Lindsay Clancey mató a sus tres hijos y luego se arrojó por un balcón, quedando paralítica. Que una madre mate a sus hijos es una tragedia abominable, pero no es un hecho insólito. Lo insólito es que, en la estela de este caso, se promueva una ola de opinión favorable a la asesina que justifica el crimen, convierte a la culpable en víctima y, aún más, exhibe como un signo de «empoderamiento» la potestad de la mujer para matar a sus hijos. Bajo el impacto de esta noticia, los medios de comunicación (y muy principalmente las redes sociales) se han llenado de mujeres que defienden a Lindsay, de madres que maltratan a sus bebés y de conspicuas teóricas feministas que elevan el infanticidio al rango de acto revolucionario. Ya han surgido estos días otros casos de mujeres –siempre en los Estados Unidos– que han imitado a Lindsay Clancey. No es impropio poner todo esto en relación con otros acontecimientos abominables de estos últimos meses: en el Reino Unido, la Cámara de los Lores avala extender el aborto hasta justo antes del nacimiento, mientras que en el estado de Massachusetts –y es el undécimo estado que lo hace– acaba de aprobarse también el aborto sin límites. En este último caso, resultaron espectacularmente siniestras las imágenes de la gobernadora Healey y un nutrido grupo de damas posando, eufóricas, en el momento de la firma. El mensaje de fondo es el mismo que en la campaña de apoyo a Lindsay Clancey: la madre tiene derecho a matar al niño cuando quiera. Un padre –ya se sobreentiende– no podría hacerlo; una madre, sí, porque es mujer.
En un célebre pasaje de Así habló Zaratustra, Nietzsche acuñó la figura del «último hombre»: «Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo. ¡Mirad! Yo os muestro el último hombre (…) La tierra se ha vuelto pequeña y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive». Por decirlo en dos palabras, lo que caracteriza al último hombre es la mediocridad extrema de su espíritu: ese tipo de hombre que sólo busca la comodidad y la seguridad rehuyendo cualquier riesgo; un hombre cansado de la Historia y que ha convertido su pobre yo en medida universal del mundo; un hombre pequeño y gris, hedonista y egoísta, alérgico a cualquier cosa que suene a grandeza y a pasión, alérgico tanto a la belleza como al dolor, y que a semejante mezquindad la llama «felicidad». El «último hombre» es el prototipo del nihilismo pasivo: el nihilismo activo es el que quería romper el mundo a base de bombas, el nihilismo pasivo lo hace a través de la indiferencia y la negación generalizadas. Esta figura nietzscheana no se entendió muy bien en su momento (1885). Hoy sí, porque hoy vivimos precisamente en sociedades moldeadas por el nihilismo pasivo, las sociedades del «último hombre».
La polémica en torno a Lindsay Clancey nos confirma que no estamos sólo en los tiempos del último hombre, sino también en los tiempos de la última mujer. Si el último hombre encarna la extinción de los valores clásicos de la virilidad, la última mujer encarna la desaparición de los valores clásicos de la feminidad. El discurso feminista, cubiertas ya hace tiempo las muy razonables exigencias de igualdad material y legal, ha girado hacia dos argumentos que llevan en sí el germen de la aniquilación. Uno, la idea de que cualquiera puede ser mujer si como tal se percibe (el discurso «queer»), lo cual implica directamente que la mujer real, material, objetiva, de carne y hueso, desaparece: «borrado de la mujer», lo llaman sus críticos. El segundo, esta otra idea de que la emancipación consiste en destruir aquello que fundamenta la especificidad femenina, eso que sólo una mujer puede hacer, que es parir hijos. Si tu identidad consiste en hacer que desaparezcan los rasgos objetivos que la definen, y si tu libertad consiste en destruir aquello que sólo tú puedes hacer matando físicamente al fruto de tu vientre, entonces tú, simplemente, ya no existes. Así el discurso feminista ha terminado conduciendo a la muerte de la mujer. Es la manifestación suprema de la muerte de una ideología.
La parte positiva es que esto, en la medida en que marca un final, debe marcar también el principio de otra cosa. Ningún grupo humano puede sobrevivir con hombres que han dejado de ser hombres y con mujeres que han dejado de ser mujeres. Goethe definía a Mefistófeles como «el espíritu que todo lo niega», y es un estupendo retrato del nihilismo. La voraz secuencia de negaciones del mundo moderno nos ha llevado a un punto en el que, sencillamente, ya no se puede negar nada más porque todo ha sido negado. Sobre esa nada hay que reconstruir. Recuperar nociones antropológicas básicas –el hombre, la mujer– que son la condición necesaria para la supervivencia de una civilización. Volver a pensar al hombre. Volver a pensar a la mujer.