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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.
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Los afganos de los que nadie habla

Nadie habla de ellos. Apenas atraen la atención de las ONG y, definitivamente, nadie en la Unión Europea los tiene en cuenta. Son los olvidados entre los olvidados. Me refiero, naturalmente, a los afganos cristianos. 

Despreciados por sus conciudadanos, comparten con ellos la pobreza, el temor a los talibanes y la desesperación de la falta de horizontes. Sin embargo, ellos viven una exclusión al cubo: su fe, en Afganistán, los pone en peligro de muerte. El informe de 2021 de Ayuda a la Iglesia Necesitada indica dónde reside este peligro: “el artículo 1 del Código Penal de Afganistán declara: «Quienes cometan delitos hudud, qesas y diat serán castigados conforme a las disposiciones de la ley religiosa islámica (la jurisprudencia religiosa hanafí)»”. Entre esos delitos están la apostasía y la blasfemia. Cito, de nuevo, el informe mencionado: “Para el delito de apostasía, la escuela hanafí recomienda tres días de prisión antes de la ejecución, aunque no es obligatorio esperar antes de ajusticiar al apóstata musulmán. Se mata a los apóstatas varones, mientras que a las mujeres se las recluye en confinamiento solitario y se las apalea cada tres días hasta que se retracten y vuelvan al islam. En Afganistán, dentro de la blasfemia se incluyen los textos o las expresiones en contra del islam, y pueden ser castigados con la pena de muerte, siempre que el acusado no se retracte en el plazo de tres días. Conforme a la escuela suní hanafí, cualquier musulmán que se convierta a otra religión puede ser ajusticiado, entrar en la cárcel o se le confiscarán sus bienes”.

No se reúnen en grupos de más de diez. No pueden abrir iglesias ni oratorios. No pueden recibir educación religiosa en los colegios afganos

Las cifras sobre la comunidad cristiana afgana oscilan y son imprecisas. En un país de más de 38 millones de habitantes, algunas fuentes dicen que hay doscientos cristianos. Otros elevan el número de fieles de esta comunidad clandestina hasta algunos miles de personas. En 2009, el Departamento de Estado estimaban que había entre 500 y 8.000. Es difícil dar cifras exactas. No se reúnen en grupos de más de diez. No pueden abrir iglesias ni oratorios. No pueden recibir educación religiosa en los colegios afganos. Antes no podían acudir siquiera a los actos religiosos celebrados en algunas embajadas, que quedan circunscritos a los extranjeros. Figúrense ustedes ahora. El Informe sobre Libertad Religiosa Internacional que publica anualmente el Departamento de Estado recogía este mes de mayo, con datos de 2020, las amenazas de muerte y el peligro de denuncias que se cernían sobre esos pocos afganos que han abrazado el cristianismo. Han vivido -y viven- arriesgándose a que un vecino los delate, un acreedor los denuncie o un enemigo, en fin, los entregue a las autoridades. 

Esas autoridades, ahora, son los talibanes. 

El caos de la caída de Kabul y la consciencia de todo lo que se ha hecho mal en Afganistán -empezando por la retirada de las tropas de los Estados Unidos y sus aliados- han conmovido a las sociedades europeas. No han faltado los manifiestos, las recogidas de firmas y los gestos simbólicos para que la opinión pública más sensible (tal vez debiera escribir “sensiblera”) sienta que hace algo.

Mientras Pedro Sánchez sigue de vacaciones, el Ayuntamiento de Madrid, por lo pronto, ha iluminado su fachada con los colores de la bandera afgana, según ha declarado el alcalde, “en solidaridad con el pueblo afgano y especialmente con las mujeres en garantía de sus derechos”. Es evidente que ha exagerado: si hay algo que no puede garantizarse hoy en Afganistán son derechos. La vicealcaldesa de Madrid ha puesto “a disposición del Gobierno el centro de acogida de refugiados de Las Caracolas, para acoger a mujeres afganas en situación de persecución”. Es improbable que las mujeres afganas huyan del país dejando atrás a sus maridos, a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos para venir a Madrid solas.

La Unión Europea, que tan generosa ha sido con refugiados sin vínculos históricos ni culturales con Europa, tiene ahora la oportunidad de ayudar a quienes han abrazado la religión que dio a Europa sus horas más luminosas

No quito importancia a los gestos, pero creo que podemos hacer algo más. 

Los cristianos afganos no son muchos. A diferencia de los centenares de miles de refugiados musulmanes que han llegado a Europa aprovechando la errática política de la Unión Europea, esos cristianos no tienen otro lugar donde ir. Vayan donde vayan, en el mundo islámico serán apóstatas y tendrán que vivir su fe en la clandestinidad, como hacen ahora, o en los márgenes de unas sociedades que condenan el abandono del islam para abrazar el cristianismo. Para ellos, las democracias occidentales son el único refugio posible.

La Unión Europea, que tan generosa ha sido con refugiados sin vínculos históricos ni culturales con Europa, tiene ahora la oportunidad de ayudar a quienes han abrazado la religión que dio a Europa sus horas más luminosas. La Unión y sus Estados miembros no deberían escatimar esfuerzos ni medios para auxiliar a esa minoría religiosa a la que nadie protege ni ayuda. 

Salvemos a los cristianos afganos.

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