército de sociópatas que, convencidos de ser los apóstoles posmodernos del nuevo Imperio del Bien, se han dedicado a deshumanizar al discrepante.     

¿Qué se ha conseguido al cabo de esta siembra de retóricas fraudulentas y creencias tóxicas? Que vivamos en el interior de una inmensa burbuja de intimidación y violencia que antes o después acabará explotando. Y lo trágico es que nos haya hecho falta vivirlo para saberlo: tanto en el arte como en la vida, cuando los límites que separan lo posible de lo deseable se difuminan, la sociedad enloquece. 

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