«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Los nuevos jacobinos y el desprecio a los símbolos

10 de diciembre de 2013
  • Las protestas en Ucrania han ido subiendo de tono, sobre todo desde la carga policial que en la noche del 1 de diciembre disolvió violentamente la manifestación pacífica en la plaza de la Independencia. La resolución popular de acabar con el régimen de Víctor Yanukóvich ha ido en aumento en Kiev, donde el pasado domingo los líderes de la oposición no pudieron controlar a los manifestantes, que erigieron sólidas barricadas, plantaron tiendas de campaña junto a la sede del Gobierno y, cual modernos jacobinos, destruyeron una estatua de Lenin en un céntrico bulevar de la ciudad.

    Visualmente, el suceso recordaba el derribo de estatuas en Moscú tras el golpe de Estado de agosto de 1991, las de Sadam Hussein al término de la guerra de Irak, o sin necesidad de irse tan lejos, la retirada de las estatuas de Francisco Franco con la llegada de Rodríguez Zapatero a la Presidencia del Gobierno de España. Unos actos vandálicos, los primeros, y una falta de respeto a los símbolos y a la historia en todos los casos. El respeto a los símbolos patrios es un principio universal, y la grandeza de los pueblos reside en gran manera en honrarlos, en el amor a la patria, a la bandera, a sus héroes y a su historia, y lo contrario es un comportamiento inadmisible.

    Nos guste o no, tanto Vladímir Lenin como Francisco Franco forman parte de la historia. Gobernaron durante muchos años y formaron parte muy importante de la historia de ambos países. A nadie se le oculta que tanto el leninismo como el franquismo fueron sendos régimenes dictatoriales que, gracias a Dios, tocaron a su fin. Pero la historia es la que es y no podemos moldearla a nuestro gusto. En eso consistió la Transición española, en aceptar el pasado compartido, extraer lo bueno que pudiese aportar a la joven democracia y aprender de lo malo para evitar repetirlo.

    Muchos líderes políticos lo entendieron a la perfección. Pero no así los nuevos jacobinos del gabinete de Rodríguez Zapatero o el juez prevaricador, Baltasar Garzón, que se empeñaron exactamente en lo contrario. En reconstruir la Historia de España a su antojo y dibujar un fantasioso mapa de buenos y malos en el que los primeros debían de ajustar cuentas lo antes posible con los segundos, estrategia en la que se enmarcó la retirada de estatuas de Franco. Un golpe de efecto innecesario que sólo puede entenderse en las coordenadas que movían a Zapatero y su Gobierno: el rencor, el revanchismo y un sectarismo como no se había visto nunca antes. Perseverar en el recuerdo de nuestra historia es bueno y ninguna sociedad puede ni debe prescindir de ella, como se trata de hacer con la retirada o el derrumbamiento de estatuas.  

 

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