«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Macron contra los festivos

22 de julio de 2025

Uno de los últimos ritornellos de cierta derecha en su estadio más garbancero, que se abre paso entre comunicadores radiofónicos y columnistas, auténticas correas de transmisión del pensamiento búmer, es la ‘idea fuerza’ del político que nos habla «como adultos». Existe una variante que utiliza el mismo sujeto, normalmente un tecnócrata o alto funcionario europeo, penoso gestor venido de la banca de inversión o de cualquier pesebre político, del que nuestra prensa centrista aplaude el apego a «la verdad». ¡Ye torería!

El primer problema que plantea esto es qué lugar ocupa la verdad (ubi est?) en nuestras democracias; pero como no soy una filósofa arrojadora de versículos bíblicos metida en la conversación pública, con su permiso, me voy a dar mus en este asunto. 

Dicho lo cual, en España gusta mucho que los gobernantes extranjeros apliquen medidas impopulares a sus conciudadanos. El gobierno de Francia acaba de proponer la eliminación de dos festivos nacionales para que «todo el país trabaje más para producir más». La medida ha sido presentada con aire teatral y grave por un grasiento Bayrou que, hasta antes de ayer, pastaba del presupuesto presidiendo una fantasmagórica comisión estratégica llamada «Comisaría General del Plan». El «plan», por supuesto, era mamar todo lo posible de esa generosa ubre resucitada por Macron en 2020. Quizá no estaría mal empezar a reducir el monstruoso déficit público francés cepillándose este tipo de chiringuitos. Sólo en lo que toca al funcionamiento de la República de los amiguetes, las prebendas parlamentarias y los privilegios de los ex políticos, hay mucha tela que cortar. Desengrasar ese flanco tendría su interés, desde luego. Quizá no tanto desde el punto de vista de la eficacia real, pero sí por el tipo de señal que se enviaría al contribuyente. Otra idea podría ser la de revisar los salarios de inserción: que sean facilitados solo a aquellas familias donde ninguno de sus integrantes, normalmente aparcados en cités, se dedique al menudeo de droga o delinca; o, ¿qué se yo?, renegociar la aportación, a pérdida, que hacen nuestros vecinos a la UE; o incluso cortar el grifo al régimen de Zelenski… Hay decenas de partidas que podrían eliminarse o a las que se podría pegar un tijeretazo, pero no caerá esa breva. 

Aquí lo importante es crujir a los de siempre, cargarse dos festivos con una fuerte carga simbólica nacional (Lunes de Pascua y 8 de mayo), por ejemplo, para que luego aplauda la desnortada prensa centrista europea (¡oh, los centinelas de la democracia!) y asienta nuestro lastimoso liberal-conservadurismo. Por descontado, si uno considera las medidas mal planteadas o dañinas, es condenado a las galeras del extremismo, el populismo o acusado de antipatriota. Esto último tiene su punto salace, como dirían del otro lado de los Pirineos, por cuanto asumir algún tipo de patriotismo o interés nacional en ese producto de síntesis llamado Macron, «le porte-flingue de David de Rothschild»*, creado por y para el poder del dinero, es descangallante.

Una cosa es decir, no ya la verdad, sino lo evidente, algo que nos llevan ocultando años, y es que el Estado providencia empieza a ser insostenible. Otra, muy distinta y más meritoria, es que nos expliquen qué o quiénes se lo han cargado y en cuánto ha elevado la deuda el «Mozart de las finanzas» francés, ídolo de tanto tonto por estos lares (¡oh, el último moderado!). Y una tercera, todavía más importante, es acertar en las medidas que realmente palien el desastre. La eliminación de dos días festivos del calendario laboral no sirve de mucho. El ex primer ministro Raffarin suprimió el asueto del lunes de Pentecostés, que pasó a ser el Día de la Solidaridad, a favor de ancianos y discapacitados, sin obtener los beneficios esperados para las arcas públicas. La idea de que siempre pagan los platos rotos los mismos queda reforzada con las recientes declaraciones de Thierry Breton, quien vuelve a sugerir que, en caso de necesidad, se podría «movilizar» el ahorro de los ciudadanos para pagar la deuda, además de aumentar el TVA (IVA). Las disposiciones de este tipo siempre serán cosméticas o lesivas, en tanto que no se pretende encontrar soluciones verdaderas. El cambio profundo implica tomar caminos, asumir realidades, que no estamos preparados para afrontar.

Lo que funcionaba en época de De Gaulle empezó a declinar con Giscard y Macron ha sido el encargado de darle la puntilla. Vino para eso. Quien vivió las presidenciales del 17, lo sabe.

*Expresión pronunciada por Gaël Giraud, jesuita y director del Centro Nacional de Investigación Científica, lanzando la idea de que Macron seguía un programa que le era dictado y que pretendía la privatización del mundo y la destrucción del Estado social.

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