«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

Madres hijas de puta

26 de agosto de 2026

El escalofriante caso de la ex enfermera norteamericana Lindsay Clancy, acusada de haber matado con un cinturón deportivo a sus tres hijos pequeños en la ciudad de Duxbury (Massachusetts) ha llevado al feminismo radical de Estados Unidos (y, en la distancia, también el europeo) a la cima del paroxismo; a un punto que no habíamos visto hasta ahora, y que consiste en defender a una asesina de sus propios hijos por el mero hecho de ser mujer. Hasta ahora, la secta feminista defendía a las mujeres que abortan, pero no se atrevía con las madres de niños ya nacidos y bien criados. Esa frontera de raciocinio ha sido también violada por esta turba demoniaca.

En un primer momento, el debate público (sobre todo en los foros feministas de las redes sociales) coincidía con lo que se está dirimiendo en el tribunal de Massachusetts donde se juzga el caso, es decir, si una enajenación mental (en este caso, provocada por una presunta depresión postparto de la madre) puede eludir la responsabilidad penal por el asesinato de unos niños indefensos. Pero después, el siguiente paso ha consistido en acudir por decenas a las inmediaciones del tribunal para mostrar su apoyo a la filicida, sin matices ni objeciones. Porque en el enloquecido mundo actual, tener la condición de mujer no solamente convierte en culpable a cualquier hombre acusado de abuso sexual, sino que ahora también convierte en inocentes a las culpables de asesinato

Me pregunto qué estarán pensando Cora (de 5 años), Dawson (de 3) y Callan (de apenas 8 meses), que por supuesto están en el Cielo, viendo desde allí estas espontáneas expresiones de feminismo desnortado. Qué estarán pensando sobre el curioso hecho de que sus muertes no solamente no hayan provocado el espanto y el horror de todas esas mujeres de pelo morado y ropas extrañas, sino al revés, un entusiasta apoyo a la asesina y, por tanto, un absoluto desprecio hacia ellos. ¿Cómo se verá desde la inocencia de sus almas puras tanta maldad en las personas que más exigencia de amar tienen?

Nosotros, que no estamos aquí para poner pañitos calientes ni para engordar el pensamiento único, tenemos que dictar un veredicto de culpabilidad contra esta madre hija de puta que, entre otras cosas, mandó a su esposo a comprar al supermercado para poder quedarse a solas con sus hijos y asfixiarlos en el sótano de la casa. No sabemos si, para el feminismo, la premeditación y la alevosía son compatibles con la espontaneidad de un ataque psicótico. Lindsay Clancy, que trabajó como enfermera de partos durante años, dice que escuchaba a veces «una voz masculina» que la animaba a matar a sus tres pequeños. Sí, todos sabemos de quién es esa voz. Y esos cuernos.

Pero la maldad no es una enfermedad. Una depresión postparto perjudica a la persona que la sufre, y puntualmente a quienes la rodean (por ser testigos de ese sufrimiento), pero desde luego no le cuesta la vida a otras personas. Salvo que se quiera introducir, a empujones, la ideología feminista dentro de los tribunales de justicia para convertir un asesinato alevoso cometido contra niños totalmente indefensos en un «lamentable suceso» como consecuencia de un estado depresivo materno. Eso es lo que van buscando los abogados defensores de Clancy mientras el lobby de pelo en sobaco hace el trabajo sucio en las calles aledañas, con pancartas y gritos de apoyo a la homicida.

En otras columnas les he expresado mi convencimiento de que la humanidad camina hacia un estado de demencia colectiva que, no tengo ninguna duda, precederá al final de los tiempos; ya saben, la confusión y la tribulación. El caso de Lindsay Clancy anticipa lo que el frenopático feminista, homosexual y transexual viene persiguiendo desde hace años: la impunidad de determinadas minorías sociales por razones exclusivamente ideológicas. Si eres mujer, y además puedes añadir raza negra, sexualidad ambigua y tendencia izquierdista, puedes cometer los delitos que quieras porque ningún juez será lo bastante valiente para poder condenarte. Y esto no acaba solamente con el principio de igualdad ante la ley. Esto acaba con el futuro de la humanidad

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