Los lectores de ‘El País’
Los lectores de ‘El País’
Por Hughes
22 de mayo de 2026

Siento que debo contribuir en algo al 50 aniversario de El País. Podría hacerlo relatando mi pasado como lector, pero soy irrelevante, y además queda lejísimos en el tiempo. Ya casi no recuerdo mis motivaciones, mis sensaciones cerebrales al abrirlo…

En mi calle hay un kiosco, de eso sí puedo hablar. Cuando ya no hay casi kioscos, en mi calle sobrevive uno al que yo solo voy, confieso, en su nueva dimensión de centro logístico paquetero. Voy a recoger paquetitos y a enviarlos, siempre por encargo. Cuando estoy allí, a menudo me hacen esperar, pues tienen prioridad (y entiendo que así sea) los clientes tradicionales del kiosco.

Por las características socioeconómicas de mi barrio, en su mayoría compran El País. Los observo. Son hombres, pasados los sesenta y cinco, casi todos con jeans, barbita canosa, vestidos un poco como Garci, con uniforme informalidad, alguno incluso con gafas de colores y ese aspecto de cetrina circunspección que recuerda vagamente a un comandante iraní.

No es su apariencia, que podríamos llamar la de «progre trasnochado» lo importante, sino su actitud al recibir el ejemplar de El País. El kiosco, en tanto símbolo para mí de la agonía del periodismo, recibe mucha atención, lo miro mucho, y sobre todo me fijo en el distinto comportamiento de esos lectores del diario prisaico.

Al recibirlo, lo miran compulsivamente. Se lo echan a los ojos en el acto mismo de tenerlo. Repasan su portada como si contuviera algún mensaje cifrado de vital importancia que tuvieran que leer antes de proceder a su destrucción. No se esperan ni a pagar, ni a recibir las vueltas. Cogen el diario, y se enfrentan ávidamente a su contenido, como si el titular no fuera informativo sino prescriptivo, una orden que el jefe de una célula mandara a los dispersos integrantes.

Pagan, reciben la monedita del cambio y salen acera arriba sin despegar la vista del periódico. Más que leer, se lo beben. Caminan cabizbajos, embebidos por completo en las líneas generales de la portada, como si fuera para ellos vital absorber íntegro el mensaje editorial.

A veces, cuando paso por allí con el carrito de la bebé, no es raro que tropiece con alguno, y deba carraspear para recordar mi prioridad, pues su inopia es más profunda que la de los absortos en el móvil. Puedo incluso afirmar que lo más peligroso de mi calle son ellos, los lectores de El País.

Hay una modalidad aun peor. El que deja el coche en doble fila, desciende veloz, adquiere el ejemplar, y se monta de nuevo sin dejar de mirarlo. En esos momentos, el kiosco, habitualmente mortecino y solitario, parece el dispensador de alguna droga recreativa.

La fidelidad zombi de esos lectores, su lealtad física, no puede compararse con la de ningún otro. Imposible. Ni los del Marca… Esa hipnosis suya con El País ha sido uno de los hilos invisibles del régimen. Hay algo admirable en ello, y quizás el 50 aniversario sea el momento para reconocerlo.

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